Ulises, navegante de la ilusión

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Caprichosos que eran en tiempos de todas las maravillas los dioses griegos, desde el Olimpo de las mil y una noches donde las cuentacuentos tomaban a veces la forma de un cisne bellaco y mujeriego. Hicieron que Ulises, esposo de Penélope, la tejedora por amor sin fin de Ítaca, vagara o bogara, que nunca se sabe, porque la mitología mitología es, durante veinte años por mares a ratos tan caprichosos como sus amos. Pero seamos sinceros. En este siglo de incertidumbre, con crisis de todas las miserias del mundo que acechan en todas las esquinas, después de leer La Odisea ganas dan de comprarse un velero y esperar a que algún Satanás cojuelo –no sonrían, el Papa ha admitido su existencia—llame a Eolo para que mande buenos vientos y nos lleve a una isla donde (Odisea dixit) una mujer de una belleza incontable se empeñe en mantenernos preso de sus encantos durante un tiempo sin fin.

A la isla de la diosa Calipso llevaron los malignos vientos a Ulises. Y aunque pasaba todo el rato llorando, mirando al horizonte y pensaba únicamente en su amada Penélope, que en Ítaca tenía que defenderse contra los ataques de sus pretendientes, bebía los vientos por la diosa Calipso, señora del lugar. Esto es lo que cuenta el poeta Homero en la Odisea pero vaya usted a saber. Una isla desierta, años de abstinencia y una mujer que ni siquiera es real…

El caso es que después de lamentarse oyó a Calipso: “… Quedándote aquí conmigo guardarías esta casa y serías inmortal (¡además! NDLR), aunque añoraras contemplar a tu esposa, a la que anhelas de continuo todos los días. Me jacto, desde luego, de que no soy inferior a ella, ni en figura ni en talle, porque de ningún modo es normal que los mortales rivalicen en figura ni en belleza con las inmortales”. Y ya se ve que Ulises no puede con su alma y el resto de su persona por muy navegante que fuere y contesta a la diosa: “… Sé también yo muy claro todo esto: que la prudente Penélope es inferior a ti en belleza y en figura al contemplarla cara a cara, y ella es mortal, y tú inmortal e inmune a la vejez…”

“Así habló –sigue explicando el bueno de Homero—Luego se sumergió el sol y llegó la tiniebla. Retirándose ambos al fondo de la cóncava gruta gozaron del trato amoroso, acostándose juntos”.

Pobre Ulises, como debió sufrir al meterse en la cama donde la esperaba no una mujer, no una Penélope, sino una diosa…

Inútil escribir que después de estas explicaciones, la de navegante solitario y perdido –nada de satélites ni teléfonos celulares—es la mejor de las profesiones. Pero lo malo es que en estos tiempos de desgracias al por mayor uno no llegaría a la isla de Calipso si no a otra de seres malignos y lo pasaríamos regular, regular.

No crean que me aprovecho de estas narraciones para revelarlo, pero les juro que cuando yo estaba todavía en el instituto de una isla africana–inmejorable alumno, enamorado de su profesora de Literatura—alguien de mi familia sacó toda la pirotecnia de la imbecilidad para expresar que lo mejor para mí porvenir sería entrar en la Marina Mercante, muy de moda entonces por sus brillantes uniformes blancos.

A uno, que ya no pensaba más que en escribir para contar lo que veía, y lo que no veía pero pensaba que había visto, cualidades esenciales del reportero, tuvo la idea de correr la voz de que era incapaz de distinguir entre el norte y el sur. Y cuando mi gente se dio cuenta de que además de no conocer el norte no había oído hablar nunca del Este y del Oeste –yo pensaba que eran los nombre de dos primos lejanos de la Guyana francesa—el consejo de familia abortó la idea del tipejo aquel que ya entonces pensó que hubiera sido un peligro en el mar y que incluso hubiese podido contribuir al hundimiento de otro Titanic.

Pese a mi respeto por el mar profundo, que veo todos los días desde mi terraza y que me indica el sur, pero sin saber todavía dónde diablos se esconde exactamente el norte, cuando vuelvo a ver una película como Le crabe tambour, que en 1977 fue un exitazo en Francia, echo de menos el uniforme. Y sin olvidarme de Ulises, y aún menos de Calipso, sueño.

Le crabe tambour (Pierre Schoendoerffer) tiene en el reparto un trio de actores de lo mejor que entonces podía encontrarse en esa talla, Jean Rochefort, Jacques Perrir y Claude Rich.

Rochefort es un comandante de un barco de la Marina Nacional francesa que sabe que ésta será su última misión porque la enfermedad le ha puesto fecha para marcharse de la Marina y de la vida.

Están en Terranova con pesqueros franceses a los que deben asistencia en todo momento. En los intermedios aburridos y nebulosos los tres hombres evocan sus recuerdos de otras navegaciones y de la guerra de Indochina, donde juntos también habían navegado por el rio Mekong.

Hablan del horror que sacudió a Francia con las dos guerras que le llevaron al paroxismo después de la II Guerra Mundial (1939-1945), la de Indochina (1946-1954) y acto seguido la de Argelia (1954-1962). Dos conflictos en los que los franceses se dejaron el alma porque en los dos jugó mucho el factor afectivo. En los ocho años de Indochina, luego Vietnam para certificar la mayor derrota norteamericana en los frentes, los franceses se creyeron en su casa. Fue indiscutiblemente una guerra colonial, como la de Argelia, donde se jugó a cara o cruz el destino de Francia.

En esa Indochina que no daba para olvidar habían estado los tres marinos que ahora ayudaban a los pescadores a muchas millas de Francia. Pero probablemente que los mares y los ríos se confunden cuando de hombres se trata.

Ulises quedaba muy lejos en los recuerdos de aquellos hombres que velaban por la tranquilidad de los pescadores franceses de Terranova. ¿A qué distancia estarías Ulises y Calipso? Probablemente a la distancia de nuestra fantasía.

Autor entrada: onmagazzine