Érase Brasil Las chanclas de la desesperación

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

El 7 de abril de 1997, miles de campesinos sin tierras, a los que ningún banco prestaría ni un real para comprar una mazorca en una fiesta, llegaban por fin a Brasilia, tras haber arrastrado sus playeras de goma desde los cuatro puntos cardinales del inmenso Brasil. Entre 30.000 y 100.000 manifestantes, según la policía o los organizadores, se presentaron en el centro de la capital de todos los poderes, frente a los ministerios que rigen sus vidas, frente al poder que no les deja vivir.El silencio era impresionante. Sólo se oía el desquiciante chirrido de las zapatillas de goma raspando el asfalto de fuego en una mañana tropical y festiva para ellos. Festiva porque habían conseguido recorrer miles de kilómetros para reunirse en la capital de Brasil.

Desde el observatorio delante de la Catedral, Luis observó hom­bres con voluntad de ganar y fuerzas para hacerlo. Había otros más viejos y más desesperados con la falta de voluntad que da un uso ininterrumpido de la desgracia. Las mujeres hacían lo que podían para animar la manifestación. Los niños llegaron a convencerse de que sus mayores les habían llevado a una de esas fiestas populares que los brasileños saben organizar con cuatro cajas de cerveza y montañas de canciones y risas.

Y más se convencieron cuando sus vecinos de marcha empeza­ron a cantar por las calles-avenidas mientras hacían revolotear sobre sus cabezas banderas tan rojas como las gorras que les protegían del sol pero que también servían en tiendas improvisadas para recaudar fondos para los huelguistas. Fue un solo día de locura que bastó para que el gobierno del Presidente Fernando Henrique Cardoso estuviese convencido de que los malditos eran capaces de invadir ministerios y quizá hasta el palacio presidencial. Pero no ocurrió nada de eso, aquello era la fiesta de la dignidad reconquistada durante un rato por hombres que quizá en su fuero interno hubiesen estado recorriendo dos o tres mil kilómetros que les traía desde sus estados natales a Brasilia sin poder quitarse de la cabeza que allí les iban a acogotar y que quizá hasta les iban a matar. Los más viejos sabían que nada de eso iba a ocurrir.

Se había llegado a un pacto con las autoridades para dejar a la entrada de Brasilia sus herramientas del campo, hoces y otros uten­silios cortantes, mientras la policía encargada de preservar el orden formaba cordones de seguridad con las cartucheras ostensiblemente vacías. Allí no pasaba nada y la sangre no correría. Si Hemingway hubiese andado por allí, seguro que habría dicho que Brasilia había sido una fiesta y quizá hasta habría hecho doblar las campanas de la catedral a cuya entrada montan una guardia estática desde 1960 varios y gigantescos apóstoles moldeados en bronce.

Fiesta de la esperanza, algo que los brasileños celebran más de la cuenta porque su esperanza no es finalmente ni estruendosa ni ven­gativa. Para el gobierno, el susto de verse rodeados de todos aquellos olvidados de la vida cuya única indumentaria decente eran las gorras con la mención de « Reforma agraria, una lucha de todos ». Lucían el lema a ambas partes de las flamantes gorras rojas. Lo único fla­mante de aquellos hombres junto con las banderas. Sus ropas estaban deshechas por la miseria que se ha llevado mucho y sus zapatillas de goma estaban gastadas hasta las cuerdas de la paciencia. Los rostros disimulaban el cansancio y la frustración gracias al sol que los había tostado. Al día siguiente se marcharon a sus casas, a muchos kilóme­tros de Brasilia, dejando a los gobernantes retomar el ritmo normal de sus negocios. Allí no había pasado nada. Ese día siguiente, los basu­reros habían dejado las autopistas-avenidas como si a lo más hubiese habido un desfile de carnaval. Finalmente, la ocupación de la capital federal por los sin tierra se había producido del modo más pacífico del mundo. Cuando terminó aquella mañana histórica para el movimiento de los sin tierra, todos respiramos. Mucha gente había apuntado que aquella manifestación nunca vista podía terminar en tragedia.

Los grandes ministerios, desde el de Relaciones Exteriores, ese exquisito palacio de Itamaraty donde entre dos conferencias de prensa los periodistas aprendían a charlar con los peces que sobrevivían en el estanque que rodeaba uno de los edificios más bellos del mundo, desde cuyo salón monumental del primer piso podía uno pisar el infinito de las estrellas mientras el güisqui se mecía entre enormes pedazos de hielo en un vaso panzudo y barroco, parecían palacios deshabitados.

En las puertas se veían rígidos policías militares que hacían lo imposible para que los periodistas extranjeros pudiesen comprobar que sus cartucheras estaban vacías, que iban desarmados.

Desde su Volkswagen Quantum negro aparcado junto a la catedral, ramillete de juncos blancos plantado en medio de la tierra rojiza a la que quería hacerle la competencia un incipiente césped maltratado por el implacable sol que no respetaba ni las calvas de los apóstoles gigantescos de bronce que montaban guardia junto a la entrada, Luis vio debajo de un puente del laberinto de autopistas que se entrecruzan en Brasilia las primeras banderas rojas. Ignoraba entonces que eran las primeras banderas de su desesperanza porque lo que parecía la repetición de una revolución bolchevique tropical nunca pasaría de ser una feria de pueblo.

El silencio de las banderas que con su vaivén parecían querer resu­citar el viento inexistente se vio horadado por un rumor lejano que se amplificaba a medida que los cientos de miles de manifestantes, raídos campesinos sin tierras y sin esperanzas con sus camisetillas vapuleadas por el sudor y sus rostros inundados del bronceado natural del que no tiene más remedio que plantarle cara al sol todas las horas de luz que Dios da, y en Brasil y es sumamente generoso, avanzaban con el cansancio que da la inutilidad de ser y de hacer.

El rumor que se amplificaba como las cuerdas de los violoncelos de una orquesta sinfónica procedía del roce constante de las zapa­tillas de goma, desgastadas y aburridas, que desde miles de kilóme­tros habían traído a sus propietarios para pedir la justicia de poder cultivar la tierra y, de vez en cuando, poder comer sin indigestiones somnolientas. Todos eran miembros del Movimiento de campesinos sin tierras (MST) aunque a última hora se habían unido a ellos deses­perados de otros horizontes laborales que veían cómo se les cerraba el presente y no se les abría el futuro.

La sinfonía de banderas rojas con el acompañamiento de los violon­celos desgastados del rumor de la ciudad se extendía por la orgullosa autopista-avenida normalmente reservada para el paso continuo de los automóviles veloces y de los carricoches construidos con deshechos que un burro cansado hasta el umbral de la extenuación arrastraba con la cosecha del día, cientos de kilos de restos de papel y cartón, vomitera de la burocracia que permitía que unos miles de desgracia­dos pudiesen sobrevivir en villas miserias construidas a veces a sólo unos cuantos de cientos de metros del orgulloso Palacio de Planalto, donde entre alfombras y laberintos burocráticos el Presidente de la República se informaba del avance de aquellos guerrilleros del ham­bre. Cuando preguntaba desde sus gafas sin montura compradas en París no le temblaba la voz. Estaba convencido, toda su vida lo había estado, que era una especie de demócrata internacionalista que su pue­blo no merecía. Ni siquiera se estremecía cuando desde el salón de recepciones de personalidades, que era como la barriga de una nave espacial en pleno parto, no tenía más remedio que ver la estatua de los Candangos esqueléticos, –esculpida para recordar a los miles de trabajadores que llegados de todo Brasil habían construido la nueva capital–, que aguantan como pueden el paso del tiempo en el centro de la Plaza de los Tres Poderes como un mudo reproche, un recordatorio de las treme­bundas y vergonzosas diferencias sociales que asolan a uno de los países potencialmente más ricos del mundo. Fernando Henrique Cardoso, Fernando el Hermoso como le llamaban quienes le tenían la envidia que provoca el tener y no tener, se inmutaba pocas veces.

A ratos, cuando le calentaban demasiado los cascos, el rictus de los labios recordaba que alguno de sus antepasados “había metido una pata en la cocina”, forma alambicada con la que justificaba, siem­pre con su sonrisa de quita y pon, el chorreón de sangre negra que corría por sus venas. En un país donde se cuenta que las playas de Río fueron construidas donde se encuentran para que los negros de las favelas no tuviesen fuerzas ni ganas de ir a bañarse, al Presidente le parecía casi elegante presumir del antepasado que un día o una noche, o muchos días y muchas noches, permitió que una esclava negra com­partiese su lecho.

Una nordestina flexible como un junco le sonrió desde una hilera de impecables dientes blancos. Luis abrió la portezuela y salió fuera. La noche anterior había sido agitada. Hasta las dos de la mañana tuvieron que andar buscando a Fidel Castro que hacía una escala sorpresa en Brasilia y luego varios corresponsales extranjeros se habían refugiado en casa de uno de ellos para matar el aburrimiento. Y el hastío se aho­gaba en Brasilia con buenas botellas de güisqui que algunas embajadas amigas facilitaban a los periodistas a precios asequibles.

La muchacha seguía sonriendo con una gorra roja en la mano. Los ojos verdes y la sonrisa, le recordaron a otra carita, aquella infantil, que había dejado atrás hacía una eternidad. Uno de los apóstoles que tanto le imponían le miraba fijamente. Con la dulzura de ese decir brasileño que nunca se parecerá al portugués, la chiquilla le pidió que le com­prase una gorra del MST.

Pero en su voz no había rendición ni dejillo comercial. Parecía estar haciéndole un favor. Charlaron un rato y él tomó algunas notas. Ella venía con dos hermanos mayores desde Sergipe, uno de los estados del nordeste donde el calor es tan intenso que la gente afirma con la seriedad de un brasileño que los fumadores que viven allí se ahorran comprar fósforos ya que basta frotar la punta del cigarrillo sobre una pared para que se encienda sin la menor dificultad.

Las banderas seguían pasando. Un camión con plataforma, como los que se usan en los carnavales, tomó posición a pocos metros de la catedral. Iba a empezar el mitin. El primero que se acercó al micrófono que andaba cuando podía y le parecía bien fue un hombre de mediana estatura, con barba raída y expresión cansada. Era Luiz Inácio Lula da Silva, el líder histórico del Partido de los Trabajadores, la esperanza de millones y millones de desfavorecidos por el reparto de riquezas en un país tan rico, en cierto modo y de forma cierta todos aquellos que no figuraban en el censo de la suerte.

Con la cara que se empapaba por segundos de ese sudor que huele a mar lejana y a una galbana infinita, el orador hablaba de lo de siempre: de la imposible reforma agraria nunca acabada por ningún gobierno, de las esperanzas que en las próximas elecciones presidenciales la izquierda, es decir Lula, pudiese tomar las riendas del país. Alzó la voz para asegurar que entonces el mundo vería cómo se mataba a la maldita hambre que, sobre todo en el nordeste, se había convertido en una maldición endémica. El sol estaba ya en su apogeo y la gorra roja le vino de perilla.

¿Qué dirían sus amigos los curas si lo viesen disfrazado de simpa­tizante del MST? Dos día antes el secretario general de la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil (cúpula de la iglesia nacional), Don Raymundo Damasceno Assis, que solía llamar al pan pan y al vino vino, le había dicho su sentir en aquellos momentos en que se acerca­ban las elecciones en las que Lula parecía tener tanta fe: “El gobierno tiene que tener prioridades y decisiones políticas para ejecutar los pro­gramas de reforma agraria, educación, salud, empleo, generar trabajo. Son decisiones que exigen valentía y decisión”. Muy lejos de la ajada

Teología de la Liberación, la Iglesia se mostraba sin piedad con los gobernantes. Mientras el Presidente acababa de nombrar un encargado para distribuir alimentos en el nordeste, y de inmediato a 965.000 familias, varios obispos declaraban que robar para comer no era delito. Una opinión refrendada por el presidente del Tribunal de Justicia de Pernambuco, en ese mismo nordeste, Etério Galvâo, quien con la libertad de quien sabe de lo que habla proclamaba urbi et orbi que esos robos estaban justificados. Por si sus palabras no eran bastante claras, apostillaba que el Código Penal exime a quien robe por hambre, “porque se considera que equivale a la legítima defensa”.

En su cercano despacho del Palacio de Planalto, el Presidente Cardoso meditaba mientras uno de sus colaboradores le informaba regularmente del desarrollo de la más gigantesca manifestación de desarrapados jamás llegada a la orgullosa capital de Brasil, que parece hecha únicamente para los dioses no para los pobres de la tierra, y menos de aquella tierra rojiza que no prometía futuros risueños.

El Presidente sabía probablemente que establecer un sistema social medianamente ordenado y de justicia en aquel inmenso país era prác­ticamente imposible. Los ricos querían más y los pobres se conten­taban cada día con menos. Se resignaban con una sonrisa que nunca había engendrado una rebelión con apariencia de golpe de Estado. Un general amigo de Luis le había dicho un mediodía de mucho vino tinto chileno y de güisqui importado que a los brasileños les falta el gene de la rebelión.

Desde su plataforma del camión, Lula prodigaba a su público sus últimos gorgoritos. Como un Pavarotti que se limpia el sudor de la frente con un pañuelo de hilo blanco antes de rematar la faena de la noche. A ambos lados de la avenida, donde una especie de territorio de nadie daba la impresión de que alguien olvidó plantar un jardín habían surgido tiendas de campañas confeccionadas con un recio plástico negro. Los manifestantes comerían y dormirían allí mientras durase la pacífica ocupación de Brasilia. Sudoroso, sediento y profun­damente cabreado –la injusticia nunca le había inspirado guasa—Luis se metió en el coche que estaba ardiendo.

Antes de ponerlo en marcha apartó la gorra que la muchacha de los ojos verdes le había vendido y vio que tenía el último número de Play Boy que el portero le había metido aquella misma mañana en la guantera. La modelo de la portada se parecía muchísimo a la chiqui­lla de la gorra. Se llamaba Débora Rodríguez, tenía 29 años de edad, era pelirroja y una de las pasionarias del MST. Sus jefes, al lado de los cuales Danton podía pasar por un risueño estudiante de Derecho, habían negociado diecisiete páginas de papel cuché en las que Débora daba una imagen del campesinado miserable al que no hubiese podido resistir ni el mismísimo Presidente. Cosas de Brasil, se dijo con la filo­sofía de la sed, antes de arrancar.

Eran tardes largas y somnolientas de exquisitos vinos franceses que había que conservar en la nevera para que el sol no los convir­tiese en grog desesperado de una tarde fría de París. Estábamos en el Lago Sul, exquisito lugar de Brasilia desde siempre custodiado por el Batallón Blanco de la Policía Militar para evitar que alguien moleste a sus habitantes.

En las copas que se alzaban en el cielo eternamente azul de la capi­tal federal brasileña, muy lejos de los miserables y muy cerca del cine testigo constante de todos nuestros tiempos.

Prueba de que el talento podía con todo era aquella película excep­cional de Walter Salles, « Central do Brasil » de la que tanto se hablaría en 1998, unos años antes de que Inácio Lula da Silva, izquierdista y antiguo torneo en Sao Paulo, llegase a la Presidencia.

En esa cinta, una actriz tan especial como es su tierra brasileña, Fernanda Montenegro. Nos llevaba por el Brasil profundo de los autobuses con carreteras de polvo rojo. Y mientras, en Brasilia los burgueses seguían trasegando caldos de Francia recién exportados que podrían haber dado a todos los esos miserables del nordeste que se apiñaban en villas miserias cerca del Palacio Presidencial de Planalto, sin trabajo y sin perspectivas, algo más que la embustera prédica de los pastores de las iglesias evangélicas.

El empeño de Dora (la Montenegro), que primero fue maestra de escuela y luego escribana pública en la mayor estación de Río de Janeiro, por encontrar al padre de un niño perdido y hambriento hallado entre los viajeros me recordaba a la eterna búsqueda de los campesinos sin tierras brasileños, agrupados en el poderoso y eficaz

Movimiento de los sin tierras (MST) que desde tiempos inmemo­riales han pedido tierras para cultivar y comer. Aunque sea maíz plan­tado en lo alto de una montaña adonde no llega la electricidad, con lo cual la mordedura de una serpiente escondida en los maizales puede ser mortal. Porque, claro, si no hay electricidad no hay nevera para mantener la inyección salvadora.

En medio de los vapores del siempre rico vino francés los repre­sentantes de la sociedad pudiente reunida en el inmenso jardín con vistas al lago Paranoá comentaban el acontecimiento que se había producido unos días antes. Había histeria en muchas voces y algunas señoras bien encopetadas evocaban imágenes de comunistas sueltos por sus mansiones con el cuchillo entre los dientes. Un almirante reti­rado que acababan de presentarme fue categórico: « No pasará nada, amigo mío, los brasileños no tienen el gen de la violencia ».

Autor entrada: onmagazzine