Escribir o morir

 

Alfredo Escartin | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Es como una demencia a largo plazo, una necesidad imperiosa, inaplazable, de confesarse, de darse golpes en el pecho, sin cura, sin psicólogo, sin psiquiatra ni brujo que les ampare. Miles, probablemente decenas, cientos de miles de europeos han encontrado en la escritura la manera de realizarse, de confesarse o simplemente de querer contar algo que les trotaba por la cabeza.

Una sola de las editoriales que en España editan a cuenta de autor confiesa que en el año recién terminado publicó dos mil libros. Y no es de las mayores que han proliferado en los últimos tiempos alrededor de un equipo de correctores, escritores, diseñadores y todo tipo de técnicos necesarios a la hora de llevar un manuscrito a la imprenta. Libros que suelen estar mejor editados que los de las editoriales de toda la vida.

A condición de que su historia no sea totalmente estúpida, esté más o menos bien escrita y no sea un copiado, puede usted publicarla y conseguir cien ejemplares por unos 700 u 800 dólares, según el número de páginas.

Al margen del negocio editorial –el autor se convierte en su propio productor—es una labor de saneamiento social indispensable. El problema aparece cuando el autor quiere que sus libros estén en los principales puntos de venta, algo imposible si no se cuenta con los servicios de un distribuidor, extremadamente caro y que no está al alcance de los artesanos que son esos autores.

Es la necesidad de escribir para deshacerse de todas las porquerías que se acumulan en el cerebro y que es difícil ir contando a un amigo. El tercero es probable que se declare en huelga.

Aunque la mayoría de la población no tiene el don de la escritura, cientos de miles de personas a lo largo y ancho de toda Europa escriben como pueden un número de páginas, encuentran gente que les ayude a corregir, a afinar los pensamientos y las mandan editar.

Se cuenta de algunos autores que a través de Amazon por ejemplo consiguieron convertir su necesidad psíquica en un negocio, pero son pocos los que cantan este número de la suerte. La mayoría distribuye su libros a su alrededor y de ahí no pasa. Pero sus angustias de van calmando.

En España, por ejemplo, e igualmente en Francia, para que una editorial clásica se fije en un texto tiene que venir recomendado por otros intelectuales, conocer las claves de acceso hasta el lector de la editorial y tener mucha suerte. La mayoría no llega a nada. Cada gran editorial tiene sus autores, elegidos en función de la notoriedad que pueden tener fuera de la literatura y que son una garantía de venta. Y esto es lo que le interesa a la Editorial.

Esas empresas de la escritura cuentan con la principal baza para conseguir ventas, aunque el autor sea menos bueno que el que recurre a la autoedición. Los grandes de la edición, tres o cuatro por país, disponen de unos distribuidores mágicos que no dejan ni un rincón del país sin un libro. Tienen además los amiguitos de rigor en todos los medios de comunicación dispuestos a decir por escrito que un libro que no han leído ni leerán jamás es una maravilla. Palabras que insertadas en unos cuantos periódicos desencadenan el fenómeno de compras.

A estos extremos se ha llegado en Europa y en otros países –donde cada día más florece la autoedición—porque la edición clásica está cerrada a cal y canto a aquellos que, aunque tengan talento de sobra, no consiguen que le abran ni siquiera el sobre donde han enviado su manuscrito.

La principal motivación para meterse en la faena de escribir y luego editar un libro aunque sea invirtiendo dinero propio es realmente el deseo de que alguien conozca una determinada historia pero hay quienes están seguros de poder llegar a ser grandes autores entrando por este callejón de la edición. Se cuentan casos en que un libro autoeditado ha sido vuelto a editar por una gran editorial. Son muchos los llamados y pocos los elegidos pero a la gente le gusta jugar a la lotería.

Algunos especialistas aseguran que los libros realmente malos, por muy bonita que sea la portada que el diseñador de la editorial se ha inventado, caen por su peso y no llegan a interesar ni a los familiares más allegados. Pero, eso sí, el autor ha conseguido realizar su sueño y ver sus angustias transmitidas a unos cientos de páginas que siempre lucirán muy bonitas en el salón. O a la hora de hacer un regalo, sin problema aunque se sabe que en algunos países de Europa el porcentaje de personas que lee es realmente ridículo. Así, pues, alguien puede tener en su casa el libro más malo del mundo y como no lo ha abierto puede servirle para adornar el chinero y para que los visitantes vean que allí vive un “intelectual”.

Bromas aparte, la autoedición fue la forma que en el siglo XIX tuvo por ejemplo Proust para editar “En busca del tiempo perdido”, libro que hoy se ha reeditado en la colección de La Pléiade, que es la máxima distinción que se puede conceder a un escritor en Francia.

También se cuenta que Lewis Carol tuvo igualmente que pagar los primeros ejemplares salidos de imprenta de “Alicia en el país de las maravillas”.

“En busca del tiempo perdido” es hoy el libro de culto por excelencia y qué decir de “Alicia en el país de las maravillas”…

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