Aquel camarote de amor y momentos difíciles

Marcelo Aparicio | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Después de bailar primero enloquecidos al compás de Los Beatles para ir bajando decibelios y ritmo y llegar a los boleros de Tito Rodríguez, la tomé de la mano y le susurré: te haré conocer un lugar que para mi es mágico,  es mi trinchera y plataforma de lanzamiento. Se dejó llevar. Se colgó de mi brazo y atravesamos el largo salón y el resto de la casa que llevaba a mi dormitorio. Era una suerte de camarote. Era un camarote. Se los voy a describir aunque lo haga entre lágrimas. Al ser el menor de cinco hermanos, elegí esta variante pues me daba mucha independencia. Estaba más allá de la cocina y permitía regresos incontrolados por la puerta de servicio que daba a la cocina y que hacía menos estruendo que la puerta principal que se oía desde las habitaciones principales;  tenía como una salita previa a su puerta que podía verse desde dentro y desde las camas montadas como literas a través de una ventana que tenía persianas de las antiguas. Sólo le faltaban ojos de buey para sentirse en un camarote. Tenía, en poco espacio, todas las comodidades e, incluso, para que alguien se quedara a dormir, algo que pasaba más de una vez por semana y casi todos los fines de semana. Lo recordé esta madrugada, soñando esta situación mientras sonaba Paul Anka en Radio 80, que quedó encendida para custodiar mi sueño a 15.000 kms de distancia de aquel camarote y como 50 años después de ese momento. A la chica, de grandes y expresivos ojos verdes,  se le iluminó la cara, ¿“Vivis aquí”? dijo mientras yo encendía la luz de noche que automáticamente ponía a funcionar una radio que a esa hora estaría sintonizada con Radio Mitre, con el programa Música en el aire. Sin consultarle abrí el pequeño cofre donde se escondía algún whisky (generalmente Old Smugler, que nos podíamos permitir) y fui hasta la vecina cocina para traer hielo y algo para echarse a la boca, matambre en tacos, un sobrante de empanada gallega, salames… por ejemplo (en aquella época no había patatas chips, afortunadamente, pero siempre se improvisaban platillos). El único sitio para sentarse era la cama de abajo. Hasta que servía de cama, era  como un cómodo sofá con acolchados respaldos, una repisa con libros y la radio, luces que salían de atrás de los libros y cojines que hacían de posabrazos. Para más comodidad se podían extender las piernas hacia un mueble que había bajo la ventana que servía 1) de escritorio 2) albergaba una biblioteca vertical contra la pared del fondo, 3) era mesa para colocar la bandeja con vasos, hielo, whisky y piscolabis y debajo tenía seis amplios cajones donde reposaban exquisitas camisas bien planchadas y dobladas y olientes a lavanda y el resto de ropa necesaria. (había un armario continuando la línea de las camas donde colgaban trajes, chaquetas y había un zapatero debajo. Al cerrar la puerta se podía observar una cuantiosa colección de cajetillas de tabaco norteamericano, como Pall Mall, Lucky Strike, Chesterfield, Camel, Peter Stuvesant, cigarrillos que vendrían de contrabando en los mismos contenedores que traían los vaqueros Lee, los cinturones de la marina, ejército y aeronaútica yankees, imprescindibles en el vestuario “à la page”… Estábamos los dos horizontales, con los pies descalzos en la mesada o sea que con un giro de 90 grados estábamos acostados para una sesión amorosa. Era así de simple. Solo había que pasarlo bien, relajarse con la música y apreciar el suave movimiento del camarote de primera clase debido a los primeros efectos del whisky. Viejo marinero en mi camarote, solía ser el último en sentir ese mareo mezcla de euforia y expectación que produce (y seguramente también en ellas) la perspectiva del primer atisbo del amor. Sonaban The mama’s and the papa’s y ella lo cantaba en perfecto inglés. Siempre sabían las letras y por eso siempre sabían más inglés que cualquiera de nosotros, oídos duros protegidos no por una caparazón sensible sino por orejas semidestruídas por el choque con el contrario en los scrums del rugby. Según el encanto que había producido la cena y habitualmente el vino Sauternes de Carrodilla –generalmente cocina francesa elaborada por mí— y la sobremesa, con alguna o algunas otra/s parejas que se estarían horizontalizando en el inmenso living de muchos recovecos, el arrebato amoroso arrancaba de ella, una vez encantada y aposentada en el ya movedizo camarote. El resto lo dejo a la imaginación de cada uno y porque, además, pertenece a los recuerdos más íntimos, calurosos, eróticos y emocionantes de mi vida adolescente. Lo único que puedo decirles es que las camas, la de arriba (para sesiones posteriores y en busca de exotismo) como la de abajo eran sólidas y de buenos colchones. Pero cuando el lector ocasional de estas líneas deje correr la imaginación, tenga en cuenta que las posiciones eran limitadas y hasta diría, elementales. El techo que conformaba la cama de arriba hacía difícil ciertas posiciones más verticales, aunque servía para que ellas pongan sus pies en momentos de éxtasis, dando como suaves pataletas para delatarse que atravesaba por un canal lleno de orgasmos. La radio, como ahora sigue siendo así, no se apagaba nunca y alimentaba dia y noche de música, sin publicidad. Por la mañana, de madrugada, cambiaba el dial para lograr despertarme e ir a la colimba (mili), pero ese es el recuerdo repugnante de la historia y no me hace llorar de emoción sino de rabia. Ella se había ido encantada, conmigo acompañándola hasta el portón en “robe de chambre” y tirándonos besos entre el zaguán de abajo y el taxi que había bajado por Callao hasta encarar avenida del Libertador. Era siempre la primera vez y nunca era tan linda como cuando después se repetía en hoteles alojamientos más confortables que el camarote, pero estáticos y aburridos. ¡AH! En el pequeño tocadiscos del camarote puse de despedida The Beatles y se le ocurrió caer al brazo con la púa en “All you need is love”… Ahora, después del momento onírico y para reconciliar el sueño, radio 80 pone a Eric Clapton. Me servirá para dormir, no para recordar. Misterios de la memoria y del corazón de un viejo camarote con variados destinos soñados, con llegadas a puertos e islas después hechos realidad.

Autor entrada: onmagazzine