Barbara Hutton, la dama de Tánger

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

La multimillonaria Barbara Hutton decía sus misas mundanas de recepciones espectaculares y bullangueras en un palacio de la medina de Tánger, la ciudad que fue el verdadero modelo del espíritu de la película “Casablanca” aunque nadie lo sepa, rodeada y protegida por el silencio de los laberintos de callejuelas estrechas y poco seguras. El puerto estaba allá abajo, lejos de sus deliciosos y costosísimos canapés que la buena y la mala sociedad se disputaban en un ambiente de fin de mundo y comienzo de otro más acorde con los tiempos que ella creaba, porque cuando se es tan rica, tan deseable y tan poderosa se puede modificar el curso de una vida, de mil vidas, el curso de todo lo que te rodea. En ese puerto de yates bellos los contrabandistas de todo tipo, cigarrillos americanos, drogas, ejercían su actividad bajo el ojo vigilante de una policía que no vacilaba en convertir sus lanchas rápidas en coladores que como podían se arrastraban hasta los muelles y allí yacían con enormes agujeros en sus costados para regocijo de los paseantes domingueros.

En el cotizado Boulevard Pasteur, uno de los más grandes de la leyenda tremendista norteamericana de droga y metralleta Thompson, uno de los mayores capos de la época de Al Capone, Lucki Luciano tenía un despacho a la vista de todos con una reluciente placa en cobre donde se leía Import-Export.

Barbara Hutton no hubiese podido ser modelo del pintor norteamericano Edward Hooper. Ella tenía la exuberancia de los muy ricos, al borde de la asfixia del gozo que procura el dinero, el placer sin ataduras, el amor por si misma y por los hombres guapos, como el actor Cary Grant, que fue su tercer esposo o el pinturero dominicano Porfirio Rubirosa, que ya cuando la conoció arrastraba una vida de aburrido don juan de gente muy pudiente. También se casaron. Lo tomó como quinto esposo, como si anduviese huyendo delante o detrás de la felicidad, que no se sabe.

No hubiese podido coincidir nunca en un cuadro de Hooper porque su belleza natural y sus medios casi inacabables nada tenían que ver con las aburridas y sufridas mujeres que este extraño pintor pintaba sin el menor amor por el alma femenina, o al menos así lo parecía cuando escenificaba a mujeres, algunas de cierta elegancia, solas y más que solas perdidas en un café muerto, sin ruidos de vasos ni rumores de conversaciones.

No, Hooper no encajaba en el mundo de la multimillonaria, bella y deseable, que coleccionaba esposos. Quizá por qué sí, porque en realidad se asemejaba más de lo que hubiese podido pensarse a primera vista a aquellas mujeres solitarias, perdidas en una ciudad de la que ni siquiera parecían formar parte. Ni siquiera cuando una de ellas se desnudaba como en una ceremonia pagana y desafiaba al sol que entraba por un ventanal, pero un sol lleno de aburrimiento, e cansancio, que seguramente nunca calentó la vida de nadie.

Barbara Hutton ya había pintado la soledad, soledad de mujeres, o de la misma mujer, en un mundo de colores rígidos sin alegrías. De pequeña le llamaban la pobrecita niña rica. Mujeres perdidas y sin ganas de que las encuentren en un bar solitario, anónimo y aburrido cuyas cristaleras dan a una calle vacía.

No hay vida en esta otra, quizá la misma, sentada en una mesa de mármol de otro bar perdido en la eternidad de la nada.

Otra, amiga quizá de la anterior, arrastra su desnudez por el suelo, al lado de una cama sin alma ni sobresaltos. El camisón blanco deja al descubierto un sexo negro y piernas blancas y descalzas.

Con un cigarrillo en los labios, la que se ha desnudado frente a un ventanal por el que entra un pálido sol mira de refilón sus pechos pequeños, como si quisiera confesarlos de las bocas que los mamaron.

Pinturas entre los años 20 y los 40, en el espacio de tiempo que ella, la multimillonaria nunca satisfecha por el amor de un hombre, y busca y rebusca y vuelve a buscar que la vida es un cachito de nada por muchos millones que tengas, por mucho champaña que bebas, por muchos cócteles que tomes para aturdirte desde la ventana de tu palacete, allá en el Tánger legendario que se difuminó en los años cincuenta, cuando una especie de primavera marroquí antes de tiempo arrasó con placeres, vida absurda y enamoradiza.

A medida que avanzaba el momento de la independencia aumentaban sucesos poco en consonancia con la habitual paz. Secuestros y, tiroteos y ya no exclusivamente en las aguas tangerinas donde el bien y el mal se enfrentaban desde casi siempre por un puñado de cajetillas de tabaco o unos fardos de droga. También había enfrentamientos mafiosos en tierra, como si de pronto se hubiese abierto la veda de la sinrazón.

Otra tarde, cuando caía la sombra del olvido sobre la terraza del casino judío, un griterío interrumpió el nirvana de varios de los que charlaban confiadamente. Volaron sillas, cayeron ruidosamente al suelo algunas mesas. Cuando los camareros volvieron a asomar la cabeza, los notables judíos que hasta ese momento departían con la tranquilidad del justo habían desaparecido. No se sabía exactamente cuántos eran. Nunca más se supo de ellos.Visto desde la lejanía del infinito tiempo, Tánger aparece difuso en la memoria de muchos de los que vivieron aquellos últimos años de paraíso.

Barbara Hutton fallecía a los 66 años de edad en Beverly Hills, como estaba mandado, pero antes se llevó por delante a dos de sus más relucientes exmaridos. El risueño Cary Grant se fue de este mundo en 1986 aunque aguantó todo lo que pudo, hasta los 82 años.

En cuanto al aventurero de esta historia, el dominicano Porfirio Rubirosa, se marchó muy joven, con 56 años, en el Bosque de Bolonia de París donde se dio un mal trastazo con su Ferrari que quedó para el arrastre. La viuda no era ya Barbara sino una preciosa actriz francesa, Odile Rodin, con la que estiraba el chicle de sus numerosísimas conquistas. Con los dos pasé unas cuantas horas un día de primavera. En la casita maravillosa en que vivían en las afueras de París. Rubriosa me confió que estaba preparando sus Memorias, que nunca aparecieron en ningún sitio. Se murmuró que su muerte había podido ser algo más que accidental y algo más que intencionada.Ya no queda nada de aquellos aventureros del infinito y tal vez del amor con güisqui y Perrier. Y Tánger cambió y tu cambiaste sin que Hooper te inmortalizara en uno de sus retratos de colores tristes.