Cher Hércule Poirot

 

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Tormentosas falsas frígidas las ladys que pueblan la obra fuerte e inimitable de Agatha Christie, la dama inglesa del misterio, casi contemporánea de Jack el destripador. Todas frente al talento de un boy particular de esas damas, el detective que todo lo sabe y todo lo adivina, el belga Hércule Poirot, ridículo en sus facciones, en su cuerpo y en sus pantalones a la Charlot, dominados por un bigotillo predaliniano. Hablo del británico David Suchet, que lo encarna de la forma más sabrosa desde siempre.

Poirot, belga de nacimiento, que emascula sus conversaciones con las damas que siempre son culpables y los elegantes del momento siempre amantes por compasión con cuatro palabritas en francés que rubrican su procedencia y su natividad.

Poirot es el payaso de esas damas, el que con una sonrisa de esfinge recién desenterrada las confiesa a todas, a las criminales, siempre hay una, a las adúlteras, casi todas, y a las que pensarían hacerlo pero no se atreven porque el protocolo es lo que es.

Poirot es en la obra de Agatha Christie el boy indispensable para resolver los misterios que se esconden en la niebla noble de los salones plagados de encaje antiguo e ideas muy modernas. El indispensable ejecutor perverso. Porque los amos, los ingleses, necesitan que se les castigue al final, cuando ya se han hartado de pecar.

Frigidas en apariencia, siempre alocadas, temperamentales para el amor como para el crimen y siempre seductoras, todas esas damas y damiselas que le rodean dejaron de serlo a manos de lords o gañanes, que las ocasiones las pintan calvas, en el silencio polvoriento de una mansión lejos de Londres o en la estrecha cabina de un barco que corre por el Nilo y hasta en la tienda de campaña montada al lado de los huesos del último sirviente del penúltimo faraón de Egipto. Mientras, Poirot permanece con la bragueta inexpugnable capaz de resistir a una Lady Chaterlay en celo.

Encaje antiguo de bragas holgadas y pacientes por las que ya se colaba el pecado del amor, el más viejo del mundo, en los panfletos demoledores de Emile Zola sobre una cierta sociedad parisiense.

Encajes antiguos y ambiciones de siempre en la mente enfermiza de Agatha Christie, que encuentra en Poirot el indispensable boy que todo inglés o inglesa bien nacidos tenía que tener a su lado, para cargarlo con todas las ridiculeces del mundo a cambio de concederle un cerebro, enorme, casi deformado, para resolver la vida criminal de aquellos hijos del Imperio Británico, que no eran ajenos al sempiterno pecado de la carne.

Eran tiempos de guerra, guerras coloniales como las amaban los británicos que siempre lucían unos cinematográficos uniformes color de sangre, como la que no vacilaban en derramar sus soldados, sangre ajena, claro, si posible de indígena, por la Reina. Y se inflaban de ginebra a la que tampoco hacían asquitos, afirma la leyenda, en Bunckingham Palace en Londres.

Poirot es el perfecto boy inteligente, ma non troppo, seductor, seductor, diabólico en el fraseo de David Suchet, encargado de limpiar la cubierta de todos los barcos que sus amos, los remilgados británicos del Imperio, no olviden nunca el Imperio, ensucian con la sangre de otros y las cenizas de cigarrillos egipcios o puros quien sabe si cubanos.

Tiempos de pasear por Oriente Medio, donde un día los british sellarán el triunfo de los judíos dándoles una nación donde estaban, están, las tierras de los indígenas palestinos, que siglos después, seguirán siendo los parias que apenas servían para cargar piedras en las excavaciones, para fregar y algunas veces, pero pocas, para servir un martiny dry. Los hijos y las hijas del Imperio sin Dios preferían para menesteres tan exquisitos a los indios que habían aplastado, masacrado en tiempos de grandeza.

Hay que reconocerle a Agatha Christie, amén de su talento para encorsetar intrigas minuciosas, con encaje de bolillo, el haber asentado en el público europeo y americano la imagen del árabe sometido, porque no servía para otra cosa, frente a los poderosos amos ingleses, que ni siquiera tienen una Scarlet O’Hara para hacernos sonreír.

En medio de esa jauría, Hércule Poirot es el extranjero siempre detestable pero necesario, el belga, más o menos nada al cambio de la época en que transcurren esas historias, que limpia, hay que repetirlo para no olvidarlo, las porquerías de los impecables amos ingleses, ellos capaces de cometer las más horribles fechorías sin que les tiemble la pajarita y aellas de asistirlos, arrastrar los cadáveres sin que tengan que alisarse las medias una vez terminada tan penosa obligación.

Poirot es el gordito ridículo pero indispensable que además hace reír a esas damas con sus bigotes engominados. Era un juego macabro de poder. El Imperio, que argumenta con armas y diplomáticos sin escrúpulos, contra la sencilla inteligencia de los otros europeos, los del continente, como notre ami Hércule Poirot.

Autor entrada: onmagazzine