Poder, abuso e hipocresía

Jon Apaolaza | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Será cosa de la naturaleza humana, pero el poder es la antesala del abuso. Abusos de todo tipo, que van desde la escuela primaria a las corporaciones más importantes del mundo… y a Hollywood. La gran meca del cine como negocio siempre se ha movido por modas. Las tendencias generan rápidas metástasis, y con las denuncias por acosos sexuales está pasando precisamente eso. Se ha abierto la veda y la lista de “abusadores” se amplia a diario. Nadie sabe si algún juez les condenará luego, pero de momento han sido expulsados del paraíso. Sus carreras se fueron irremediablemente, de la noche a la mañana, al carajo.

La denuncia pública me da miedo, porque provoca una inmediata indefensión. Salvando todas las distancias, me recuerda a las cruzadas anticomunistas de McCarthy, o cuando durante y tras la Guerra Civil española el odio vecinal llevaba a “paseos” de madrugada.

Hay casos y casos. Todo empezó por Harvey Weinstein, cuya acumulación de testimonios parece dificilmente refutable. No siento la menor simpatía por el personaje, aunque incluso en su caso habría que reclamar denuncias judiciales, no en las redes sociales.

Sin embargo, me duelen bastante más los casos de Kevin Spacey o John Lasseter, especialmente el segundo. Hablamos todos por referencias leidas, pero ni las alegaciones suenan tan graves ni parece que vayan a llegar a los tribunales. Sin embargo, la reacción de prominentes miembros de la industria ha sido fulminante, tan rápida como antes retiraron su mirada ante esos mismos hechos o similares. ¿Qué hay que lapidar a alguien? Yo el primero, por si acaso alguien me acusa de complicidad con el reo…

¿Y si al final Kevin Spacey no es condenado por ningún tribunal? ¿Y si lo de John Lasseter sólo fueron abrazos de efusividad infantil? Desde la fe en un estado de Derecho donde todos tenemos la oportunidad de defendernos y quienes nos acusan la obligación de presentar pruebas más allá de un testimonio, me duele toda esta caza de brujas y el más que probable final profesional de personas cuyo talento nos ha hecho felices a todos. No se están dando opciones de refutar, la condena pública fulmina sus carreras alegremente y se les borra como si nunca hubieran existido, como hacía aquel precursor del photoshop llamado Stalin. Y es que el show debe continuar…

Ha habido demasiado silencio, en Hollywood, en las empresas y los colegios. Es bueno que se hable, se reclame y se denuncie, pero no 15 años después, sino en el juzgado de guardia más próximo y ya. Quienes se taparon los ojos durante años ahora han recuperado milagrosamente la vista. Loado sea el Señor, y ojalá alguna vez les cure de la enfermedad aguda de hipocresía que les corroe.

Autor entrada: onmagazzine