Ulises, ruega por nosotros

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

 

Busco personajes a los que aferrarme antes de que llegue la hora. A lo largo de los años he tenido más de uno, bastantes en realidad, pero con el tiempo no han resistido y han ido cayéndose solos, como esos jazmines que de la noche a la mañana, después de veinticuatro horas de belleza resplandeciente, se ennegrecen.El único que en todos estos años, y son muchos, ha resistido ha sido Jesús de Nazaret. Y ahora estoy probando otro que no sé si terminará por convencerme totalmente

Siempre me he llevado fatal con las divinidades griegas porque mi pobre amigo Ulises, aquel navegante que tenía una esposa tan fiel y tan hacendosa llamada Penélope, lo pasó muy mal durante quince o más años que la leyenda fija en por lo menos veinte y durante los cuales estuvo dando vueltas por el mar, afrontando todas las maldades que se les ocurría a los poderosos del cielo de la época, porque luego los cristianos inventamos otro paraíso que se supone está también entre nubes.

Allá en el Olimpo estaba Poseidón, el que mandaba en los mares y Eolo, amo de los vientos, dos enemigos de entrada para el valiente Ulises, que además tuvo que vérselas con el feo y terrible Polifemo, el cíclope comedor de hombres. Un caprichoso que cuando no se le hacía caso llamaba al más poderoso de los dioses, Poseidón, cualquier cosa.

Las sirenas trajeron a mal traer también a Ulises, que no era nada reacio a la belleza femenina. Sin contar las muchas brujas que de un modo u otro quisieron cautivarlo y mantenerlo lejos de su ciudad, de su reino, Ítaca, donde, no lo olvidemos, Penélope, bella como un rayo benevolente de Zeus iluminaba de hormonas agresivas a los nobles machos que esperaban a su puerta que se decidiese a casarse con uno de ellos. Porque, claro, daban por hecho que Ulises estaba muerto y enterrado en las profundidades de los mares y en espera de devorar a la esposa casi virgen se necesidad se comían toda la hacienda del rey de Ítaca. Porque no se olvide que con toda su fama de enamorador de todas las bellezas que le salían al paso en las islas por las que se deslizaba su barco, Ulises era ante todo un caballero. Aunque, es cierto, a ratos, muchos ratos, se olvidaba de serlo entre las sábanas de seda de una de las brujas maravillosas que siempre le esperaban en alguna isla que ni siquiera existía.

Hubo que olvidar a los dioses griegos porque surgieron Jesús y sus caballeros (discípulos), que eran de otro calibre que el de Ulises y que no tenían Penélope con alfombras interminables que les esperasen en casa.

Con la crucifixión de Cristo, el hombre más importante de mi particular historia con Ulises, el mundo descubrió una nueva religión, el cristianismo y todos, judíos, mahometanos y otros, estuvieron de acuerdo en que no había más que un dios, aunque cada cual le llamase de una forma.

Y a las locuras de los dioses griegos debería de haber sucedido la sabia actitud del Dios único, amante de sus hijos que eran todos los humanos.

Desde hace un tiempo estoy pensando seriamente en llamar a los caprichosos dioses griegos, Zeus, convertido, disfrazado de un bello y atractivo cisne, conquistó a la bellísima Leda, que nunca había pensado la muchacha en tener amoríos con un pájaro, aunque es verdad que ella ignoraba que el cisne era en realidad el más poderoso de los dioses.

Zeus –así lo muestran todas las pinturas—se le insinuó a la dulce y desnuda Leda entre los muslos y cuando quiso acordar ya estaba embarazada de mellizos.

Todos estos sainetes dignos de cualquier película de un Hollywood a la Cecil B. de Mille se acabaron.

Orden para el almirante Ulises. Que salga en busca del terrible Zeus y que lo traiga entre nosotros. Las maldades serán menores. Y por fin Jesús podrá salir del escondrijo donde esté para asistirnos y ponerse al frente de un gobierno del mundo compuesto por algunos de los caballeros del Olimpo.

Y que Jesús vuelva a echar a los mercaderes el templo. A los banqueros, constructores de ruinas y advenedizos capaces de las peores cosas con tal de ganar poder.

Y que corra a correazos a los falsos dioses del Olimpo, cuya crueldad hizo que Ulises vagase por los mares veinte años, sencillamente por haberse olvidado de agradecerles su ayuda en la feroz conquista de Troya, de donde los vencedores, entre ellos el propio Ulises, se marcharon cargando enormes riquezas de todo tipo.

Cuando decidió regresar a Ítaca, el pobre se encontró con todo tipo de acechanzas. Los mares se volvían revoltosos al paso de sus naves y cuando creía que iba hacia el norte estaba bogando hacia el sur.

La leyenda nos dice que cuando regreso a Ítaca, lo primero que hizo, sin saber que Jesús iba a venir, es sacar a latigazos de su casa a todos los pretendientes, que además de apoderarse de su mujer bien amada querían dejarle las cuentas de Wall Street a cero.

Cuentan las crónicas, apócrifas como las de nuestro tiempo probablemente, que en su accidentado viaje de vuelta a casa, Ulises llevaba en su buque una reserva de vientos que Eolo, el que dominaba la meteorología mundial, para que se sirviera de ellos para facilitar su viaje. Lo malo es que un marinero borracho abrió el paquete y se escaparon todos los vientos del mundo: desde los tifones hasta las brisas mediterráneas.

No me digan que soy un advenedizo de los acontecimientos, pero me da a mí que lo que ha ocurrido últimamente en los mares y que tanto daño ha hecho es cosa de la bolsa de los vientos de Eolo. Que se han abierto, otro borracho a bordo, y han destruido todo lo destruible, como estuvo a punto de pasarle a Ulises.

Cuánto te necesitaríamos Ulises en este desgraciado 2017, con naves que naufragan en cada puerto, ilusiones que se hunden en lo más profundo de los mil mares. Deberías de volver a destruir Troya, la nuestra, la de los adinerados y poderosos gobernantes que mandan y destruyen, y luego exilar en tus islas secretas del Jónico a todos esos advenedizos que gobiernan el mundo del siglo XXI, dando órdenes a las brujas de las cuevas subterráneas para que nunca les dejen salir y les hagan sufrir lo que tanto padecieron quienes ellos mandaron.

Los Trump, el dictador loco de Corea del Norte, y tantos, tantísimos otros, entrégalos a Polifemo, para que se los coma, los haga desaparecer para siempre. Y que a su vez sepan lo que puede ser el infierno que ellos nos hacen sufrir.

Autor entrada: onmagazzine