Brigitte Bardot, Bardot…

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Sacha Distel, guapo de los años sesenta del siglo XX, el otro, el que se fue para dar paso a su primo, el siglo XXI, estúpido y conflictivo de puro arranque de ginebra mal digerida, cantaba a todas sus novias, que eran muchas, entre ellas Brigitte Bardot y todas las muchachas en edad de merecer que se acercaban a un tocadiscos. A BB le cantaba: “Eres el sol de mi vida, tú eres el sol de mis días”. Y BB le contestaba: “Tú eres el sol del amor”. Ella, la mejor, la más guapa sin serlo, la conquistadora del mundo entero con unos labios de muerte pecadora, de piernas cortas pero agradables, pechos al viento y una falda en corola que paseaban todas las muchachas de aquellos años.

Un día, BB conoció a un guapo play boy alemán — ¿saben ustedes lo que era un play boy?…Un guapo sinrazón de serlo, si posible millonario, que cruzaba el mundo a bordo de una goleta no uno de esos yates de plástico que tanto se llevan ahora. Se fueron a Búzios, un pueblo perdido a pocos kilómetros de Río de Janeiro. Muchos años después le seguí la pista hasta ese pueblo que tiene la playa probablemente más bella del mundo, mucho más que las del nordeste brasileño.

No encontré a BB pero sí una sala de cine, pequeñita y rodeada de orquídeas salvajes que llevaba su nombre. La gente del pueblo la recordaba por sus suspiros, sus sonrisas, su amor, que distribuía gratuitamente entre los mocetones que le hacían ojitos cada vez que aparecía con el alemán, su último amante del momento.

Y Sacha se consolaba como podía. “Me cae la lluvia, toda la lluvia me cae encima. Pero no me muevo, porque sé que después de la lluvia llega el buen tiempo”.

Los coros le seguían, seguían a Sacha con una encantadora sonrisa que agudizaba cuando se olvidaba de ser un don juan y se trocaba en guitarrista, como su tío, un fenómeno del jazz.

Ya sé, ustedes, los que hoy tienen 30 años, no sabían de esas cosas, de esos grandes cantantes, como aquel Frank Sinatra que cantó como los pájaros del paraíso hasta un rato antes de morirse, cansado con años suficientes para buscar un retiro en algún lugar que nadie ha descubierto. Ustedes saben de auto-cantantes, porque solo ellos creen que saben cantar, que saben meterse con una orquesta de 40 músicos, todos profesores del Conservatorio, que saben modular el saxo, hacer gritar de placer a la trompeta y meterse en las entrañas de los tambores lejanos que ni Gary Cooper sería ya capaz de dominar. ¿Pero conocían ustedes al Gary Cooper éste?

“Si pudiéramos parar el tiempo…”, decía de nuevo Sacha, con esa sonrisa que ni los fracasos le quitaban. Era un enamorado del amor, del suyo y del de las otras muchachas que jugaban con él en la nieve de Avoriaz, en las playas de Saint Tropez. Sacha era el delegado del amor en París y sus aledaños.

“Te llamo para decirte que te amo”. ¿Quien llama hoy a nadie para decirle que le ama?.

Sacha Distel se fue y con él el mundo que nos invitaba a bailar con esas músicas azules que corrían por una pista sin despilfarros de mal gusto. Todo era bello. Todos éramos limpios, teníamos corbata o pajarita, un traje de piel de tiburón o de alpaca y ellas se movían al ritmo de sedas a las que no hubiese hecho asquitos ni Al Pacino cuando tomaba por la cintura a la ninfa morena en aquella película del ciego que veía por los ojos de su amor amargado, en “Perfume de mujer”.

Pero ahora no tengo más remedio que acordarme de otro romántico, un español, Django. Nos conocimos en Barcelona cuando allí no había tanto odio y si un Festival de la Canción mediterránea que era una bendición.

Django ha cantado probablemente como casi nadie, con esa voz suya cascada por algo que podría ser la emoción de amar, de ser amado o, por el contrario, por el desamor. Todavía le recuerdo cuando nos presentó a su esposa, una muchacha preciosa que parecía salida de uno de sus discos.

Estamos en el 2017 y todo se acabó. Se acabó el romanticismo, que ahora se ha trastocado en una estúpida y bestial sensualidad de que nada tiene de romántica. Es el embrutecimiento del amor, de todo lo vivido.

Y aunque Moncho se asome al micrófono con sus mejores boleros no hay nada qué hacer. Ya no hay boleros en este continente europeo que danza sobre el volcán de John Huston con la Jacqueline Bisset de tantos sueños.

Han llegado ustedes tardes, camaradas. El mundo bonito se ha acabado ya. Ahora.

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