Goethe enamorado

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Era allá por 1822 y tenía Goethe más de 74 años, lo que hoy equivaldría probablemente a más de 85, y pese a tanto tiempo vivido estaba enamorado como un colegial. Ocurría hace 195 años. Qué alegría de vivir tenía aquel poeta cuando todavía transitaba por un siglo donde la decencia y las apariencias eran normas de la casaLo que se salía de la acera es que Goethe era entonces un anciano, cuando un hombre de su edad en el siglo XXI es todavía joven, y si no lo creen echen un vistazo a ese otro escritor enamoradizo y eternamente enamorado que es el español Fernando Sánchez Drago. A sus 80 años, a menos que sean 81, tiene una novia que debe de flirtear con la treintena. Seguramente es cosa de la escritura. Y que se declara, ella, totalmente y apasionadamente enamorada de él.

Según cuenta Stefan Zweig en su magnífico “Momentos estelares de la humanidad”, una joyita literaria que hay que leer o releer, hacia 1822 Goethe, que ya era el autor reconocido, amado y odiado, se enamoró apasionadamente, hasta las trancas dirían los clásicos españoles, de Ulrike, hija de una amiga de la alta sociedad, que probablemente fue también su amante en su tiempo.

Ulrike tiene 19 años y toda la candidez traviesa de aquellas niñas de la alta sociedad de Viena, a la caza y captura del mejor partido para establecerse en la vida.

Por lo visto, Goethe no era precisamente un rico pretendiente pero con sus palabras, su voz de crooner antes de tiempo, le tenía bebido el seso, y quizá también el sexo virgen. Bueno, esto es lo que aparentemente ocurría pero en esa época de salones oscuros, donde la permisividad era de rigor cuando el galán valía la pena, todo podía ocurrir, y en verdad, cuentan autores de la época, todo ocurría. A la luz de velas discretas podía suceder y sucedía cualquier cosa. Una rápida unión de los dos sexos al abrigo de las faldas de seda, que luego se apalabraría en un lecho gigantesco con sábanas bordadas con las iniciales del amo de la casa o de la ama de la mansión, según el caso.

Explica Zwig que Goethe era entonces venerado en toda Alemania y en toda Europa, como el más sabio de entre los intelectuales. Y entonces manda pedir la mano de la deliciosa chiquilla, que parece de una candidez virginal pese a que las faldas anchas en todos los sentidos cubrían más que la decencia exigía.

Hay petición de mano, pero le dan largas. Quizá no le consideraban demasiado buen partido. Imagínense, un viejo que vive de los libros… “Así, Goethe la pretende sin ninguna seguridad, sintiéndose dichoso con algún beso fugaz, con palabras de amor, mientras el ansia de poseer otra vez la juventud en tan tierna figura le traspasa más y más imperiosamente”.

Poseer la juventud, hacerse una transfusión de juventud, buscar en ella, en su cuerpo, el élixir de la eterna juventud.

“Por la mañana temprano –cuenta Zweig—Ulrike, con su hermana, ha corrido hacia él para darle la “alborotada despedida”. Le han besado los juveniles y amados labios pero ¿era aquel un beso amoroso, o filial?…”

Ulrike no le dará la transfusión de juventud que tanto ansiaba Goethe. Vuelve a sus libros, a sus editores.

Goethe no dejó escrito si además de la posesión de la candidez, de la inocencia pretendía también impregnarse de la vitalidad de la chiquilla, de una sangre fresca.

Fernando Sánchez Dragó, uno de los autores más populares en España, donde pasa por un escandaloso sin rubor, habla del sexo como lo más natural del mundo. Y da razones poniéndose como ejemplo y con obras son amores como “Shangri-la. El elixir de la eterna juventud”, libro en el que aconseja a los lectores con su propio ejemplo, descubriendo toda la botica natural, hierbas casi siempre ignoradas en Occidente, que le permite a él ser, a su edad, el amante de una muchacha de 24 años, que le escribe cosas como éstas: “Si ya estaba al borde del abismo ahora he dado un paso al frente. Tengo la cabeza llena de malos pensamientos… Quiero besarte, marcar tu sonrisa y viajar por tus labios con el… permiso de los sentimientos. Quiero fundirme en ti. Que seamos uno. Hombre y mujer. Joven y viejo, Me tienes centelleante, efervescente y encendida como un árbol de Navidad…”

En cuanto a esa transfusión de juventud que Goethe buscaba probablemente, Dragó explica: “Es un mecanismo de ida y vuelta. Por una parte, si te enredas con ellas, es que te sientes joven y la relación es fruto de tu juventud. Por otra, cierto es que esa relación contribuye a que te sientas aún más joven. A la vez causa y efecto, al menos en mi caso”.

Gran amante, Dragó es igualmente el más sincero de los hombres cuando de sexo se trata. Ni pone ni corta. Cuenta sus relaciones con mujeres siempre infinitamente más jóvenes que él con la mayor naturalidad. Muchachas que, además, son inteligentes, cultas y guapas en general.

Es el amante perfecto, según testimonios escritos de una de sus novias, que hubiese podido enseñar a Goethe algunas cositas.

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