Lula, ¿volver a empezar?

 

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Miedo me da cuando veo que los sondeos dicen que Lula puede volver a ser Presidente de Brasil por tercera vez. Como si ya no hubiese tenido bastante con dos presidencias sucesivas.Porque este país gigante que tiene como adorno la Amazonía, reserva de la humanidad en agua potable, plantas medicinales y nadie sabe cuántas cosas más, es ingobernable. Allá por los años cincuenta y cuatro, el Presidente Getúlio Vargas se pegó un tiro, desesperado porque iban a por él. Porque en Brasil quien no corre vuela y el poder es lo que sueñan todos los señoritos, herederos de los barones del café, de cuando el país era un inmenso cafetal que daba buchitos por compasión al mundo entero y en Manaus se erigía, y todavía luce su tejado de oro, porque era como un templo, una ópera moderna, esplendorosa, a la imagen y semejanza de la de París.

Muy difícil de gobernar es este país inmenso, donde los políticos juegan con todas las cartas sucias que les caben en las dos manos. Michel Temer, el actual presidente, se tambalea pero no se cae. Misteriosos bastones le ayudan a mantenerse en el poder, allá arriba donde todo es posible. Y a Lula le han caído varios procesos por una presunta corrupción. Otro le espera en enero, para estrenar el año.

Porque no tiene nada que ver ser Presidente de Brasil con ser Presidente de cualquier otro país, aunque sea Estados Unidos.

Brasil está lleno de riqueza, tiene una población no difícil de manejar y la democracia real existe poquito a poco. Porque si existiera totalmente Michel Temer y su pandilla ya habrían desaparecido. Pero siguen agarrados a la teta, chupando de la rica ubre del país que cuando menos lo pienses será el más rico del mundo.

No creo en los milagros desde que un auto se estrelló una noche en una carretera de París y se me hace muy cuesta arriba creer que los descendientes de los coroneles del caucho van a dejar que Lula vuelva a despachar en el Palacio de Planalto, una estación espacial posada en pleno Brasilia. Por eso, quiero adelantarme y recordar al Lula que yo conocí cuando solo soñaba en que un antiguo mecánico de Sao Paulo pudiese ser Presidente de Brasil.

Me callo y leo el titular de un despacho de la agencia Associated Press de finales del mes de octubre pasado publicado por el diario El Nuevo Herald, Miami: “Tres décadas de auge, millones vuelven a la pobreza en Brasil”.

El último párrafo de este despacho escrito por una gran agencia de prensa que no tiene nada de izquierdista, como tampoco lo tiene el periódico que lo publica, dice así:

“Entre 2004 y 2014, decenas de millones de brasileños salieron de la pobreza y el país era considerado un ejemplo para el mundo. Los precios de las materias primas de la nación y los recién desarrollados recursos petroleros ayudaron a financiar los programas sociales que llevaron dinero a los bolsillos de los más pobres”.

Y ahora dejen que recurra a mis archivos:

Tengo dos fotos que para mí que le he conocido marcan el antes y después de Lula, Presidente de Brasil. La primera la tomó el fotoperiodista Tony Berrocal hacia 1998 en el angosto despacho que sus correligionarios de izquierdas le prestaban en la planta baja del Congreso, en Brasilia. La capital federal brasileña es pura luz y trapecio sin redes.

Los edificios han sido concebidos para gozar de lo que aquel páramo tenía de salvaje cuando todavía no lo habitaban más que serpientes y pequeños roedores, que les servían de comida.

Entras en uno de los salones principales de Itamaraty, sede del Ministerio de Relaciones Exteriores, y te encuentras suspendido en el vacío. La mirada se pierde para siempre en un horizonte que no dice su nombre.

En el Congreso, maravilloso edificio neoyorquino amparado por una taza y su platillo, símbolo de lo que el café ha significado siempre en este país, ocurre otro tanto. Hay

que ser retorcido para meterse en la planta baja, sótano de infinita tristeza, donde oyes el rumor del agua que circula en el exterior sin que el sol te haga una visita inopinada.

Lula, el hombre que ha demostrado que se puede ser un perdedor y que un día te cambia la suerte (tres veces, tres, había perdido la elección presidencial), estaba sentado en un sillón de plástico arrinconado en un despacho que probablemente no se usaba para nada. Estaba vacío y no tenía alma. En la ciudad mágica por excelencia, era la primera vez que entraba en una pieza donde los espíritus no podían vivir. Lula se dejó caer en el sillón como las piedras que arrojábamos a los peces de Itamaraty en espera de que

comenzase la ritual conferencia de prensa con algún pájaro de peso internacional que se había equivocado de avión y no se había quedado en Río de Janeiro. Brasilia es la prima solterona de ese Río del que fluye la alegría nada más abres la ventana o pones un pie en la calle.

El inspirador de Brasilia, el presidente algo comunista Juscelino Kubitchek, quiso someter a los cuerpos gobernantes del Estado a una cura de humildad y de absoluta nostalgia de la alegría. Brasilia es la austeridad bella, de belleza impresionante pero inalcanzable. Río es la mulata dicharachera que busca la fiesta a toda costa. En la capital federal, los diputados, senadores, jueces y otros caciques del poder tienen que acudir a lugares muy precisos para que les dejen reír. Brasilia es el Escorial. Tanto que cuando

llega el viernes por la noche, al menos así eran las cosas hasta que me fui de allí a finales de 1999, la mayoría de los cargos oficiales abarrotaban los aviones rumbo a Río o a Sao Paulo. A los políticos no les apasiona la virgen brasiliense.

Metido en aquel despacho de paredes de caoba que ocultaban a su manera la eterna derrota de la izquierda brasileña, en un país donde no gobernaban más que los ricos, le ví angustiado, con las mejillas sumergidas en algún recuerdo poco agradable de la infancia. Tiene ojos muertos, como los de un enorme pez que unos días antes

habíamos compartido en el restaurante del lago, donde como presidente de la Associacao de Impresa Internacional le había invitado a cenar, una de esas cenas en las que los políticos se desabrochan el alma para jolgorio de los periodistas que les acechan detrás de sus platos. Bebimos vino chileno y él sonrió alguna vez pero muy fugazmente.

Sabía, todavía no había vencido en ninguna elección presidencial pese a haberlo intentado tres veces, que los corresponsales extranjeros querían oír al perdedor de siempre.

En ocho años, el perdedor de siempre, el político por el que nadie apostaba un real, se iba a convertir a sus 64 años en el más influyente del mundo según la revista norteamericana Time (abril de 2010) y llegó a ganar dos veces consecutivas las elecciones a la Presidencia de Brasil, en 2002 y en 2006. Lo increíble, lo impensable ha sucedido en el país de la magia, donde todo es posible, menos que se acabe el hambre, claro. Tenía años de jugar cuando ya andaba trabajando como un esclavo en cualquier taller de la ciudad más industrial y mortífera de América Latina.

Y ahora me dicen que quizá se atreva con las próximas elecciones presidenciales. No me lo creo pero me da miedo de que el viejo Lula no pueda ya no tanto, me da miedo de que tiente a la suerte y que le salga el tiro por la culata. Y que se estrelle. Pero esta vez sería sin billete de vuelta.

Autor entrada: onmagazzine