Silvia Abascal, niña fatal

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Confieso mi ignorancia. No la conocía. Quizá mi calidad de extranjero encerrado en una isla del Mediterráneo lo justifique, lo perdone en el nombre de todos los Padres y de todos los Espíritus Santos. Cuando la vi la otra noche en la película española “La voz de su amo” (2001) me di cuenta de que había perdido muchos, infinitos años de pasión.La vi en la televisión, a esas horas en que la noche se ha adueñado hasta del mar que ni pincha ni corta nada en estas latitudes. Bendita sea la televisión. Fue una iluminación, una aparición. Una ensoñación. ¿Y he vivido todos estos años en España sin enterarme?

Silvia Abascal es más que un sueño, es la prueba de que en España no tienen ni idea de mujeres fatales. Vampiresas con sonrisa de niña mal criada, con ganas de ser una Lolita de amor y de piedad por los hombres buenos que tan mal lo pasan ahora con los malos malísimos que en Hollywood, dicen, comentan, cometen tantas tropelías.

Confieso que la película no me apasionó, aunque fue un recordatorio de otros tiempos, aquellos malditos tiempos en que ETA mandaba por el terror, que es el mejor método para mandar. Mandaba, amenazaba, ejecutaba.

Era 1988 y yo acababa de llegar de corresponsal a Madrid. El primer saludo que me dieron fue advertirme que la Agencia France Presse en España, y por supuesto todos sus periodistas, estaba amenazada por el Comando Madrid de ETA. Por lo visto teníamos el insigne honor de figurar en una lista de sus prioridades terroristas, con Renault y otros.

No entendí nada de aquello hasta que viajé por primera vez al País Vasco y empecé a comprender el terror que esa gentuza podía inspirar, hasta en pleno festival de cine de San Sebastián, que hubiera debido ser días de recogimiento espiritual hasta para esos mal nacidos.

Confieso que ya en París, mi familia y yo habíamos vivido unos meses de pura demencia cuando un fantoche de esa simpática organización que en el extranjero a veces llamaban de resistencia al franquismo, me amenazó.

Sin comerlo ni beberlo me vi metido en la noche negra de terror que esos maravillosos patriotas sabían crear a su alrededor. El hombre decía ser un correo de ETA que había desertado, que se quería rehabilitar, que el Estado español le perdonase. Y me había elegido como intermediario por ser periodista con contactos en España.

Duró una eternidad aquel sinvivir y después de haber tenido que cambiar de número de teléfono, de abandonar mi coche en una gasolinera de la autopista del norte porque oíamos un inquietante tic-tac… El pobre señor de la gasolinera se negó en redondo a mirar en el motor y debajo del coche aunque no sabía de qué iban aquellas locuras. Pero cuando le dije lo del tic-tac salió corriendo a ocuparse de otros menesteres. Finalmente, el tic-tac era el inocente ruido del reloj de cuarzo del coche que acababa de estrenar.

Todos esos recuerdos y mil otros me trajo hasta el salón de mi casa mediterránea Silvia Abascal en su papel de una inocente que en medio de ese mundo terrorífico que ETA creó a su alrededor quiere vivir, vivir para amar, vivir para vivir.

Y los españoles que no se habían dado cuenta que tenían en sus filas, en sus Goyas y en sus estudios a una de las más preciosas mujeres fatales que caben en la pantalla…

Hay algunas escenas en “La voz de su amo” que realmente dan cuenta del talento del director, Emilio Martínez Lázaro, como filmador de erotismo tranquilo, casi académico. Claro que frente a la cámara está la niña Silvia Abascal que se quita la braga blanca en el último acto para rendir al guardaespaldas de su padre, que bebe los vientos por ella pero no se atreve. Y ella, un cuerpo de yegua joven preparada para que la preñen, se le mete a él entre las piernas, hasta cumplir su cometido. Hasta el final.

Mujer fatal de toda novela negra que se respete, hace resucitar al muchacho, que tiene las ilusiones muertas, acabadas, enterradas quizá, sin deseos de comprender que su pasado es su presente, su único presente. Lo entenderá cuando al final ella se le vaya con otro. Pobrecito macho que tampoco entendía nada de mujeres y menos de niñas con aspiraciones de mujer.

Y ella, la niña-mujer, la rubia, la que tanto me recordó a Marilyn en su primera “Jungla de asfalto”, se hizo penetrar, o hasta le penetró, por el hombre miedoso, temeroso de su patrón, de ETA y de Dios. Y le hace un hombre, aunque solo sea por una noche.

Porque las vampiresas, ya se sabe, sino acuérdense de Rita Hayworth quitándose aquel guante negro que era como su virginidad puesta a los pies de Glenn Ford, el extraño, el ambiguo cuando no se decía marica. En la cabeza me galopan otras que como Silvia Abascal mataron de amor al espectador, Kim Novak, Laurent Bacall.

Sylvia Abascal es todas ellas y unas pocas más. Pero ante todo es ella. Única en un mundo de pasión, de pasiones. Por lo menos para las mentirijillas que dejan al espectador en los cielos.