De banquero fallido a arquitecto de lo exquisito

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Antonio López tiene 62 años y unas ganas enormes de comerse el mundo. Ya hace un rato que empezó a masticarlo desde la cocina del restaurante que con su esposa, cocinera eximia, y su hijo, agradable contertulio en los comedores que tiene su altar en un patio transformado, pero hay huéspedes hasta bajo los tejados, donde en tiempos de secaba el grano. Porque el Restaurante La Salina o el Mesón la Salina, más rudo, más auténtico, se alza en una colina de Fuengirola a la que subir en busca de una buena comida abre el apetito. Se recomienda bicicleta, moto o automóvil. Pero vale la pena.

En la puerta, Antonio te saluda como si hubieseis pasado la vida juntos contando castañas o probando cebollas en medio del campo. Aunque él dice que es de Ronda, no sé si tiene nuestro hombre mucha afición al campo y si en realidad ha hundido alguna vez los dedos en el surco.

En Ronda, sus padres querían que fuese banquero, por lo menos apoderado de un banco, que es donde están los cuartos. Y con las ganancias que ahora tienen estos establecimientos tan necesarios como las iglesias para los creyentes, al niño ya le veían de corbata y manejando todo el día las fortunas de la gente del lugar. Porque Ronda es un lugar donde la tierra es generosa y los banqueros siempre están al acecho, quiero decir dispuestos a ayudar.

Dice desde lo alto, un poco más abajo de donde se estrujan dos ojillos que deben de esconder muy requetebién las mentiras o las medias verdades, que le enseñaron lo que no tenía que hacer.

Y hace aquello para lo que él cree que tiene talento, la cocina, con la intercesión de las manos y el talento de su esposa, una cocinera que, al parecer, pero ya saben cómo es el ego masculino, trabaja en comunión con Antonio, auténtico arquitecto de la cocina, que lo mismo remienda un queso que le han traído hace ocho días, lo afina, y lo pone a tiro de cualquier aficionado aunque no sea un gourmet tres estrellas, que te remienda un plato a priori descabellado.

El restaurante tiene una carta agradable y sin chistes de nouvelle cuisine y con la carta de vinos pasa tres cuartos de lo mismo. Sobriedad y calidad. Nada de payasadas con aparatos de acetileno y extraños mejunjes salidos de un manual de química.

Aún cuando esté comiendo unas chuletillas de cordero (más que exquisitas fueron las que nos sirvió), Antonio le dará siempre la impresión de que le está ofreciendo manjares que usted nunca probó y que nunca hubiese probado de no haber aparecido por este local con alma del cortijo o de convento que fue en tiempos del diluvio universal.

No soy crítico gastronómico, lo mío es ver y contar. Y cuento cómo llegas a comer y ni abres la carta. El cuentista de Hamelin que ni lleva la flauta de reglamento te ofrece manjares, cosas, sin ton ni son, ni carta, sin orden ni concierto. Y sin pretenderlo te encuentras degustando eso que no sabes lo que es, pero ya Antonio te dirá como Sherazade le contaba cuentos al sultán para que no la degollara.

Hagan lo que quieran. Pero les aconsejo que vayan y se pongan en manos de este hombre que se olvidó ser banquero y que tampoco presume ni de cocinero ni de ordenador de cocina. Es simplemente un arquitecto del buen gusto.

Autor entrada: onmagazzine