Aquellos teletipos latinoamericanos de París

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

El periodismo francés tiene una larga tradición de escritores metidos a cuentistas de la actualidad o de lo que no lo era pero que aparecía en los periódicos. El siglo XIX conoció el periodismo militante proclamado por “Yo acuso”, desesperado grito de Emile Zola para fustigar una injusticia, la cometida con un militar judío. Zola, el que entretanto había contado una historia de Francia a su manera en libros como “Germinal”, “L’Argent” o “Nana”.

Cuando en 1960 nació en el 13 Place de la Bourse de París el Servicio Español de la Agencia de noticias France Presse destinado a América Latina, Emile Zola ya había dejado de frecuentar el Vaudeville, histórico y monumental restaurante de esa plaza en la que le sucedimos unos cuantos apenas alfabetizados.

Periodistas en general muy jóvenes y menos experimentados nos encontramos en la gran sala de Redacción del tercer piso de la AFP en compañía de dos o tres viejos elementos españoles que habían ejércido esporádicamente y probablemente a tiros el oficio de las letras impresas durante la GuerraCivil de España (1936-1939). Ya en el exilio de París, seguían escribiendo en periódicos de dudosa supervivencia para combatir al dictador Francisco Franco, que les había obligado a expatriarse.

Los que llegamos en enero o febrero del sesenta teníamos una idea muy pragmática de esa espantosa Guerra y algunos latinoamericanos que se presentaron a los exámenes de entrada  traían las suyas propias vividas en general por sus papás.

La labor de conformar un material en español a partir del francés de la Redacción central era bastante fastidioso y pronto los más avispados de aquellos redactores neófitos tomaron el sendero de la autodeterminación y nos convertimos en “esos tipos” que hacían lo que les daba la gana.

Y empezaron a llegar futuros redactores que habían atravesado los páramos lleno de trampas para elefantes que ponía en nuestro camino hacia lo que creíamos el estrellado profesional un republicano español,  Rafael García, excelente cronista deportivo con una larga carrera en la AFP en los puestos más ultrasensibles como el llamado Servicio de Escuchas, recepción e interpretación de los teletipos y radios de los países del Este Europeo, incluyendo la Unión Soviética. Con un gran conocimiento del medio y dotes casi de adivinos, aquellos periodistas del silencio, apenas se sabía de su existencia en tiempos normales, machacaban los caracteres cirílicos o los despachos oficiales en un inglés aproximado para intentar saber qué ocurría más allá de la Guerra Fría. Tuvieron clamorosos éxitos al adelantar, antes de que los medios occidentales fuesen siquiera capaz de percatarse de algo, crisis políticas en Moscú, muertes, destituciones. Las Cancillerías saben lo que se le debe al Servicio de Escuchas de la AFP:

Pero los cuatro españoles y el puñadito de latinos que habíamos aterrizado sobre el crujiente y algo apolillado parquet de la Redacción Central teníamos otras preocupaciones. Mario Vargas Llosa,  peruano recién llegado de Lima con su esposa, integró el equipo al lado de un anarquista español, un señorito, así le llamaba García, medio marroquí y algún pringado más.

Para cuando ya supimos escribir sin faltas de ortografía,  Vargas Llosa había dimitido para refugiarse en su pequeño apartamento de París dispuesto a parir el boom literario latinoamericano. La verdad es que nosotros apenas si le hacíamos caso. Le teníamos cierto aprecio no por su faceta de escritor que pronto estallaría sino por ser el marido de una señora de altos vuelos del barrio limeño de Miraflores que en otro departamento trabajaba como secretaria para que su esposo pudiese escribir literatura. Y que poseía por derecho propio las más aristocráticas piernas del distrito de la Bourse.

Cincuenta y no sé cuantos años después miro hacia atrás y tengo que reconocer que aquel Servicio Español fue una enorme barrica en la que con el tiempo se coció el talento de cuentistas que ni siquiera sabían que lo eran. Éramos tan atrevidos que muchas veces relatábamos la actualidad a nuestra manera, poniendo tal vez más caldo literario, aunque no lo supiéramos, que caldillo clásico de las famosas uves dobles del periodismo norteamericano. Reconocer es justo que el sujeto que más vigor dio a aquella mezcla de estilos que nosotros cocinábamos fue un catalán llegado de España, Xavier Domingo, enorme periodista, singular escritor, que nos enseñó, porque le dio la gana y pare usted de contar, que escribir bonito no estaba reñido con nada.

Cuando llegaba, casi siempre fuera de su horario, fumando los más “olorosos” puros toscanos, los más jovencitos se lo pasaban bomba. Porque Domingo era una caja de sorpresas ambulante. Probablemente recordando a su maestro Alejandro Dumas, con quien de cuello para arriba tenía un impresionante parecido, estaba convencido de que la actualidad estaba hecha para violarla (Dumas decía que la historia está hecha para violarla).

En el cercano Londres acababa de dar a luz a su primer hijo la Princesa Margarita de Inglaterra, a la que todos recordábamos con lágrimas en los ojos por el coraje que había demostrado liándose con un joven militar, el capitán Peter Towsend, que por muy héroe que hubiese podido ser en la II GuerraMundial (1939-1945) no era precisamente santo de la devoción de las viejas que mandaban en la Casa Real británica.

Tienen que perdonarme no porque esta historia la haya contado repetidamente, al fin y al cabo Frank Sinatra todavía sobrevive con la misma canción, “My way”, pero se me humedece la garganta del más alucinante cachondeo cuando me recuerdo a Domingo con sus largas melenas de negro Dumas y sus minúsculas gafitas redondas que apenas podían con el humo de los toscanos posar sus enormes dedos en las teclas para relatar la sustancia del acontecimiento, el FLASH o el URGENTE con que avisábamos a los periódicos de que algo gordo sucedía. Y así nació y circuló por todos los periódicos, radios y televisiones del mundo, dos palabras para la historia del periodismo; LONDRES- MARGARITA PARIO.

Hubo quienes se apresuraron a condenar a Domingo al oprobio de considerarle un tremendista quizá algo anarquista empapado en el delicioso y grueso vino tinto que en el Vaudeville nos servían con enorme generosidad a cambio de unos pocos francos que siempre escaseaban en nuestros bolsillos. Hubo incluso, los exquisitos del Larousse, que quisieron hacerle ver que el verbo parir estaba reservado para los animales. Los amantes de la parida replicábamos con enorme mala fe que no es lo mismo dar a luz que parir. Parir, decían los más exaltados, suena noble, dice lo que quiere decir.

Éramos tan atrevidos… Éramos jóvenes y estábamos orgullosos de tener entre las manos el oficio de escribir, de contar sobre la vida de cada día.

PARIS- EL TEMPLO DEL CAPITALISMO ESTA ARDIENDO. Este encabezamiento pertenece a otro despacho pergeñado por el inquieto catalán que reía como si estuviese interpretando un canto gregoriano. Estábamos en Mayo del 68, los estudiantes se habían soltado el pelo, descubrieron que fornicar en las facultades era más divertido que hacerlo en el hotelito de la esquina y se creyeron los amos del mundo. Y eso que probablemente, los muy retrasados mentales, ni habían descubierto los efectos del tinto del Vaudeville. Pero aquello de perder la virginidad no les pareció demasiado emocionante y algunos elementos radicales que les infiltraban le metieron fuego al bello palacio que en la Place de la Bourse, frente a la sede de la AFP, marca los tiempos del dinero con su bolsa de valores, una de las tres más importantes del mundo.

El servicio Español de la AFP era una auténtica fiesta que al mismísimo Ernesto Hemingway le habría parecido infinitamente más divertida que su propia “Fiesta”, la del París que él descubrió en los años veinte.

Son dos ejemplos de lo que podía escribir Domingo. Puro expresionismo, poesía pura en una información generalmente aburrida, cuando no incomprensible que a veces es ilegible a fuerza de formalismo. Más tarde, nuestra sección Magazine, el Cultural de nuestro tiempo, recogería un espíritu           muy cercano al parto de Margarita y al incendio de la Bolsa.

Es posible que los novatos a los que habían confiado la misión nada imposible, como demostramos, de arrebatar el mercado de la información de América Latina a las otras agencias internacionales, no supiésemos muy bien escribir –hasta que aprendimos, claro—pero lo hacíamos con tanto empeño…

En aquellos sesenta-setenta casi ninguno de nosotros veía películas que tuviesen a periodistas como héroes. La única que sin duda nos hubiese agradado ver hubiese sido “Los gritos del silencio”, todavía sin rodar, pero Dios sólo sabe lo que nos hubiese pasado por la cabeza ante un tan heroico Sam Waterston. Lo cierto es que sin saberlo escribíamos e interpretábamos nuestras propias peliculitas que raramente no tuvieron un final feliz.

También es verdad que en este cortometraje que acabo de proyectarles sobre los comienzos de una de las más bellas aventuras vividas por jóvenes de habla hispana en eso que llaman periodismo y que otros preferimos llamar Cuentacuentos he olvidado voluntariamente a muchos de sus protagonistas.

Aparte Domingo hubo gente de gran valía en aquellos comienzos. El peruano Julio Ramón Ribeyro, estupendo escritor amén de periodista especializado en el arte de reducir la verbosidad a lo esencial, Javier Franco, que nos alfabetizó a todos y conseguía cincelar cualquier artículo con mano de escultor andaluz, María Antonio Bouedec, que ponía  poesía llena de estrellitas en sus crónicas de modas, Horacio Cabral-Magnasco, que pese a  haber nacido en Córdoba (Argentina) describía como nadie los ojos violeta de Elizabeth Taylor, Carlitos Moore, cubano con alma de boxeador que creo terminó de profesor universitario en Estados Unidos, Ricardo Utrilla, que terminaría su carrera como Presidente de la agencia española EFE y que se consideraba como el mejor periodista del mundo (…de lengua española, agregaba con humildad franciscana). Y sería imposible no terminar con el profesional que desde Las Habana, donde era corresponsal de la AFP, nos enseñó muchas y esenciales cosas, Alfredo Muñoz Unsain, el enigmático Chango que nos mandaba las más exquisitas crónicas sobre la vida en Cuba y afirmaba ser egresado de la exquisita e inabordable UPC. Ah, Juan Tomás de Salas, sibarita redactor de nuestro servicio que conducía por París un enorme Jaguar y terminó fundando y dirigiendo el  exitoso grupo de prensa española Cambio16. Otros derrapamos por la acera de al lado y seguimos escribiendo como cuando en la Place de la Bourse queríamos cambiar el mundo o por lo menos el mundo de la información. A nuestra manera, como hubiese cantado nuestro amigo Frank Sinatra. Y los olvidados que me perdonen.

Autor entrada: onmagazzine