Gala, maestra de Dalí

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Cuando conocí, aunque mejor habría que decir cuando la vi por primera vez, Gala era ya la musa más amada y respetada del surrealismo, la mujer más influyente en esa manera de mirar y de ver las cosas que se había instaurado en Francia como una revolución de ideas e imágenes en los años veinte.Su marido había sido Paul Eluard, el padre del surrealismo, que Salvador Dalí descubrió en su infancia tardía, cuando Gala, su Galuchka, Gradiva, Oliva, Oliveta, le descubrió a él y juntos empezaron andar hacia el cielo. La leyenda dice que Dalí “robó” Gala a su amigo Eluard pero parece que fue ella quien decidió marcharse con él en aquellos años en que las mujeres mandaban, ordenaban y se hacían sus santas voluntades al contrario de lo que pueden contar las leyendas sobre la sumisión femenina.

Testimonios recientes prueban que probablemente Gala “raptó” a Dalí para convertirlo en algo suyo. En él, inexperimentado y al borde de cualquier homosexualidad, ella vio a un niño grande y perdido, al que quería rescatar de una educación puritana hasta el extremismo dada por un padre catalán y notario, demasiado para un solo hombre. Cuando la vi aquella primera vez en el Hotel Meurice de París, donde tenían su suite, quedé totalmente impresionado. Ella ya había cumplido 63 años pero engarzada en su traje Chanel de lo más clásico, con el pelo azabache recogido y los ojos bailando sin parar la zarabanda de la alegría transmitía seguridad al mismo tiempo que mucha ternura.

Salvador Dalí, con el uniforme de sus bigotes erguidos y desafiantes, había cumplido 53 años. Y yo, el reportero al que recibían como si hubiese sido el mismísimo Nuncio Apostólico, cumplía 18 años de atrevimiento, desconocimiento ganas de aprender y deseos de triunfar. Quizá por eso los dos me miraban como a un ser humano, aunque mi valor mercantil no llegaba al platillo de una de las tazas de porcelana antigua que Gala me tendía con una sonrisa que me decía que ella sabía que a mí no me gustaba el té.

Luego, en un intermedio de los monólogos de su esposo, me diría que ella también prefería el güisqui. Pero estábamos en la santa, pomposa e inevitable misa que Dalí, el más grande, al que se rifaban en París, Nueva York o Londres, en cualquier rincón del mundo donde la cultura se aliase con el dinero, y el silencio valía su peso en oro.

Avida Dollars le llamaban ya al catalán. Nunca podía imaginar lo que luego se sabría con certeza y pruebas fehacientes. El amor entre aquellos dos seres que tan diferentes parecían, Dalí dominador y altivo, pintor de éxito universal, personaje que todo el mundo se disputaba por su irreverente talento que lo mismo imprimía al menor de sus dibujos que zampaba en una conversación que con él siempre era de aparente locura, cuando en realidad te conducía por su camino, que seguramente tampoco era el de la cordura pero sí el de la sensibilidad inteligente.

Pero en la pareja Gala-Dalí, la fuerte era ella. Claro que yo no podía adivinar nada de eso. Saber como ahora se sabe por testimonios de quienes les conocieron muy de cerca, íntimamente, que Gala era la verdadera reina de aquel ajedrez. Que hasta que le conoció, Dalí era un personaje tímido sin gran personalidad, que Gala supo convertir y rentabilizar.

Cuentan que Gala hizo que Dalí descubriese las bondades del sexo, materia en la que él no sabía más que las restricciones y los infiernos que le prometía su padre el notario de Cadaqués. Y así, ella, la mujer a la que Paul Eluard llamaba Princesa, convirtió al pintor en su propia obra de arte.

El surrealismo sexual daliniano pasó a ser lo que ella quiso, porque fue Gala, afirman los entendidos, quien le inició en el amor, en la vida y, en fin de cuentas en los negocios. Desde que ella llegó a su vida, Salvador Dalí se convirtió en una máquina de producir dinero. Ella se encargaba de todos los contratos, de todas las gestiones para que el arte infinito del marido se transformarse en una mina.

Gala, que tenía malísimos recuerdos de los surrealistas, a los que trataba con su sonrisa de Mona Lisa de “maricones”, sintió a su vez la pasión que le inspiraba aquel niño genial en cuya vida había penetrado para romper todos sus tabúes, todos sus miedos, resolver sus dudas y hacerle comprender que era Dalí, el único, el hombre de los pinceles de oro, el único. Y Dalí fue efectivamente único y nadie fue capaz de llegar siquiera a competir con él.

Dalí pintor era la locura, la inspiración que manaba no se sabía de donde, tal vez ni él mismo estuviese muy consciente del poder que ejercía sobre la inspiración, que encontraba con solo coger un lápiz o un pincel, que dominaba, amaestraba, llevaba a su terreno y finalmente utilizaba a su antojo, capricho.

No hubo nadie capaz de dar formas a las ideas y a las cosas como él hacía.

Pero, dicen, advierten, que ella, Gala, mujer también única, princesa del surrealismo, inspiradora del poeta Eluard, estaba por encima de su amor catalán, al que probablemente moldeó a su imagen y semejanza, como si a través de él, fuese ella la que pintaba la locura maravillosa que dejaba en cada cuadro. Gala alfabetizó a Dalí. Fue la madre que le faltaba, la amante que nunca tuvo y la inspiración que tal vez jamás habría soñado.

Dalí se convirtió en el objeto de una Gala inspiradora de todas las locuras, que convertía todas esas demencias en arte y en dinero.

Probablemente Salvador Dalí hubiera sido de todos modos genial, nadie podía quitarle ese genio, pero ella, la rusa, la mujer venida de no se sabe dónde, de un encuentro en París, o en una dimensión que ellos dos solo conocían, le curó de la castración que había sufrido toda su vida.

Aquel día en el Hotel Meurice, el reportero que buscaba un poco de suerte, por compasión, descubrió sin saberlo que una mujer, aunque no lleve un Chanel y enamore con la sonrisa, puede ser la salvación del hombre.

Fueron las mujeres las que recogieron vencido al Jesús crucificado. Fueron las mujeres también las que asistieron a su resurrección. Aquel día en el Hotel Meurice pude comprender pero no supe ver. Era muy joven y esas transformaciones casi místicas, con algo de milagro… Tal vez, ella, Gala, con una mirada que podía ser un télex silencioso y secreto me contaba la historia que me quería haber dicho y que iba más allá de todo. Pero quizá no era el momento de las revelaciones. Ni yo tenía edad para entender.