La desesperación de Woody Allen

 

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Esta historia sucedió hace miles de años, cuando creíamos que un día el mundo sería feliz. Desde que ocurrió lo que voy a contarles, nunca más volví a creer que la humanidad podría ser un día buena.

Era un día aciago en el Festival de Cine de Cannes, donde la nota más destacada hasta ese momento había sido la lluvia fina e insis­tente que echaba a perder el baño de quienes se solazaban en la playa a orillas del monstruoso Palacio de Festivales. Los periodistas no tenían esos problemas.Como cada mañana después de la primera proyección del día, andaban a vueltas con las palabras para intentar interesar a sus lec­tores, muchos de los cuales estaban a miles de kilómetros y tenían otras preocupaciones tan tontas como podían ser la última matanza en Africa o tan exquisitas como la última separación amorosa de Julia Roberts. La lluvia fina parecía haber contagiado el ambiente del Festival y los llamados a contarlo en crónicas diarias tenían que derrochar inge­nuidad – sin presumir de talento para convencer a los lectores que aquel pueblecito perdido en la Costa de Azul, triste a más no poder en cuanto que el sol era reemplazado por las nubes, seguía siendo la capital mundial del cine de calidad.

En el subterráneo enmoquetado donde las instalaciones festivale­ras habían sucedido a una convención mundial de discos, y transfor­mado en tiempo record en cuartel general para casi tres mil periodistas y a los vendedores de películas lloronas turcas, porno mexicanas y eróticas italianas, ya no quedaban más que las mujeres de la limpieza.

Una morenilla graciosilla con pinta de “starlette” especie desapa­recida, que en los años 50-60 animaban el Festival de Cannes con su picardía en busca de empleo de estrella – le quitó la papelera de plás­tico una llena de todo menos de papeles que campaba a sus anchas en la redacción. Le llegó un olor a perfume dulzón y las paredes vacías se le retrajeron por unos segundos a una tapia del Barrio de la Judería de Córdoba.

Delante de su ordenador empezó a teclear sus impresiones sobre el único momento interesante de aquel día pasado por agua, la nueva película de Woody Allen en la que el más que cincuentón neoyorquino había vuelto a exhibir sus dolores del alma, sus gritos del amor sin remedio.

El teléfono empezó a repiquetear cuando Luis se sumergía en la descripción de la escena en la que Woody Allen confiesa… El timbre seguía insistiendo. Descolgó y bajo la luz impersonal de los neones miró su reloj de pulsera. Al otro lado del hilo, la voz buscaba ansiosa­mente las palabras.

— Patricia ha tenido un accidente…

Mucho, mucho más tarde, en fracciones de segundos, entendió que le decían que un par de horas antes su hija iba con su novio en su auto para pasar el día en una playa. Al atravesar la calle mayor de un pueblo sin nombre, el auto se había encabritado y estrellado contra la pared de un garage.

No entendía o no quería entender. Le estaban contando cosas absurdas. Como una secuencia de la película de Woody Allen.

La voz del teléfono insistía, casi chillona: — Patricia se ha matado. Cuando llegaron los bomberos no pudieron hacer nada. Tenía rotas las cervicales. Se quedó en el acto…

La uve doble de Woody Allen estaba quieta en el ordenador.

Dos lagrimones habían pegado en el teclado. Lo limpió con el dorso de la mano – el agua es uno de los peores enemigos del ordena­dor – y colgó el teléfono.

Hizo un par de llamadas para advertir que tenía que abandonar Cannes y salió a la calle. La lluvia había cesado pero dejando minúscu­los pantanos en los que se reflejaba la noche. Los gendarmes de guar­dia en la entrada de artistas del palacio de Festivales le saludaron. El tiovivo de caballitos pintarrajeados y espejos de otros tiempos estaba inmóvil esperando la mañana. Las olas se enredaban calladamente con la arena bajo una luna anunciadora de un día espléndido.

Un taxista menos malhumorado que sus colegas parisienses le llevó hasta la estación, agresivamente moderna, donde le tocó esperar un tren de madrugada. Cuando el vagón se detuvo en la estación de París todavía no había salido de una especie de letargo suntuoso que le permitía hasta fumar sin que nada molestase su mente en blanco. A la salida del tren, un amigo le esperaba. Se dieron la mano, hablaron de algo, pero ninguno de los dos puso mayor empeño en decir nada. Hay momentos en los que hasta el silencio parece ruidoso y ése era uno de ellos. El rozar de los neumáticos sobre la autopista reemplazó el huidizo traqueteo del tren.

En un pueblo vieron un Peugeot verde aplastado contra un muro. Un gendarme empezó a darles una serie de datos técnicos sobre el accidente. Lo único que entendió a medias es que Patricia le esperaba allí mismo, al lado de un hangar, y que su novio había sido hospitali­zado, muy grave, en un hospital cercano. El hombre del kepí, más tieso de lo normal, con una voz más recia de lo corriente, siguió detallando la trayectoria del automóvil con la frialdad y precisión de un carnicero despachando un filete. Le alargó una bolsa de plástico transparente:

— Son cosas que hemos encontrado en el coche. Creo que perte­necían a su hija. Había un álbum de tiras cómicas muy de moda, un bolsito pequeño de rafia, una alianza delgada y un reloj cuyo minutero seguía salpicando tiempo, en busca de segundos y de minutos. (En las películas los relojes siempre se paran para que el detective de turno pueda establecer la hora del crimen).

La hora del crimen. Claro, no podía ser otra cosa. Patricia no podía haberse matado en un accidente. La habían matado.

El hangar tenía un tejado de metal ondulado, era una especie de cochera de la Gendarmería. Estaba vacía. A la izquierda de la entrada había una larga caja de madera encima de unos trastos. Algo así como una mesa solo que aquello era una caja de muertos.

Patricia tenía los ojos cerrados. Su melena que a ella le gustaba ves­tir de rizos de mujer fatal, brillaba sobre una sábana blanca. Alguien le había cruzado las manos. La besó y se percató de algo que ya sospe­chaba: que no estaba muerta, sólo dormida, o desmayada.

Posiblemente una herida grave, pero bueno… ¿Por qué diablo la habían metido en aquella caja tan vulgar? Las manos estaban frías y el dedo meñique de una de ellas roto.

Oía decir a su lado que se Patricia se había matado cuando el auto chocó violentamente.

Que no había sufrido. Todo aquello era irrealmente absurdo pero el único que parecía entenderlo así era él. El día del entierro el cielo se había levantado con toda la gracia de una primavera llena de sol y alegría. El cementerio, con tumbas en el suelo, como casas de campo, en medio de árboles que ya olían a lilas, un olor que a él le recordaba el jazmin de Sevilla, más emborrachantes que el propio vino, estaba lindísimo. Sólo que aquello era un entierro, el suyo y que él no tenía el talento de Juan Ramón Jiménez, el gran poeta de España olvidado por los españoles en beneficio de otros más acordes con los modas políticas, para decir aquello de “qué triste era aquel poquito de sol que quedaba en el cementerio cuando te entraron muerta”.

Un montón de gente vestida de fiesta, con el calor saliendo por el nudo de la corbata o por el busto se empeñaba en darle el pésame con esas estúpidas frases. A él aquello casi le traía sin cuidado. Una amiga le miraba de reojo y murmuraba algo a su marido. Todo el mundo estaba muy extrañado de no verle llorar. De que no se lanzara sobre el féretro como aquella loca tía suya tan adicta a los espectáculos calle­jeros. Si no soltaba una lágrima era porque él sabía que su hija nunca se hubiese marchado así por las buenas, sin decirle nada. Lo sabía y lo bastaba. Todo aquello era una farsa que le regocijaba profundamente. A una amiga de su hija que se pasaba un poquitín en lo del pésame ese, Luis le tiraba los tejos. Azorada, encantada – porque una mujer es humana, pese a todo – la muchacha de los ojos verdes ocultos detrás de suntuosas gafas brumosas reprimía la sorpresa escandalizada de una virgen desnuda en el refectorio de un seminario.

Después del espectáculo del camposanto – en el que hasta algunos de sus enemigos tuvieron la osadía de echársele en los brazos —, fue­ron días tediosos, de llamadas telefónicas de gente que se las ingeniaba para parecer sinceramente aplastada por el destino. La única llamada agradable fue la de María Dolores, que le llegaba desde Boston, donde efectuaba una gira con su compañía de teatro. Al contrario de los demás, ella no le habló de Patricia. Ni de esas cosas absurdas de la muerte. De la vega de Antequera también le había llegado un mensaje, más escueto. Casi impersonal.

Él tomaba taza de café tras taza de café, con su mijita de güisqui para romper la monotonía, y sin darse mucho cuenta se fue haciendo a la idea de que Patricia ya era mayor y que, cosas de la juventud, que quiere tener más años de los que en realidad tiene, había querido hacer su vida con el hombre de su vida y se había largado.

Para consolarle, los amigos, los más y los menos, le habían mon­tado aquella paparruchada del cementerio. Patricia se había marchado pero Luis sabía que pronto oiría su voz por el teléfono. Y que volve­rían a tener aquellas largas charlas hechas de kilométricas soluciones suyas y de tremebundos y risueños parlamentos de ella. Su vida era una eterna sonrisa. Sus palabras pura felicidad.

Conseguía hacerle olvidar que el fin de las cosas empieza a veces en un momento de la vida en que uno más convencido está de dominarla. Cuando todo le parece una recta de triunfos personales y profesionales.

Cuando se está quietísimamente convencido de que uno es bello y de que la vida es guapa con todos esos horrores de matanzas en igle­sias perdidas en un país africano del que hasta que no se anunciaran dos mil muertos en un malentendido de tribus nadie sabía ni puñete­ramente cómo se deletreaban.

Uno de esos siniestros personajes engendrados por una sociedad perennemente culpable de crímenes contra la propia humanidad de uno mismo quiso darle consejos.

Pretendía el tipejo con cara de suicidado que Patricia había muerto y que él, si era cristiano, católico o por lo menos budista, debía estar convencido de que era la voluntad de Dios. Y que había que resignarse. Bueno, que él tenía que resig­narse, porque el comecocos con bata blanca y dientes adulterados por la nicotina que prohibía a todos sus pacientes ya se las arreglaría con el Seguro Social, su Dios y su guía. Lo peor es que el loquero andaba por la consulta convencido de su papel social.

Iba a la iglesia pero ya no hablaba con El. Hasta había decidido retirarle la palabra. Se quedaba largos ratos en la penumbra mirando fijamente los cirios que se consumían delante de San Antonio, su per­sonaje favorito de la corte celestial. Era consciente de que no pensaba en nada o en casi nada.

Nadie ni nada tenía ya importancia. Una tarde, cansado, se había tendido en la cama de Patricia. De entre las cortinas de la puerta ven­tana que se abría sobre una terraza, entró una bocanada de viento.

Patricia estaba sentada en la cama. Con el mismo vestido de lunares con que la viese la última vez, antes del accidente.

Sonrió, extendió una mano sobre la colcha:

— Papá, he venido a verte porque sé que estás muy triste. Pero no te aflijas que todo va muy bien. Soy feliz.

La sonrisa se perdió cuando el viento volvió a inflar las cortinas como si fuesen velas de un barco fantasma.

Estaba harto de pegarse contra las paredes de su propia incom­prensión, hasta la coronilla de sentir un desamor tremendo y profundo por todo y por nada. Los psiquiatras tenían en mucha estima la pér­dida de un hijo. Leyó algunos estudios de esos majaretas profesionales que trataban de explicar algo que ni siquiera cuando muerde en carne propia se puede entender. Un amigo médico, más prosaico, le dijo que aquello era más o menos como un infarto del que uno se repone, pero que siempre queda una cicatriz.

Después de toda una farmacología del absurdo, después de reco­rrer todas las cápsulas de colorines que la farmacopea más encopetada aconsejaban en estos casos, se dio cuenta de que no había remedio.

Se volvió más huraño de lo que era normalmente. Le hubiera encan­tado que el mundo hubiese sido una inmensa Bosnia-Herzegovina, que los miles de millones de bastardos que a través del mundo seguían engañándose con el falso perdetiempo de la televisión, que seguían entusiasmándose por una película, por un actor, que seguían leyendo, en una puta palabra que seguían existiendo, se murieran magnífica­mente en una inacabable sinfonía de Schubert plagada de bombas nucleares y acompañados por el violoncelo de un Pablo Casals inspi­rado por el amor, cuando iba a París a dar conciertos.

Sin apenas poder tirar de su alma, con más años de los que per­miten las estadísticas, arrastrando en su sillón de ruedas una enorme bombona de oxígeno, para cuando le faltaba la respiración, el vainas sonreía en un hotel elegante de París, hoy convertido en museo.

Era el viejo más inadecuadamente feliz del mundo. Sonreía pese a que sabía que sin la bombona de oxígeno se podía ir al carajo del infierno o del cielo en cualquier momento. Por muy mago del violon­celo que fuese. El secreto era una muchacha tímida y guapísima, con esa belleza ya vivida de las caribeñas, que no se despegaba de su sillón metálico. Había sido una de sus mejores alumnas en alguna parte de Puerto Rico y ahora era su esposa. El viejo músico catalán irradiaba felicidad pura y dura, de esa que no ve años de diferencias ni conocen celos o estúpidas querellas de pareja. Retrospectivamente a Luis aque­lla felicidad se le representaba como un delito de lesa muerte contra su propia vida.

Odiaba a Pablo Casals. Odiaba el violoncelo que tanto había amado en otros tiempos. Se odiaba a sí mismo por existir. Odiaba hasta aquel pobrecillo infeliz que había visto durante unas inundaciones en alguna parte de América Latina.

El tipo se ahogaba en medio de la calle y para impedir que el agua turbia lo sumergiese se agarraba a una rama de un árbol más muerta de miedo que él.

Chillaba como un marrano. Cuando el agua misericordiosa lo arras­tró hacia el fin de aquella vida miserable de varias decenas de años, él, el reportero Tribulete, leyó por encima del bigote que estaba tragán­dose el barro un cartel que nadie sabía cómo – y a nadie le importaba un carajo – había escapado al huracán que había transformado el pue­blo en un barrizal que ahorraban tumbas porque se lo tragaba todo.

El cartelito cachondo rezaba así: “Dios. Tarda. Pero. No. Olvida”. Antes de hacer una foto, que a punto estuvo de ser premiada por su carácter “humanitario”, Luis deseó sincera y formalmente que el desgraciado fuese analfabeto y que en todo caso no hubiese tenido tiempo para leer aquella burla perfectamente visible en la fachada de la que incluso tal vez fue su casa.

Autor entrada: onmagazzine