Los cubanos se aprestan a despedir, a su manera, otro año “jodido”

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Llovía fuerte en La Habana cuando transcurría el segundo sábado de diciembre, haciendo un poco más gris el ambiente citadino escaso de adornos navideños, al punto de sorprender a más de un viajero, de esos habituados a las muchas luces y guirnaldas cada fin de año. La lluvia fue presagio de un nuevo frente frío, era el anuncio de otro soplo de aire llegado del norte para suavizar el calor sofocante que ha acompañado al país, cuando los de aquí también se preparan, a su manera, para decirle adiós a otro año muy duro.

Sequía que quemó cosechas primero y obligó a bañarse con cubos a miles de personas; el huracán Irma que después zarandeó al 70 por ciento del territorio nacional, dejando pérdidas de tal magnitud que las autoridades nunca dieron –quizá por temor a amplificar la tragedia- un balance total de estragos; y una nueva administración en Washington que ha vaciado de esperanzas a quienes soñaron con tregua después de medio siglo de confrontación.

Un panorama este que llevado a ejemplos implica falta aguda de dinero fuerte para pagar hasta requerimientos básicos como la importación de las materias primas que demanda la producción nacional de medicamentos o una baja palpable en la llegada de turistas, cuando ese sector equivale a una de las principales fuentes de ingresos en divisas.

La Asamblea Nacional sesionará el 21 de diciembre y hará un conteo de lo ocurrido en este tiempo sin que se puedan esperar vítores, pese a que muchos suponían que a esta altura de los cambios económicos emprendidos por Raúl Castro poco después de asumir el mando de la nación a mediados de 2006, el día a día debía ser menos complicado.

Aun así nada indica que se piense posponer el relevo generacional previsto en el liderazgo del país a partir de febrero próximo, mes en el que el más joven de los Castros, 86 años, entregaría la presidencia del Estado y del gobierno, y arrancaría la despedida gradual de la llamada “generación histórica” que acompañó primero a Fidel y después a Raúl en la conducción de la nación durante casi 60 años.

Las condiciones vigentes son de austeridad, una constante desde hace décadas. No obstante, el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano se puso en marcha en punto, con profusión de imágenes, ilusiones y creadores llegados de medio mundo, como si su fundador Alfredo Guevara siguiera en vida, y cada quien, al margen de los cines repletos o las penurias que sobran, se ha dado a la tarea de despedir este año de la mejor manera.

Si no alcanza el dinero para lograr todo lo que se quisiera –léase el ron, la cerveza, el cerdo asado, la yuca con mojo, los frijolitos negros dormidos, y el arroz blanco desgranado- para la cena navideña, es prácticamente imposible que se pueda encontrar algún isleño que pase por alto reunirse en familia el 31 de diciembre con lo que tenga a mano y brindar a las 12 de la noche, convencido de que “el año que viene será mejor”.

Hay pequeñas cantidades de turrones de jijona y alicante importados de España –a fin de mantener la tradición- en las tiendas que comercializan en moneda fuerte. Nadie sabe todavía si habrá uvas, las que suelen ser compradas en Estados Unidos, y la gente saca sus cuentas, que por lo general no dan, porque este país es uno de los más caros del planeta.

Los hoteles tienen erguidos sus árboles navideños para complacer a los clientes, aunque a falta de adornos la ciudad parece no enterada de que estamos en la recta final de 2017. Sin embargo, los cubanos, gente bullanguera y noble, parecen dispuestos a despedir con risa tanta suma de desgracias.

“Que va, mi hermano, yo me he jodido mucho este año, por eso ahora que ni me hablen de más problemas, el 31 sonamos un rumbón en casa y a templar por los portales”, me dijo sin recato alguno el mulato Rodrigo Marrero, 65 años, como suele hablarse en la calle Jovellar, en la populosa y modesta Centro Habana.