Nostalgia

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Llevas años viviendo de ella. Como un chulo de Pigalle cuando esa plaza del París de la alegría y las guerras (Indochina, Argelia) era una fiesta que Hemingway olvidó porque él frecuentaba lugares más elegantes. Pigalle siempre fue el feudo de los apaches, de los sacamantecas, de los chulos de postín que se paseaban por el distrito dieciocho de París cuando en sus pasaportes no rezaba la oprobiosa mención de “Interdit de séjour” que no les permitía estar allí, que los exiliaba, como esas órdenes de alejamiento de hoy en día. Para un chulo con su señora trabajando en los mil y un antros de perdición de Pigalle, la prohibición de no pisar París era como una ruleta rusa en una carretera del Vietnam en guerra. Pero se aceptaba, se jugaba con ella, a veces hasta volarse la cabeza, se excitaban con el juego, porque los policías de entonces eran también muy chulos, sin maneras, que te echaban a perder el traje a medida por menos de nada.

Pigalle era un lugar de nostalgia. Las prostitutas exiliadas de sus países, algunas de Europa y la mayoría de la Argelia que estaba en guerra eterna del colonialismo en espera de que De Gaulle les diese independencia y chachachá, suspiraban por lo que no tenían o por lo que tuvieron. Porque la nostalgia es eso, lamentar lo que fue y no mirar adelante, porque delante, ahí enfrente no hay nada, nada más que incomprensión y cosas que no quieres ver.

Esa nostalgia te nació en un hotelito de la rue Houdon, pegado a Pigalle, cuando había que llevar la credencial de corresponsal extranjero entre los dientes para que los CRS (fuerzas de choque, las temibles Compañías Republicanas de Seguridad) no te confundieran y te metieran la culata del fusil por el culo.

Nació de la nada, bueno de un amor perdido un poco más allá, en la Place Blanche, donde ella, Nathalie, regentaba un bar que era su vida.

Aprendes a vivir con ella, con ella, con la Nathalie de la nostalgia, la acaricias, la consientes, hasta que un día, ¿una mañana o una noche?, te quedas sin ella. Y empieza la verdadera nostalgia, la madre de todas las nostalgias. Y ya no piensas más que en ella. Puedes marcharte de allí, correr en busques perezosos o en aviones a reacción, da igual, ella siempre te espera en el puerto o el aeropuerto. Y vuelves a empezar.

Te agarra y te zarandea sin miramientos porque sabe que ya estás acostumbrado a lidiar con ella. Y sabe sobre todo, la muy ladina, que no te va a perder porque tú, en lugar de enfrentarla la toreas, te sirves de ella pero ella te lleva a su terreno, donde te revuelca a gusto. Porque tú ya lo sabes que en el fondo te quiere porque forma parte de ti. Sois inseparables.

Son ya muchos años los que jugáis juntos al ratón y al gatopardo de Visconti. La muy coqueta sabe, es más, está íntimamente convencida, que sin ella no serias nadie, menos que ahora, y todavía menos que fuiste, cuando le suplicabas que no te dejaras, antes de que pudieses convertirte en un alma errante sin perrito que te ladre.

La nostalgia es así de coqueta.

Se nutre de todo. De tus alegrías, de las veinticuatro horas del día que tú vives sin darte cuenta de que ella está a tu lado, te vigila, te corrige como una madre al niño que hace tonterías y evita incluso que la tentación de esa terraza tan alta vaya a perderte.

Se nutre de esas alegrías del drama. Hace el amor contigo, cuando tú quieres, como una geisha obediente. Y cuando la catástrofe estalla, cuando cesan los llantos, cuando has acabado de llorar, se acaban las lágrimas y no tienes más remedio que refugiarte en ella, en Doña Nostalgia, sí, porque a estas alturas se ha convertido en una implacable mujer que manda y no te permite hacer más tonterías. Para eso está la nostalgia, para cuidar de ti, para encarrillar tus llantos, tus amarguras y ponerte a salvo. Mientras haya Nostalgia, suele decir ella misma, haciendo gala de su poderío, no habrá drama.

Después de tantos años, la nostalgia que provocó un infinito momento de desesperación se ha aliado contigo y te ayuda a soportarlo mejor porque tu mundo, aquel que quedó lejos en el tiempo, aquella vida tan bella y tan puñetera, tu única vida, sigue presente en ti, todos los momentos que transcurren. Y entonces comprendes que eres el mejor porque tienes tu propia Nostalgia, la tuya, no una cogida a la desesperada de una película, de un libro, de un momento de despiste.

Y entonces das envidia. Te dicen, te reprochan, que vivas con la Nostalgia, que la ames tanto, sin saber que no podría seguir un instante más sin ella.

Miras al frente, lo que los entendidos en el alma llaman el presente y otros, más locos, se atreven a calificar de futuro, y no divisas nada más que vacío desértico. Hay niebla en la autopista. Pero entonces vuelves la vista y la ves a ella, sentada con una sonrisa en el bar de la esquina. Nostalgia te espera para seguir el camino que nunca sale del ayer, del maravilloso pasado.

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