Cuando todo comenzó en Cuba

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Fue un año duro, definitorio, aunque ante mis ojos de casi adolescente citadino solo trascendiera la espontánea fiesta generada de punta a cabo por quienes emergieron armados de sus escondrijos en las ciudades y, sobre todo, por aquellos señores con barbas, olor a monte, fusiles y aureolas místicas, que para colmo de ensueño bajaron de las sierras a la vista de los Reyes Magos tras darle un puntapié al dictador de turno, que parecía eterno. Comenzaba 1959 y a los 14 años todo era nuevo para mí y también para los viejos, encandilados sin excepciones por aquel novelesco cambio de mando, en la época en la que John Le Carré dice que se hizo espía inglés para que el “mundo libre” siguiera a salvo del comunismo aterrador, que también en la isla disparaba fantasmas y haría la primera escisión.

Eran tiempos más o igual de difíciles que este enero de 2018, pero en eso solo pensaban entonces los que salieron de corre-corre con “El Indio”, como le decían a Fulgencio Batista, el “hombre fuerte” de Cuba durante demasiados decenios. Ni los hacedores de azúcar en millonarias proporciones, ni los grandes señores de la tierra; ni la mafia italo-estadounidense que había apostado por La Habana en reemplazo de Las Vegas; ni la jerarquía de la Iglesia católica permeada de franquistas; y muchos menos los que no conocían ni el helado ni la magia de los cines, se daban cuenta de que una enorme rueda comenzaba a girar y a ganar fuerza desde las entrañas de la nación.

Ni suponer que vendrían guerras y escaseces que para colmo de paradojas mantendrían inconmovible la unidad de muchos en torno a Fidel Castro, aunque rompieran familias o dividieran amistades. Ni imaginar que los tenderos devendrían soldados ante el imperio más poderoso de la era moderna que había apostado al exterminio o que las putas dejarían a un lado sus andanzas para sumarse como santas a una revolución que comenzaba y se proclamaba pura. Ni soñar que me casaría tres veces, sería periodista y la vida me presentaría a los que mantuvieron intacta la capacidad de reír a pesar de enfrentar muchas desgracias, y también a los que dejaron de creer cuando explotó en sus caras, como nos pasó a todos, la disyuntiva de fidelismo o comunismo. Imposible adelantarme a lo que sería cortar caña machete en mano cuando el sol taladra hasta los huesos, sentir a pocos metros la explosión de una mina personal lejos de los míos -mi quinto hijo cumplía en La Habana su primer año, hoy vive en Madrid-. Ni pensar en despedir a mis viejos queridos y a mi hermana en el atestado aeropuerto José Martí en un viaje sin retorno, o que abriría trincheras en la roca, reportaría dos guerras lejanas y llegaría hasta cruzarme con figuras legendarias como aquel Renán que hizo lo suyo, siempre en silencio, en Nicaragua, Bolivia, y otras tierras, al cual volví a encontrar en un velorio de La Habana – “estoy jodido” de tantas andanzas, me dijo- y solo supe de su muerte cuando llevaba dos años de enterrado.

Comienza enero y yo me escapo hasta aquella arrancada de 1959, porque ahora tampoco puedo saber lo que vendrá –a veces lo que imagino no es luminoso- . Desde fuera y desde adentro nos dicen que será otro año duro, pero es difícil calibrar la dureza por venir cuando se lleva más de medio siglo danzando en ella.

Este miércoles 3 de enero llega Federica Mogherini, alta representante para asuntos exteriores y política de seguridad, así como vicepresidenta de la Comisión Europea, a quien el gobierno la abrirá todas las puertas ante los reiterados portazos de Donald Trump; se dice que después desembarcará la presidenta saliente de Chile, Michelle Bachelet; y se supone que pronto sepamos el calendario del último tramo de las elecciones generales, que terminarán con la salida de la presidencia de Raúl Castro en abril próximo.

Sin embargo, y no sé muy bien por qué, yo sigo atado a aquel enero, cuando todo comenzó, quizá porque me solicitó que escribiera de ello un amigo al que solo conozco por su prosa verdadera y encendida o a lo mejor porque haber vivido aquel mes irrepetible ha dejado una huella de la que uno – al menos yo-,  no puede renegar, aunque quisiera.

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