Los sonidos del silencio

Marcelo Aparicio | Maqueta Sergio Berrocal Jr

“En la desnuda luz mire 
vi mil personas tal vez mas 
gente que hablaba sin poder hablar 
gente que oia sin poder oir 
y un sonido que 
los envolvia sin piedad 
lo puedo oir 
sonidos del silencio .

Escuchando una vez más estas magníficas estrofas en la canción de Simon & Garfunkel, Los sonidos del silencio, me vinieron muchos recuerdos, muchas ilusiones, pero también reflexiones que durmieron un rato la nostalgia de la canción. Porque creemos que nuestro sentido del oído está solamente limitado a la música, ese placer único, y a escuchar alertas o ruidos que atentan contra nuestra salud auditiva. Hay sonidos que abandonan la categoría de ruidos para incorporarse a la memoria sensitiva. Uno de mis primeros recuerdos, del sonido, tiene que ver, admito por dos gustos que sin saberlo se estaban desarrollando en aquel niño de cinco a seis años. “El lago de los Cisnes” siempre me siguió causando efectos muy agradables en los sentimientos.

Suena esa obra magna de Tchaikovsky e inevitablemente recuerdo el comedor del Hotel Playa Chica de Mar del Plata (Argentina), almorzando o cenando con mi hermana Stella y nuestra hada protectora , la institutriz vasco francesa Madmoi. Y recuerdo con especial placer el Vitel thoné que nos servían que se transformó en uno de mis platos preferidos. Muchos años creí que vitel thoné era su título francés (los franceses pueden atribuirse el reconocimiento de haberle puesto nombre y apellidos a grandes platos, que muchas veces no creaban ellos). No es francés como puede parecer sino del dialecto piamontés, de donde es originario este sabroso plato consistente en redondo (pesceto) de ternera lechal cortado lo más fino posible y protegido y engalanado con una salsa a base de atún (tonno en italiano). El gesto del camarero de guantes impecables acercando esa fuente mágica después con el tiempo lo asumí parecido a los pasos del ballet del genial creador de la pieza musical para la danza.

No muchos años después recuperé otro sonido que me hacía incluso cosquillas de emoción en el estómago y que reencontré, muchísimos años después en algunas callejuelas de Paris. Nuestro tío Guimo tenía un Citroen Ligero de tan mala imagen por haber sido el coche preferido de los nazis. Pero era una belleza y los domingos, Guimo nos devolvía  a casa después de una visita a nuestras abuelas que vivián en el mismo edificio, en pisos distintos, porque así son los Aparicio, una especie de clan periodístico y  muy familiar. El cochecito iba muy de prisa, para mis sensaciones y me gustaba no solo la velocidad sino el sonido que hacían sus ruedas girando a toda velocidad sobre los adoquines de la avenida del Libertador, donde vivíamos. Lo reviví en París y quedan muy pocos adoquines después que las “fuerzas del orden” descubrieran en mayo del 68 que podían ser utilizadas como proyectiles peligrosos para sus integridades.

El sonido del tren y su chuf chuf es algo que va desapareciendo. A mi me causaba una injustificada alegría escucharlo en la ciudad entrerriana de Concordia, donde pasaba las vacaciones de verano en lo de mi querida hermana y madrina Elsa y sus cuatro hijos, mis sobrinos. Yo tendría 10 años porque fui tío a los tres. El sonido de ese tren que pasaba una vez de día y otra de noche, atravesaba una hectárea de cítricos que daban abundantes cosechas para nuestro deleite y para la economía del lugar. Ese tren y su pitido –además del insuperable recuerdo de la canción “Et j’entend shifler le train”, de Richard Anthony, también adjudicada a Francoise Hardy, pero que también la interpretaron con desigual resultado Franco Batiato y hasta Serge Gainsbourg—me nítido alguna tarde de verano cuando me deleito en alguna de mis terrazas de Sant Sadurní d’Anoia y vuelvo a aquellos naranjales y los hermosos momentos vivido con mi hermana y su prole.

Al oído le prestamos menos atención de lo que se merece. Ahora, con los años, cuando las palabras de otros empiezan a escabullirse por degradación auditiva, quizás nos damos cuenta. La memoria y, sobre todo, la nostalgia, nos ayudan a revivir momentos sonoramente deliciosos.

Como aquel sonido que proporcionaba el taconeo de la amante que va a tu encuentro en una cita en cuyo suelo haya parquet. Ahí llega y por lo suave de sus pasos, viene contenta, con ganas… o huy que pasos acelerados, ¿habré hecho algo mal?…

Ese sonido que producían las ruedas del sulky que en verano guiaba mi padre para ir a comprar frutas y verduras a una chacra vecina. Era una mini orquesta el sonido de las ruedas sobre el ripio, acompasadas de alguna manera con el sonido hueco y estrepitoso de los cascos de los caballos, mientras nos acercábamos al grito “ya se huele la albahaca, el orégano” en lugar de dedicarnos a satisfacer otros apetitos con el sonido de las ruedas, el ripio y los cascos caballares.

Y, para finalizar, los sonidos del silencio. El que siento mientras escribo esta reflexión casi a las cuatro de la mañana de una fría noche de insomnio. Si pasara el tren, o el Citroen ligero agitara los adoquines, o el taconeo se hiciera presente, con el ballet de los cisnes sonando, quizás me dormiría pensando en que me arrullan los sonidos del silencio.

Autor entrada: onmagazzine