Cabecitas rapadas

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Parecía un mar de cabecitas rapadas que de vez en cuando enseñaban ojazos de todos los colores y tímidas sonrisas cuando alguien pasaba al lado. En medio, un habitáculo con una mesa y papeles. Bata blanca, pelo ensortijado, el profesor miraba gravemente a través de gafas gruesas sin cerco.Pasaba mucho tiempo allí pero no enseñaba nada a nadie. Las cabecitas rapadas sabían que él estaba allí y eso bastaba.“¡Yo no soy Dios!”, dijo dando un puñetazo, casi al ralentí, en la mesa. Me miraba probablemente sin verme porque había visto y veía más de lo que puede soportar cualquiera. Una enfermera jovencísima esbozaba una sonrisa tímida y aprobadora. No era Dios, pero lo parecía.

Había sido un mal día de un invierno duro como le gustan a París. En Madrid acababa de fallecer el generalísimo Francisco Franco, tras cuarenta años de dictadura. Europa se interrogaba sobre el futuro de una España acostumbrada a obedecer a la voz de su amo.

Le habían llamado para que preparase una crónica sobre el cómo y el porqué del fin de una dictadura y del comienzo de días mejores, por lo menos eso era lo que se suponía. Para él también había sido un día de mierda. Aquello no se arreglaba. El médico había sido tajante: la enfermedad avanzaba por las entrañas de aquella mujer rubia que le gustaba bailar con Frank Sinatra. El profesor, el amo de aquel hospital, el mejor de París y quizá de Europa, también se lo había dicho claro y alto. Él no era Dios, ni siquiera un dios menor.

En el estudio de televisión fue una pesadilla. ¿Que qué pensaban en Francia de la muerte del general? ¿Qué iban a pensar? Casi les ocupaba más la nevada de la noche anterior que dejaba París hecho un asco. Hizo lo que pudo y dijo cuatro obviedades.

Todo olía a esperpéntico realismo socialista, el de “Cuando pasan las cigüeñas” y de aquellos cuadros tan fotográficos de colorines de la Unión Soviética y de la guerra fría. El cochecito de niño que caía brutalmente, sin remisión, por la escalinata interminable. Los amotinados en la cubierta de un barco marcado para perder. Todo a lo Potemkine. Cuando París estaba de mal humor, el mundo tosía de tuberculosis galopante. Ni siquiera el Triumph Dolomite Sprint había querido arrancar. Un día de mierda, ya lo supo nada más despertar y ver la nieve caer.

La transición se había instalado en España y todo el mundo quería mandar, hasta el Secretario General del partido comunista, Santiago Carrillo, del que los españoles de a pie guardaban un recuerdo histórico poco agradable, el de los fusilamientos de Paracuellos del Jarama, las checas y otras cositas. Pero él fumaba tabaco negro, sonreía y catequizaba con su voz ronca de fumador empedernido. Y todos contentos.

La nueva España era ya un recuerdo cuando el hombre del Dolomite Sprint hizo otro esfuerzo para salir de aquel atolladero que parecía no tener fondo. Un médico con fama de embrujador de serpientes, buena clínica no lejos del domicilio del ultraderechista Frente Nacional, en lo más lujoso de St. Cloud, prometió y sonrió.

Y le creyeron hasta que el Dolomite se cansó y no volvió a arrancar. Había dado el último suspiro, pero como no creían en los augurios…

Una madrugada de insomnio, abrió un libro que alguien había puesto allí y, aburrido, leyó:

“El Peugeot se paró delante de la puerta. Estaba esperándolo. Con el maletín cargado de ilusiones, el hombre gordito y bajo, chaqueta de piel de tiburón y gafas de montura metálica, le miró y se dirigió a la puerta. Sin decir una palabra se estrecharon la mano –cuanto odiaba aquella dichosa costumbre francesa– y entraron.

Sin vacilar, como un viejo conocido de la casa, el maletín les condujo hasta el dintel de una puerta. Era un dormitorio, blanco y azul. En la cama, una mujer que en otros tiempos debió de haber sido bella tenía una mascarilla de oxígeno entre la nariz y la boca. Hacía un rato que había dejado de respirar y todo olía a hospital de muerte. El maletín y su acompañante se acercaron a la cabecera de la cama. Ojeada profesional, estetoscopio, pulso.

El hombre del maletín se volvió hacia el dintel y como si fuera a anunciar los próximos calores que se acercaban a toda vela en las nubes dijo:

— Se ha acabado… Vamos…

Luis emprendió el pasillo hacia el salón. Las paredes encaladas lo iluminaban todo y a él siempre se le antojaba un cachito de esa Andalucía suya por vocación. En la mesa de pino viejo, reventada por tiempo y cosas, el médico pintarrajeó en un papel, firmó y lo puso al lado. Se agarró la botella de güisqui que solía estar siempre en el mismo lugar y se animó a decir:

— Bueno, aquí tienes… No sé qué decirte.

Luis pensó que poco había realmente que decir. Aquella acta de defunción no era más que la confirmación de un estado de cosas que ya se había anunciado y precisado meses atrás. La muerte. Echó también mano a la botella y se acordó brevemente de su úlcera y de sus promesas. Se acordó de tantas cosas…

María se había ido para siempre después de un montón de meses luchando por la vida”.

En su acera, el puñetero Dolomite Sprint parecía triste.

Autor entrada: onmagazzine