Campesinos brasileños en busca de la Revolución

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal | Fotos Sergio Berrocal Jr

En lo alto de una montaña, en el campamento de los sin tierras, asentamiento, adonde solo se podía llegar dejando medio automóvil por caminos que ni las cabras hubiesen elegido, pocos creían en leyendas. Era gente dura y guerrera,

Estábamos en el año de 1997, hace más que una eternidad, y el presidente de Brasil era Fernando Henrique Cardoso, que pronto iba a ver como su capital, Brasilia, era invadida por miles de pacíficos campesinos sin tierras (MST) para pedirle cuentas. Un gesto silencioso, sin la menor violencia.

Lo que ellos querían era no tener que seguir ocupando tierras de una forma salvaje, como aquel asentamento que aquella mañana del eterno verano brasileño visitábamos en las montañas del Estado de Goias.

Tras dos horas de coche por caminos intransitables, con la ayuda de un guía misterioso que nos había esperado a la salida de Brasilia, llegamos tras muchas vueltas a una finca aparentemente desertada por sus propietarios, como hay tantas en Brasil, en la que vivía un grupo del MST. ¿Con qué objetivo? Creo que ni lo sabían. Seguían las órdenes de ocupar tierras baldías y de plantar y tratar de vivir de lo plantado y de poco más.

Una especie de utopía de película de los años veinte, cuando la depresión de los Estados Unidos enseñó a millones de personas lo que era ser pobre y sin recursos al horizonte.

Aquellos hombres y mujeres del MST eran harapientos que creían en una vida mejor porque así se lo habían enseñado sus cabecillas.

Eso sí, todos los hombres, mujeres y niños que habían ocupado aquellas tierras y plantaban maíz, estaban convencidos, como el resto de los brasileños, que Jesucristo vendría cualquier día para vengarlos.

Debajo de una tienda de campaña de plástico negro, una mujer sin expresión en un rostro tostado y bonito guisaba con un niño agarrado a su cintura. Ni uno ni otro pronunciaba palabra.

A los ecologistas les hubiese encantado seguramente aquel lugar que sin duda les hubiese parecido idílico y desde donde casi se podía tocar el cielo. Lo malo es que cuando uno se metía en los maizales siempre podía acechar una serpiente, cualquier serpiente de aquella sabana, y lo que en otro lugar del mundo no hubiese pasado de un susto, una picadura podía convertirse en tragedia. A nadie se le ocurría pensar lo que podía pasar con una mordedura de serpiente porque eran fatalistas.

Pero sí sabían que no tenían electricidad y por lo tanto carecían de una nevera por vieja que fuese para mantener a la temperatura ideal la ampolla que inyectada rápidamente anulaba los efectos del veneno.

A veces habían intentado bajar a la víctima hasta la ciudad más cercana pero cuando habían conseguido llegar, casi siempre había sido demasiado tarde. En el campamento los niños corrían por la tierra rojiza. Otros formaban círculo alrededor de un instructor político de rostro impenetrable, cascado por el sol, un muchacho venido del nordeste.Con una vara en una mano, como un maestro de pueblo, hablaba, explicaba y los niños le miraban.

En un árbol frondoso colgaban una bandera roja y la efigie de Che Guevara. El instructor sonreía y trataba de comunicarnos su entusiasmo sobre una próxima revolución. Pero quizá era ya también demasiado tarde para esa reconquista de sus derechos que todos los que estaban allí tenían en la cabeza. Abajo, en la civilización, a estos hombres y mujeres que se perdían por las montañas en busca de la dignidad que da la comida, por escasa que fuese, les comparaban con los camboyanos rojos, aquellos que en uno de los lugares más bellos del mundo. Camboya, habían perpetrado una de las matanzas más sonadas de la historia.

Se veía que aquellos campesinos era gente pacífica pero determinada.

El instructor debía tener veinte o pocos más años. Se sonrió cuando le hablé de la referencia a los camboyanos rojos. Me dio la impresión de que creía que un día, ya verá usted…No presumía de ello pero lo decía entre dientes: su sueño secreto, el que le permitía aguantar el espantoso calor desde que amanecía hasta que el sol se escondía, el que le hacía olvidar las llagas de las manos que nunca habían emprendido trabajos tan duros como aquellos del campo, casi sin herramientas, era poder marchar un día sobre Brasilia al mando de todos aquellos compañeros que se hartaban de padecer y apenas si tenían ganas de vivir.

Rodearían el palacio del Presidente —no lo conocía más que por fotos de algún periódico— y exigirían… Aquí es donde su sueño se bifurcaba por ensoñaciones que le permitían verse pateando la moqueta del despacho presidencial, pedir un cafezinho que un mozo de chaqueta blanca se apresuraría a traerle.

El instructor barbilampiño que instruía bajo una bandera del Che, había nacido en Pernambuco, allá en el nordeste, el lugar más árido y difícil de vivir de Brasil, y desde los siete a los veinte años trabajó ayudando a su padre, carpintero, que apenas si sacaba al día suficiente para que sus cuatro hijos y su esposa tuviesen algo que llevarse a la boca. Un día vio pasar una caravana de aquellos campesinos sin tierras sobre los cuales su imaginación hambrienta había tejido santísimas ilusiones. Cuando pasó otra caravana, decidió unirse a ellos. Todos los ratos libres que le dejaba la carpintería los había consagrado a leer cuanto le caía en las manos. Era uno de los rarísimos niños del pueblo que sabía leer con soltura y escribir con garbo. Un oficinista de una central de caña, ya entrado en años y al que sus mayores habían educado en principios marxistas-leninistas traídos de la Italia que les vio nacer, se interesó por el chiquillo y se le metió en la cabeza que podría realizar todo aquello que él no había sido capaz de llevar a cabo. Hasta muy tarde por la noche lo adoctrinaba de una forma tan confusa que el niño entendió que la revolución era posible a condición a estar dispuesto a dar la vida. Pero eso no le importaba.

Los dirigentes locales de los campesinos quedaron impresionados por el lenguaje del nordestino y no tardaron en mandarlo a la capital para que pudiese charlar con cuadros de la organización más poderosa de Brasil que nunca había querido convertirse en un partido político, como si temiesen disolverse en una vida política marcada por el poder de unos pocos y las ambiciones de muchos.

Entonces se integraría en una sociedad que habían pasado toda la vida combatiendo. El mito desaparecería cuando los campesinos dejasen de morir en tierra de nadie y cesasen de ocupar fincas dejadas al abandono por propietarios que así le sacaban más partido que cultivándolas.

Mientras el “camboyano rojo” soltaba un discurso que ni siquiera los niños apiñados en los alrededores hubiesen podido creerse, me sentí de pronto frustrado, como si el viaje desde la opulenta Brasilia a este refugio montañoso me hubiese arrancado ilusiones. Ahora, veintiún años después desde aquella mañana de ilusiones, no ha pasado nada. Nadie ha invadido Brasilia.

Desde que había llegado a Brasil como corresponsal no pude más que entusiasmarme con las ideas que había oído por boca de algunos de los líderes del Partido de los Trabajadores (PT), de esencia marxista. Uno de ellos era Cristovam Buarque, entonces gobernador del distrito

federal. Profesor universitario, muy allegado a Lula, creía firmemente que la mejor manera de dar un futuro a los jóvenes pasaba por la educación a

toda costa. Nunca le había oído citar a Danton, pero Buarque parecía firmemente convencido de que después del pan lo más importante para un pueblo era la educación.

Allí, en la montaña, donde el sol ardiente del mediodía empezaba a picar, todo era irreal. A mi alrededor había poco pan, más bien mazorcas de maíz, y menos escuelas. No sabía que unos años más tarde, ante el estupor de la clase pudiente, Brasil tendría como presidente al mismísimo Lula, a quien los burgueses de Brasilia siempre imaginaban con un cuchillo entre los dientes, sediento de sangre. Lo peor estaba por llegar.

Y Lula, aquel humilde tornero de Sao Paulo, sería Presidente de Brasil dos veces seguidas. La feijoada, el plato nacional brasileño que curiosamente era el que los conquistadores portugueses permitían comer a los esclavos brasileños (deliciosas judías negras con suculentas orejas y otras partes consideradas menos nobles del cerdo) era el plato fuerte del banquete de bienvenida que los campesinos sin tierras reservaban a sus invitados de marca.

Aquel mediodía lo degustamos con austeridad, sin la tradicional cerveza fría ni el aguardiente de caña caliente, en la única construcción de ladrillo y cemento que se veía en medio de los maizales, probablemente la vivienda que alguna vez ocuparon los caseros de la finca.

Han pasado miles de años desde aquella visita, pero el MST y sus “camboyanos rojos” siguen vivos desde hace 34 años pero con menos ímpetu que en aquellos tiempos de euforia, cuando creían que ellos podían cambiar el mundo.

Pero la esperanza sigue. Lula trata de evitar que le metan en la cárcel y prevé presentarse a las próximas elecciones presidenciales, aunque esta vez parece muy difícil.

Un diario tan poco izquierdista como el norteamericano New York Times escribía recientemente en una edición en español con el siguiente títular Una estrategia para enterrar a Lula: “Hace tiempo que la derecha brasileña parece haber comprendido que Lula es imbatible electoralmente. Quizás por eso se trazó una ruta judicial para apartarlo del poder, trasladando a los tribunales una decisión que en una democracia debería corresponder a los ciudadanos.”.

Pase lo que pase, creo que el tiempo de lo asentamentos no ha acabado. Y que infinidad de brasileños seguirán pasando hambre. Y cuando me meto en las profundidades del desaliento pienso en aquel instructor brasileño que daba su entusiasmo, lo máximo que puede tener un ser humano, por una idea. Por la Revolución, la que se escribe con mayúscula.

Autor entrada: onmagazzine