Nada con güisqui

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Era, fue, había sido un soñador al que la vida transformó en sobreviviente y que quiso hacerlo lo mejor posible sin pensar que un día el tribunal de la Santa Inquisición reconstituido a la manera del que presidió el senador McCarthy en Estados Unidos le pediría cuentas. Había que explicar por qué quiso sobrevivir y dar por lo menos cuatro razones que justificaran tan tremebunda decisión.

No estaba bien sobrevivir solamente. Demasiado aburrido para los que pensaban que también se matan a los caballos cuando están reventados de trabajar. Había que optar entre ser perdedor o ganador. Puedes ser perdedor toda la vida, es lo mejor, lo más cómodo, porque ganadores hay pocos, ya ni en las películas. Acuérdense de aquel actor maravilloso que todos habíamos amado y al que le descubren escarceos sexuales no admitidos por el código. Por lo visto siempre se había dicho que era homosexual, cuando entonces les llamaban maricones, y nadie se había inmutado. Pero ahora hay mujeres por medio.

Mientras tanto, en las televisiones del mundo entero, una bellísima actriz, vestida, si puede decirse, de un biquini tan blanco como se supone es la pereza, se abre de piernas en una barca que flota en un paisaje idílico mientras un latin lover se le echa encima y ella empieza a bajarle el slip y tocarle el trasero. ¡Corten! Parece gritar entonces cínicamente el realizador de esta publicidad. Tampoco pasa nada.

No estamos en campos chinos de reeducación por el trabajo, por los palos y la definitiva que consiste en arrodillarte y esperar que tu familia tenga yuans suficientes para pagar la bala que te van a meter en el cerebro. Pero tampoco aquí todo el monte es orégano, Necesitamos saber el cómo y el por qué. Si no es capaz de decírnoslo claramente deja usted de interesarnos y le pasamos a la sección 115, la de las cucarachas criadas con potitos para humanos. Ellas se encargarán.

Expliqué a sus señorías que mi pecado había sido tomar un barco en Tánger cuando se acercaban las luchas nacionalistas marroquíes para alejarme de aquel territorio internacional y que así el vapor me llevó a Marsella, de donde un tren tardó muchas horas en ponerme de pie en una estación que olía a lluvia mañanera. Era París. Descubría París.

París me acogió en sus brazos, decía la canción y a mí también me dio un abrazo de bienvenida. Me dieron comida y cama, aunque fuese en compañía de enormes chinches. Y así, poco a poco, con la temporada del frío y luego la del calor, fui construyéndome una vida en la que me dejaban ser yo mismo.

Una noche, en un desfile de lencería –entonces en París a nadie se le ocurría que aquello pudiese conducirnos por la senda del pecado pese a que estábamos en la inopia de 1960—una chiquilla de las que desfilaba vio mi facha y me preguntó si tenía dónde dormir. Le dije que sí, en un hotel de la Rue Mouffetard, pero que me faltaban los cinco francos para acceder a mi nido de chinches. Cuando terminó el desfile, me buscó, me esperó y me llevó a su casa. Era dar al que no tiene. Es cierto que entonces todavía no había cientos de miles de migrantes llamando a las puertas. Ni comisiones de moralidad.

Dicen que no me quiero porque cuento cosas de mi vida con la que nunca podría componer una película estilo “Qué bello es vivir”.

Entonces le expliqué al doctor del control de extranjería que me preguntaba si había tenido sífilis que en mi casa de Tánger nos lavábamos todos los días de la semana con agua caliente. El médico reflexionó y puso un sello enorme en un trozo de cartulina murmurando: “Claro, si se ha lavado con agua caliente. Todo se explica”.

Lo que no sabía el doctor, cuando enfermé seriamente a los pocos días, es que tenía por lo menos dos muertos sino tres en el corazón.

La fórmula latina más bella, Carpe Diem, se está ahogando en un mundo sin sentido, sin justicia, donde solo ganan los malos, Hemos llegado al fin de una época. Así le hablé al señor inspector des Renseignements Généraux que me interrogaba para saber si era yo realmente un corresponsal del semanario tangerino “Cosmópolis” en París o un agente de la IV Internacional. Volvió a ponerme un enorme sello y me invitó a fumar de su cajetilla de Gauloises filtre.

La historia de la literatura mundial hubiese radicalmente cambiado si alguien hubiese pagado una fianza millonaria por el que luego se llamaría Conde de Montecristo, que las malas artes de los celos habían recluido en el castillo de If, en una habitación sin baño ni bidet.

La belleza juguetona de un oso casi de trapo, cazando o pescando truchas en un rio. Hasta parece que los peces juegan con él y que aprecian meterse en sus fauces. Han dejado de luchar contra la corriente y con su delicada carne ofrecen un bocado exquisito al oso que parece llevar alas. Han saltado y corrido por el riachuelo como si estuviesen bailando y la trucha fuese su pareja. En ningún momento parece haber antagonismo y las truchas ni siquiera hacen nada para escapar. Vienen de muy lejos, han nadado muchos kilómetros durante semanas enteras y están más que agotadas, extenuadas. ¿Qué mejor descanso que seguir pareciendo un inocente muñeco de felpa?.

Después de todo, ¿acaso no se matan a los caballos derrengados por la vida?

Autor entrada: onmagazzine