Mujeres de toda una vida

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Rodean mi escritorio con sus sonrisas, sus miradas interrogadoras, sus medias sonrisas que a veces necesitan morderse los labios. Unas son conocidas, otras no, en absoluto, pero están dentro de mi desde siempre sin que hayan necesitado salir en periódicos de la fama. Algunas de ellas las llevo clavadas en ese alma que al parecer todos tenemos pero que nunca enseñamos porque nos da rubor. La felicidad es después de todo algo tan íntimo… Algunas de ellas creo que me quisieron y que con un poco de suerte todavía siguen sintiendo por mí lo mismo que yo por ellas.

Es hora de recuentos, de saldos de fin de año, de fin de vida, y a mí me gusta conservar sobre todo el recuerdo de las sonrisas que me quisieron, que incluso me amaron, que me acompañaron, que me acompañan cuando la tristeza se te cae desde el décimo cuarto piso de la ingratitud o simplemente de la desgracia.

Algunas se fueron hace ya un tiempo. Son las más queridas, a las que acaricio como quien no quiere la cosa cuando limpio el polvo de sus fotos. Otras están todavía conmigo y me miman con el cariño que solo una mujer sabe dar. Tal vez porque saben que el tiempo pasa y termina por irse.

Hay otras que solo pasaron a mi lado, sin dejar más que el perfume de sus escándalos, de sus celebridades y hasta, a veces, de su cariño. Sonrisas que se te meten en el fondo de los ojos y que se deslizan por el corazón como la caricia de un viento de verano cuando el mar está erizado de alegría.

Todavía me sonríe desde de una foto de periódico que esta mañana anuncia su muerte Christine Keeler. Nos conocimos, nos tratamos a través de la actualidad de aquellos años de los 60 del siglo pasado cuando ella, menuda, casi bonita sin llegar a serlo, tuvo la ocurrencia de enamorarse o de medio enamorarse de un tipo llamado John Profumo, ministro de Guerra, casi nada, de su Majestad la Reina de Inglaterra.

Estaba disfrutando de sus 75 años cuando vinieron a buscarlas los ángeles de la muerte pero detrás de ella quedó una vida que merecía haber sido vivida un cachito de tiempo más.

No sabemos, no queremos saber si se enamoró del ministro de Guerra de Gran Bretaña, John Profumo, que la encontró en un bar, en el que ella probablemente se ganaba la vida como podía, una noche de tristeza, cuando crees que todo está acabado porque has tenido un mal día, una mala noche, o una puñetera mala vida. Ella, que tenía los años se la juventud que enamora, que convence, que seduce y que lo puede todo, le convenció de que no todo estaba acabado. Y el viejo Profumo se rindió. Se había confesado a ella, porque no le gustaban los curas de las aburridas iglesias de Londres.

Luego vino lo peor. En plena guerra fría, un ministro de Guerra liado con una cabaretera o al menos así describían a la bonita Christine las crónicas envenenadas, era la catástrofe, la dimisión.

Esta es la parte bonita de la historia Profumo. La fea, la de espías y voraces negocios alrededor del espionaje, porque entonces todo el mundo espiaba a los soviéticos y los soviéticos espiaban a todo el mundo, ni la sé ni me interesa.

Yo conservo la foto amable, la que a mí me hizo soñar cuando una mala noche el ardor del fracaso no lo podía quitar ni el bicarbonato.

A continuación, inevitablemente hay que torcer por Gander, Canadá, para llegar a un país llamado Cuba, a una ciudad llamada La Habana, a la que había que llamar cantando el vals del Emperador, todos puestos en pie, con frac negro y pajarita blanca, en el susurro de la iglesia de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre y luego habríamos salido corriendo por la Calle Obispo en busca del hotel donde creó Ernest Hemingway, otro retrato en mi escritorio.

Hay una foto tomada hace cuarenta años en un lugar muy particular de La Habana desde donde me mira de reojo un querido amigo que ya se cansó de estar corriendo detrás de la noticia. Y a su lado, pensando en sus cosas, pero yo podría presumir de que mirándome, Patricia, otra periodista. Y en un despacho con pinta de capilla donde nadie reza, donde los revolucionarios se corrían juergas en la Revolución francesa, otra mujer de rostro bonito y moreno que no me quiso querer pero que sonríe con la dulzura de una madona.

Pero de todas esas fotos, hay muchas más que ni menciono porque sí, porque me da la gana, o porque no me da la gana, hay un grupito de mujeres. Son cuatro juntas en una foto pequeña, de las que se hacían antes cuando no había que utilizar el estúpido teléfono móvil para retratar. A las cuatro las adoros, mis hijas, mi mujer, y mi hijo que las vigila desde un cuadro en la pared. La foto en la foto.

Y en esta mañana de sol invernal pero sureño, de donde ya no puedes correr más porque tropiezas con el mar y África, la última foto, la de Johnny Hallyday, al que conocí cuando los dos creíamos que íbamos a triunfar allí en París. Él lo consiguió y cuando era feliz con una mocita de poco más de treinta años y dos hijas. La mocita rubia y amante, me consta, va y se muere. Y yo, Johnny, nunca te lo perdonaré.

Pero iba a olvidar Brasil, iba a olvidar a otra mujer que amé con el respeto del talento, Any Cabrera, que me hizo el feo de morirse sola, en su piso de México, sola y sin ningún consuelo, suponiendo que esto pueda existir cuando uno se marcha para siempre. Trabajamos, sufrimos tres años en Brasilia, la ciudad que no existe más que en la imaginación de los que la viven.

Todas ellas son las mujeres que forraron mi vida con cariño y hasta amor. ¿Qué más puede pedírsele a una vida que de pronto se muere?

Autor entrada: onmagazzine