El círculo mágico

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

El negro enorme farfullaba en un florido francés algo que se asemejaba a una oración o a un canto. Sudaba la gota gorda de un agosto parisiense. A su alrededor, hombres y mujeres con rostros negros y sonrisas blancas le jaleaban. El negro enorme estaba cada vez más excitado, como a punto de entrar en trance. Hubo un súbito y rápido silencio cuando se metió en el círculo que en el suelo del salón alguien había trazado con una tiza blanca. La gente que once pisos más abajo tomaba una copa vespertina en medio de los coches aparcados tuvo apenas tiempo de apartarse. El cuerpo enorme se estrelló con un sordo murmullo en aquella residencia de medio pelo de un suburbio norte de París.

“Ha salido del círculo mágico”, me explicaba poco cartesianamente dos horas después el comisario del distrito mientras sorbía un descafeinado con leche, una auténtica felonía en una Francia orgullosa de compartir con España las cumbres borrascosas del alcoholismo en la Unión Europea.

El comisario era buena persona pese a sus gustos en materia de bebida.

Al rato me lo volví a encontrar y ya le había cambiado la cara: “¿Cómo quiere usted que yo le explique a mis superiores que ese señor (nunca decía negro aunque ese fuese el color del individuo) no ha sido asesinado, que nadie le ha empujado por la ventana, que no se ha suicidado y que lo que en realidad ha sucedido es sencillamente que no ha sabido salirse del círculo mágico?”.

(Al comisario le habría gustado ser el comisario Maigret de Simenon aunque para ello hubiese tenido que asumir el rostro de Jean Gabin, lo cual era ya un sacrificio, cuando lo interpretó en Maigret tend un piège. En esta película, rodada en los estudios de Billancourt de París, yo encarnaba a un fotógrafo de prensa en un pasillo de una comisaría andrajosa de algún viejo barrio. Todo lo que saqué de aquella fugaz aventura fue unos cuantos francos, un bocadillo, el que daban a todos los extras, y la prueba de que lo mío no era la interpretación. Simenon murió. Maigret desapareció en los libros de bolsillo. Jean Gabin también anda allá por un cementerio. Y me toca preguntarme si mi vocación de crítico de cine no nació como represalia contra esa gente que no había sabido apreciar mi talento cinematográfico).

Cuando conocí y leí a Chester Himes descubrí que lo que al comisario y a mí nos había parecido el colmo del surrealismo el escritor negro lo contaba como una crónica en Todos muertos, como un relato cotidiano del Harlem de los años cincuenta.

Huyendo del racismo, Chester Himes vivió en Francia y fue a morir a una costa española llena de enormes edificios que casi ocultan el mar, a unos mil quinientos

kilómetros al sur de París.

La obra de este hombre que algunos han llamado el Balzac de Harlem es la prueba de que lo fantástico no es una mera percepción subjetiva.

Nunca es tarde para leer a Chester Himes aunque, desde luego, renuncien a acompañarlo con un descafeinado con leche. O para verlo en el cine.

Este mejunje empecé a tomarlo en mi autoexilio playero andaluz cuando me echaron del paraíso de Brasilia. Creo que lo hice como penitencia de todos mis pecados.

En los años cincuenta con tendencia a comenzar los sesenta, en Francia reinaba la “série noire” una colección de novelas baratas y policíacas con autores como Himes, James Hadley Chase, Carter Brown y un puñado de franceses. Eran magistrales crónicas urbanas contra el delirio de vivir y de morir. Cine negro en hojas impresas recortadas por el mucho uso.

Con esos autores aprendí a beber, aunque nunca hubiese podido ingurgitar los cócteles que el británico James Hadley Chase degustó una noche de estreno de adaptación cinematográfica en una “boîte” parisiense. Iba acompañado por su esposa, auténtico y horripilante olvido de un baúl de Agatha Christie. Como contrapeso, pobrecito mío, llevaba a una de esas muñecas exóticas que solían deslizarse en los años sesenta entre champaña y caviar. Carísimas de la muerte y sueños imposibles de una noche sin fin.

Como otros novelistas, James Hadley Chase presumía de no haber puesto jamás los pies en Nueva York, ciudad donde sin embargo transcurrían algunas de sus intrigas.

Tenía un lindo plano que un amigo le había regalado.

Otro personaje de entonces era Gérard de Villiers, especialista en intrigas pseudopolíticas-policiacas con mucho erotismo, quien recurría a un método más eficaz.

Viajaba al país donde se desarrollaba su aventura y sometía a un interrogatorio de tercer grado a corresponsales extranjeros, en general a los de la Agencia France Presse. Algunos de ellos todavía le recuerdan con irritación, no sólo porque se consideraron estafados por haberle brindado todo el caldo para cocer sus novelas. Uno de ellos, excelente amigo, afirma que además de datos le sacó un opíparo almuerzo, debilidad que treinta años después no ha podido perdonarse.

Carter Brown era otro de mis autores favoritos dentro de esa serie negra que más de una vez utilicé como Prozac en momentos de depresión intensa.

(Cuando esté muy angustiado, cuando crea que la vida se le va al garete, que nada vale la pena, agarre a uno de esos autores y métalo en la cama con usted. Arrópese la cabeza y deje luz sólo para leer. Dos días después si no está curado que es que no ha entendido nada. Y eso ya es más grave. A mí, es verdad, ya no me da resultado, pero es que yo he abusado de esta droga).

Lejos del delicioso surrealista Chester Himes, Carter Brown planteaba con humor la angustia urbana que entonces tal vez fuese el prólogo al radicalismo que conocemos hoy.

Dentro del círculo mágico de la locura, tengo otro amigo, éste excelente médico oriundo de Camagüey (Cuba), que me dice de vez en cuando y con una pasmosa tranquilidad que no estoy volviéndome loco como llevo creyendo hace un tiempo sino que me empeño en que el pasado sea el presente.

Loco o no, cada uno de nosotros tiene, ha tenido o necesitará en algún momento un círculo mágico en el que meterse de cabeza para resolver dificultades fundamentales o más profundamente para que alguien nos quiera o deje de querernos.

Los echadores de cartas, videntes y todo tipo de marabús africanos, auténticos asaltantes de la esperanza ajena, conocen esa necesidad y llevan años viviendo del cuento, porque en realidad ignoran dónde se encuentra exactamente ese misterioso círculo que a la par que atrae da miedo.

Hay que tener cuidado. Que no nos pase como al negro aquel de las afueras de París. Eso no perdona.

Autor entrada: onmagazzine