Cuando Estados Unidos tenía hambre

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Desde la grandeza de la miseria que describía Horace McCoy en sus libros, sobre todo en el inolvidable “¿Acaso no matan a los caballos?” (también titulado “Danzad, danzad, malditos”), éxito cinematográfico con Jane Fonda, a la elegancia de un mundo refinado y pudiente de Paul Auster hay varios siglos, varias formas de vivir y de morir.Cuando no se es un genio y nadie ha pretendido que lo fuera, deberíamos considerar que los genios oficiales tienen derecho a sus genialidades, que nos toca respetar, aceptar, venerar y hasta vitorear por el mero hecho de que una serie de señores han escrito ditirambos sobre él.

Pero llevo un tiempo que no acepto esos catecismos. La edad me permite decir que he asistido en cincuenta años de escritura (como periodista y escribidor) a tantos engaños, he visto nacer tantos falsos escritores geniales, he rabiado cuando algunos corifeos les bailaban el baile de los siete velos, que ya no creo en la genialidad.

Y lo peor es que ahora, después de haber aceptado durante años, por timidez, por considerar que si los grandes críticos lo decían sería porque tenían razón, porque tú no eres más que un cuentista que nunca llegarás a la altura de ese señor, ahora quiero decirlo.

Esta vez es peor. El autor Paul Auster, el más cinematográfico de los autores norteamericanos, firmante de algunos libros que personalmente me han llegado al alma, que es adonde tiene que llegar la lectura convincente, pero esta vez, no. El mismo autor pretende en la contraportada de su último libro “4 3 2 1” 1k200 gramos de peso y 23,90 euros de precio): “Siento que he estado preparándome toda la vida para escribir este libro”. Y el redactor de turno agrega: “Acogida por los medios como “la mejor novela de Auster” (Harper’s Magazine), estamos ante un ejercicio soberbio de precisión narrativa…”

Piedad. No es genio quien cree serlo. La genialidad es un don de los ángeles o de los demonios pero no una voluntad de querer ser.

Todo el mundo recuerda, hasta los analfabetos, el comienzo de El Quijote: En un lugar de la Mancha…

No creo que nadie se acuerde por mucho tiempo el comienzo de “la precisión narrativa” de que habla Harper’s Magazine: “Según la leyenda familiar, el abuelo de Ferguson salio a pie de Minsk, su ciudad natal con cien rublos…”

Lejos, muy lejos, a las antípodas de este Paul Auster, se sitúa el modesto escritor Horace McCoy, fallecido en 1955. Sin ninguna exquisitez universitaria que exhibir en su currículo, fue periodista callejero, reportero de deportes y de lo que cayera. Además de haber sido un héroe de la I Guerra Mundial (1914-1918) trabajó para vivir de su pluma, a veces de guionista en Hollywood y cuando caía el chollo de actor.

Leer a Horace McCoy es adentrarse en la miseria vista por los Estados Unidos, de la que otro testimonio aterrador es “Las uvas de la ira”, basada en el libro de John Steinbeck sobre el choque económico que sufrió el país a consecuencia del crac bancario de 1928.

El que hoy es el país más poderoso del mundo tocó fondo en aquellos negros años treinta y la miseria, como siempre, afectó a los menos preparados, a los más pobres, a los indefensos de siempre, a los que no habían previsto robar para resistir. Y aunque la crisis comenzó con banqueros que se arrojaban por las ventanas de sus despachos cuyas paredes estaban recubiertas de maderas preciosas, la cuenta la pagaron, como siempre, los más débiles.

Poco antes de esos años terribles, en París, lejos de los campos arrasados por la miseria y de las fábricas paradas en todos los Estados Unidos, se acuñaba el terrible apelativo de loser, perdedor. Pero aquello, con Hemingway y otros escritores nacientes por medio, era cosa de señoritos. Una manera romántica de llamar a los que no conseguían alzarse al podio de la fama.

Pero en lo más profundo de los Estados Unidos, donde millones de hombres, mujeres y niños se rebullían en la miseria que no hacía más que comenzar, ya faltaba de todo. Y no se hablaba de perdedor acercando los morritos a una taza de té del mejor de Ceilán y a unos pastelillos como se hacía a orillas del Sena, en aquel lejano París que entonces rimaba con paraíso.

McCoy, reportero sin más futuro que el que pudiese depararle el azar, la chance esa que nunca se sabe dónde para, porque nadie la conoce ni nadie sabe nada de ella, sino solo cuando te toca con su varita mágica. A Mccoy aquella crisis espantosa, aquel cabalgar de todos los caballos hambrientos del Apocalipsis que entonces nadie conocía le cogió haciendo reportajes para un diario deportivo. El hambre le llevó a Hollywood, en busca de algo que hacer en el cine, donde mucho más tarde encajó como actor primero, pero sin finalidad ni futuro, y luego como guionista.

Pero allí, en el Hollywood que ya entonces alimentaba los sueños de los norteamericanos, los mismos que ahora buscaban un pedazo de pan, una taza de café, quiso agarrarse al carro de la fama del cine y conoció a gente, desesperada como él, que buscaba también una posibilidad.

La primera pareja que probablemente conoció pudo ser la que describe en su libro “¿Acaso no matan a los caballos?” fue la que formaban el protagonista del libro y una muchacha sin grandes atractivos, Gloria que, como él, quiere encontrar un hueco en la industria del cine.

Matan el hambre en un parque y entonces Gloria, que será el ángel malo de la historia, lanza la idea: “Una amiga mía quería convencerme de que participara en un concurso de resistencia de baile… Un puñado de directores asisten a estos concursos. Siempre puede ocurrir que reparen en una y le den un papel en una película… ¿Qué dices a esto?”

Él está convencido de antemano. Tendrán que bailar o hacer como que bailan en una pista durante muchas, muchísimas horas sin parar. Pero en los descansos les aseguran comida y cama. ¿Quién no iba a estar tentado por semejante proposición? Los dos sienten el hambre que todavía no quiere dar la cara.

“El concurso de resistencia de baile se celebraba en un enorme edificio que había en el muelle de atracciones, en la playa, y que anteriormente había sido una sala de baile abierta al público”.

Hora tras hora, bailando primero y luego arrastrándose, sin ya sentir las piernas, con enfermeras que les ayudan a no parar, que les echan baldes de agua helada para despertarlos, porque duermen de pie, consiguen aguantar 879 horas moviéndose, arrastrándose, babeando por la pista, con el premio de mil dólares en la mente que nunca ganarán. Y cuando la espantosa zarabanda termina con un asesinato y tienen que marcharse han ganado con tanto sufrimiento apenas 50 dólares cada uno. Gloria está desesperada, lleva mucho tiempo al borde del abismo, sabiendo que la vida, aquella vida por lo menos no vale la pena.

Habla Gloria: “Una vez probé de matarme y no lo conseguí, y nunca tendré el valor suficiente para volver a intentarlo… ¿Quieres hacer un favor del mundo…?”

Finalmente, ella saca una pequeña pistola que lleva en su bolso.

“-Aquí la tienes, dijo ofreciéndomela.

-No la quiero. Guárdala. Ven. Vamos dentro. Tengo frío.

-Tómala y haz lo que te pido en nombre de Dios…

Al final, el muchacho no aguanta, empuña el arma y le pega un tiro en la cabeza.

-¿Por qué la has matado?- me preguntó el policía que iba sentado a mi lado.

-Ella me lo pidió.

-¿Has oído eso, Ben?

– Es un muchacho muy servicial – dijo Ben por encima del hombro.

-¿Es eso lo único que puedes alegar?

-¿Acaso no matan a los caballos?”

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