Abéñula por compasión

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Me está detallando con sus ojos negros perdidos la chiquita piconera, aquella moza de la Córdoba árabe y española que el pintor Julio Romero de Torres abandonó en un cuadro para gozo de todos los mortales. La Chiquita tiene ojos de mora, de caribeña, se parece a los de una mujer que no conocí a tiempo, Adela Escartin, mi hermana aunque solo fuera de padre. Ella pudo ser cualquier chiquita piconera. Era una gran actriz de teatro que amaban en España y en Cuba.

Una de sus fotos, donde los ojos pintados con abéñula parecen salirse de la cartulina, me ha recordado al cartel de The Jungle Asphalt, en el que la inexperta miope Marilyn Monroe me ofrece otra sonrisa de dientes sobre un vestido de punto rojo. Una chiquilla de ojos verdes y mirada negra abeñulada me contempla con sonrisa arrebatadora.

Es la rebelión de las pestañas que respiran cuando los ojos se plantan en la vida de un hombre o de algo parecido, porque de todo, y algo más, hay en la viña del Señor.

En este año de crisis patética de pánico que corre por las venas de la gente sin más bienes que su trabajo, en una desesperación que anuncia, hambre, sudor y lágrimas (Winston Churchill ni podía imaginar que su frase pudiese ser acuñada también para la posteridad) la calle Atocha de Madrid es una feria andaluza. Por sus dos aceras que corren hacia la cumbre de la nada se suceden las tiendas risueñas, que lo mismo te hablan en madrileño castizo que en cantonés adulterado. Se vende de todo, del agua en botella a souvenirs con el oso y el madroño de la ciudad.

Todo de lo más kitch. De todo se vende menos esperanza.

Un amigo cinéfilo me dice que la calle de Atocha vacía como una muerta por las noches, cuando hasta hace poco la noche no era más que una prolongación de la vida de la mañana, le recuerda a las mejores películas negras del cine norteamericano. Miramos hacia 1950, hacia John Huston, el enorme, el caníbal, el devorador de talentos. Son las dos de la mañana y cito The Asphalt Jungle, aquella película de Huston en la que Marilyn Monroe (te quiero, MM, te adoro, mi amor, como dicen las caribeñas porque las europeas casi te tratan de usted, que incompetente es la vida…) servía de figurita de porcelana fina para una tragedia griega, un atraco que sale mal, como la vida misma, y que va pegando en una telaraña de fatalidad a los protagonistas de la historia como una tempestad perfecta. Abéñula en todos los ojos negros que me atraviesan el alma que ya no tengo.

Un oftalmólogo me recetó un día un mejunje con pinta de abéñula. Le dije que yo no era marica, que por favor, que respetase mi heterosexualidad. Entonces fue definitivo: “Usted verá lo que hace. O se la pone o a lo peor se queda ciego”. Comprendí que era una broma de machista andaluz adulterado por la pasión del tiempo cuando el médico ya no estaba al alcance de mi ira, que era mucha.

En la película de John Huston, Marilyn era el helado de fresa de un gordo (como yo) desgraciado y maldito (como yo) que participaba en un atraco para intentar salir de la bancarrota (como todos los gobiernos de Occidente). Y en sus pocos planos, de lo mejorcito de la historia del cine – ni me saquen a la estreñida Ingrid Bergman en Casablanca (que me empalagas, morena) – miraba a su protector con los ojos vacíos de amor pero repletos de rimmel. Una mirada que él no podía ver, ni oír (las miradas son a veces ruidosas), porque sabía que iba a morir, y cuando se sabe que uno se va a al carajo le falta aliento para admirar los senos de una muñeca de marfil y los muslos color cuartilla sin inspiración de prostituta tísica de la rue Saint-Denis del París de los años sesenta, que se escapaban de las comisuras de un vestido rojo de aquellos de quitar y poner de cuando todo era casi posible. Marilyn murió, sus muslos se quedaron probablemente canijos como los pacientes del Doctor Thomas Mann y yo ni te cuento.

La chiquita piconera sigue mirándome mientras que, con toda la sensualidad que le dio el pintor, menea el brasero que tiene entre unas largas y deliciosas piernas, camino de perdición al que conducen medias relucientes de antaño que siempre me hicieron pensar que unas ligas de mujer valían todos los años del paraíso.

Prefiero la mirada de Marilyn a la suya, demasiado dura, quizá porque cuando Julio Romero de Torres la plasmó era demasiado pobre y tenía demasiado frío como para saber que el erotismo es vida pura y chorreante. Aquel filme de John Huston lo protagonizaba Sterling Hayden, pero yo nunca tuve ojos más que para Sam Jeffe, siniestro personaje de las noches de las lunas sin estrellas que terminan en un apagado eclipse que lo empapa todo de la abéñula que llena los párpados de una de mis miradas.

Miradas que siempre me perseguirán con los ojos del lascivo pederasta interpretado por Peter Lorre en M, el maldito, de Fritz Lang. Está visto que nadie es perfecto. Nisiquiera yo.

Autor entrada: onmagazzine