Como un hámster

 

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Vivimos, malvivimos, morimos, como laboriosos hámsters que dan vueltas y vueltas, infinitas vueltas, tremendas vueltas moviendo el bigotillo, faro de todo, a lo largo y ancho de nuestras vidas. Quizá en este siglo XXI más que nunca.Pedaleamos en la maldita rueda del calvario que conocemos como Jesús conoció el suyo como aquellos malditos que tenían que bailar, y bailar, y bailar para no morirse de hambre.Pedaleamos como majaretas sin avanzar nada. Pedaleamos porque es nuestro destino aunque tú creas lo contrario. Como hámsters hacendosos que se destruyen queriendo ir más lejos, a sabiendas de que nunca pasarás de la rueda infernal, más lejos en el laberinto que todos sabemos que no conduce a ningún sitio, a ningún sitio más que a la esperanza, marchita, siempre marchita, de remar en busca de un lugar donde atracar, donde bajar, descansar.

La noche negra nos conduce, pobres hámsters, a un día más, otro día sin esperanza, porque el sol no llega a la jaula y hasta dicen que sería menos rentable. Tendremos que seguir pateando en el vació de todas las desesperaciones a cambio de algunas verduras y agua, agua, verduras, alguna zanahoria cuando Satanás lo ordena, aunque sea Navidad, y tampoco nos dejan cantar villancicos porque sería perder el ritmo de nuestra infamante caminar, sin tango que lo remedie.

Somos como vagones del tren de los hermanos Marx, que no piden más que madera para que la locomotora siga embalada por las pendientes de no se sabe dónde ni se sabe para qué.

Todos hámsters, millones de hámsters, y con la bendición del Papa Francisco (Paco para sus fans) que de pronto, entre dos latinajos, sin siquiera una piadosa encíclica por medio, ha afirmado que Satán, el diablo vamos, existe y que hay que tomárselo muy en serio.

Es cierto, el Diablo, Satán, ya hace rato que está entre nosotros y de vez en cuando, con diferentes caracterizaciones, aparece en la portada de la revista Time como el hombre del año, el más poderoso, el más rico, nunca el más endeble, el más necesitado. Jesús nunca hubiese estado en una de esas portadas que deben de cotizarse más que los besos de las estrellas de Hollywood que, de pronto, todas vírgenes y todas acosadas, mancilladas por productores, actores y todo lo que se ponga por delante que huela a hombre, a macho impertinente, macho inconsciente y repugnante que desde que los Hermanos Lumière rodaron la primera película rondan como sátiros por todos los estudios del llamado cine. Todos ellos satánicos. Quizá por eso Paco advierte que Satán están entre nosotros y que ojito…

Satán probablemente anda metido en un estudio publicado a mediados de diciembre por ciento dieciséis investigadores del mundo entero. Afirman, certifican, que pasaremos nuestra vida dándole patadas a la rueda. Que seremos más hámsters que nunca porque el fenómeno sigue ampliándose desde hace casi cuarenta años: las desigualdades han explotado en casi todos los lugares del mundo.

En claro, en lenguaje de hámster, eso quiere decir que los pobres son cada día más pobres y que los ricos son cada día más ricos. Consecuencia: habrá que pedalear más y más rápido en la rueda infernal que cada uno de nosotros tiene bajo sus pies.

“Entre 1980 y 2016, el uno por ciento de los personajes más ricos del mundo han captado (se han manducado, metido en el bolsillo, en sus cuentas bancarias de las Islas Vírgenes y otros paraísos fiscales) 27 por ciento del crecimiento mundial… El 50 por ciento de los más pobres, de los más miserables, nosotros, una gran parte de los que pedaleamos con un cachito de verdura, captaron 12 por ciento en el mismo período”.

Y Satán, que no tiene que darle a la maldita rueda, se frota las manos. Todos satánicos si queremos seguir comiendo.

El Papa, que por ser argentino tiene sus propios chuletones, no ha subrayado el fenómeno que acompaña a esta declaración espantosa sobre el estado del mundo.

En los últimos años, sin que todavía los especialistas económicos hubiesen dicho nada, ha estallado en Europa un fenómeno que quizá tenga algo que ver con este desorden mundial.

Mientras que por efectos de la macrocrisis económica que sacude al mundo desde hace años se abrían más y más comedores de caridad, destinados a evitar que los hámsters que no tienen rueda ni lechuga se mueran de hambre, en Europa aparecía otro fenómeno delirante. El de los restaurantes donde comerse la lechuguita del hámster cuesta una fortuna. Eso sí, adornada y puesta en un inmenso plato con pinzas de plata y fogatas de cremá valenciana.

A estas alturas del desarrollo socio-cultural del hambre, sí, señores, otras estadísticas dicen que en muchos países europeos hay sectores de gente que no come lo suficiente y niños, sí, niños, que pasan hambre. Pero sin que importe esta consideración o la otra, el fenómeno es que todo el mundo quiere ser cocinero. Concursos de televisiones, libros o algo parecido y todo tipo de medios de difusión nos empujan a querer ser cocineros, a ansiar aprender a freír patatas pero con el arte de Manolete cuando entraba a matar.

De un tiempo a esta parte, sirviendo esas comidas ultra delgadas y ultra caras, el arte de la cocina, hasta ahora destinado a los que no tenían suerte en la vida y no podían hacer otra cosa, es lo que prima. Si no eres cocinero no eres nada en la escala social.

¿Tendrá que ver este fenómeno absurdo y patético con la llegada de Satanás que tan alegremente nos ha anunciado el Papa?

Pero no se preocupen. Como no habrá cocina para todos, el noventa y tanto por ciento de la humanidad seguirá convertida en hámsters de rueda imparable.

Autor entrada: onmagazzine