Cuba: rollo o lectura

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Los cubanos han dado una lección al mundo al demostrar que es necesario, imprescindible, para la salvación de nuestra sociedad que siga habiendo periódicos de papel, y no solamente los llamados digitales, que solo son vistos en las pantallas de los ordenadores. El diario Juventud Rebelde refiere que actualmente en Cuba hay una crisis del papel utilizado en los retretes, es lo que el articulista llama socarronamente “el rollo de los rollos”. Porque se trata de que la producción de este indispensable producto (“se ha suscitado preocupación por la desaparición del papel sanitario de las tiendas de La Habana”) siga al natural consumo de papel higiénico, que se ha acrecentado con la avalancha de turistas que conoce desde hace un tiempo Cuba.

Hay una sola empresa encargada de abastecer a la población y a sus visitantes y su director ha explicado a Juventud Rebelde que están empleando una tecnología moderna, con asesoramiento de técnicos italianos, para que nadie que vaya al baño se encuentre sin rollo.

La consigna podría ser rollos para cada cual según sus necesidades. Una apuesta totalmente revolucionaria que implica cientos de miles de rollos. Ya sé que parece una bobería, una broma escatológica pero nosotros también, en el opulento primer mundo hemos conocido el drama de no encontrar un rollo a mano en el preciso momento en que se hacía imprescindible.

La relación del rollo con su utilizador puede adquirir matices de una intimidad que nadie puede medir cuando los dichosos rollos circulan con abundancia y sin reparo. Según Juventud Rebelde, para el año próximo, Cuba necesitará 96 millones de rollos de papel sanitario. Casi nada. Una auténtica hazaña, fácil de lograr si los italianos consiguen que la nueva maquinaria no de más disgustos y que todos los cubanos y sus turistas puedan ser iguales ante la defecación.

En el mismísimo París, la capital del lujo, la capital del champán, la capital de todos los placeres mundanos y extrasensoriales hubo un tiempo en que una parte de su población apenas conocíamos de oídas la existencia de esos rollos maravillosos, primorosos, suaves y en ciertos momentos el no va más de la voluptuosidad. Ocurría a finales de los años cincuenta, 1957 para ser más exactos, y duró un cierto tiempo.

El que suscribe vivía en un apartamentito, estudio se llamaba, en el 21 de la rue Rodier, en el distrito noveno de París. No teníamos cuarto de baño, por supuesto, pero podíamos arreglarnos yendo a los baños árabes, hammans, que se encontraban casi a un tiro de piedra.

La rue Rodier se ha revalorizado con el paso de los años y hoy los pisos vuelan sobre precios astronómicos. Pero en aquellos tiempos, mi pisito y yo no teníamos retrete que nos amparase una necesidad. En los 50-60 del siglo XX, los váteres estaban situados en el descansillo, antes de entrar en casa y lo compartíamos con dos inquilinos más creo recordar.

Y no se asusten porque Europa tardó mucho en estar a la altura de las exigencias sanitarias mundiales.El caso es que nosotros teníamos el retrete a la puerta de casa, a condición de que el vecino no lo necesitase en el mismo momento. Pero lo peor era el rollo. Sí, el rollo de papel blanco o rosa pero infinitamente agradable para terminar una sesión sentado. Y recurríamos a los periódicos, como en muchos lugares de la Europa Occidental, porque no les puedo decir qué ocurría al otro lado del muro del comunismo, es decir, en el Este.

El papel de periódico, debidamente cortado y hasta empaquetado constituía el complemento indispensable para realizar confortablemente lo que genéricamente se llama las necesidades del intestino. ¡Cuántos periódicos habremos leído en ese ensimismamiento, cuando se espera con angustia con los calzones bajos! Podría decirse, aunque no nos diéramos cuenta entonces, que defecar se convertía también en un acto de lectura. Eso sí, había que tener cuidado al cortar el papel de periódico. Otros dejaban los diarios enteros para que la lectura fuese más agradable.

¡Cuánto aprendimos, cómo nos informamos en aquellas a veces tediosas esperas!

Es tan cierto, que algunos fabricantes de los modernos rollos, que no permiten en principio ninguna lectura, han tenido la idea de fabricar modelos con mensajitos y otras pijadas. Pero lo realmente útil y hasta agradable sería que las hojas blancas viniesen con las principales informaciones del día e incluso algún comentario para meditar.

Me parece muy justo que los cubanos se quejen de la falta de rollos. Pero mediten ustedes y ya me dirán si aquellos periódicos convertidos, recortados, para las necesidades de defecar no tenían su encanto. Sobre todo cuando te caía un trozo de comentario que no acababa y te ponías a buscar afanosamente entre el papel restante la continuación del cuento…

¡Qué cultura aquella!

Autor entrada: onmagazzine