Chelo Alonso: Mi Ernesto Hemingway antes y ahora

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Cubana despampanante de las que por aquel entonces no se estilaban mucho, a Chelo Alonso la conocí por aquellas fechas en un pisito muy mono que tenía en ha rue Balzac, una calle que desemboca en los Campos Elíseos de Paris. Era el tiempo de las mujeres de bandera en la cartelera del teatro Folies Bergère de Paris y ella acababa de corear un rutilante triunfo que la llevó a la primera plana de la prensa nacional. No se olviden que aquellos años 60 eran los del glamour en un París permisivo donde, pese a que un policía con metralleta podía pedirte la documentación en cualquier momento por un sí o por un no (la guerra de Argelia por ejemplo), las mujeres no trataban más que de ser mujeres y los hombres puros hombres.

Con un cuerpo de película, que por cierto hubiese enamorado a Fellini, adorador de las bellezas exóticas como la de Anita Ekberg, Chelo Alonso era, además, inteligente. Las piernas larguísimas y orgullosas las tenía para bailar, su boca carnosa que daba paso a unos ojos de ensueño estaban para enamoran. Pero pensaba y solita.

Nos conocimos, nos hicimos amigos y un día me contó lo que yo contaría en un bonito reportaje muy azucarado como mandaba la época.

Aunque me enseñó multitud de fotos y su hermano Tony me juraba que todo aquello era verdad, todavía hoy no se si su idilio con un sultán, de ]ahore o algo así, era un mero montaje publicitario de los que tanto se llevaban en la época o una historia autentica de Cenicienta canibeña.

Me decía la muchacha que durante una nepresentación en Singapur se había presentado en su camerino un admirador que la saludó con la sencillez que sólo da el tener mucho y dinero y en forma del ramo de flores mas estrambótico de la ciudad y unas cortas palabras: “Soy el Príncipe Abdel Ramán”. La cosa, como ya se imaginarán, no tardó en convertirse en un idilio que yo pienso debió ser volcánico, aunque imagino que no había volcanes en aquel sultanato del fin del mundo. Pero, me contaba Chelo con aquellos labios de coral que me traían loco, el Parlamento donde mandaba su amante se reunió y en menos de lo que se tarda en cortarle la cabeza a un infiel dijo que no. Y después de muchos dimes y diretes, juramentos y un sinfín de suspiros, a los dos tortolitos no les quedó más remedio que separarse. Porque, fíjense qué malvados eran aquellos políticos locales: querían que la cubana renunciarse al baile que Dios le había dado como don.

El caso es que los parlamentarios estaban un poco escamados ya que parece ser que en tiempos casi inmemoriales el abuelo del enamorado sultán había estado a punto de contraer matrimonio con Dorothy Lamour. Pero, según me contaron, la actriz norteamericana prefirió finalmente los estudios de Hollywood al harem. En cuanto a Chelo, se puso en jarras y dijo que el baile era el verdadero amor de su vida y que no pensaba dejarlo por ningún trono, por muchas esmeraldas que le dieran. Y se despidieron en Calcuta, donde todavía no se hablaba de Madre Teresa ni de Santa Lady Di.

Revisando estos artículos me doy cuenta de que cuando se publicó éste alguien metió las tijeras y cortó lo más sabroso.

Yo me había hecho muy amigo de Chelo y un día su hermano Tony, que no era lo que podríamos llamar un macho cabrío, me invitó a una fiesta de la que solían dar en el pisito de la Rue Balzac. Cuando llegué, el salón estaba a media luz y aunque distinguía bultos no ví nada de anormal. Poco a poco, y con ayuda de la artística iluminación que empezó a sacarme de las tinieblas ví con la  natural sorpresa por parte de un tierno infante como yo que aquello era una reunión de travestis del más racio abolengo. En medio del maquillaje y de las sedas que cubrían a unos y a otros podría haberme creído en la película  Priscila la reina del desierto, pero como nadie la había rodado todavía tuve que acelerar mi imaginación. La reunión era de lo más exquisito pero al cabo de un rato, el tono de las conversaciones me hicieron comprender que aquello era más bien una especie de ceremonia en la que unos y otros (¿o quizá debería decir unas y otras?) esperaban que yo sería la víctima propiciatoria o como diablos se diga. Vamos, que me iban a degustar en medio de una orgía de champaña. Como yo era tan tan inocente me senté y traté de entablar una conversación sobre los últimos acontecimientos, que por cierto no recuerdo cuáles eran. Creo recordar, pero la memoria me falla cuando quiero, que algunas manos empezaron a explicarme no sé qué sobre otra manera de concebir el sexo que yo, católico inocente, no imaginaba más que entre una mujer y un hombre. Aquellas locas, y perdón por las verdaderas locas, querían convencerme de lo contrario. Entre la marimorena de rimmel y labios escupiendo violentamente churretones de rojo –que ni siquiera se ponía una prostituta argelina amiga mía a la que habían asesinado un mes antes de un tiro en la cabeza en un bar de la plaza Pigalle—reconocí algunos rostros de supuestos machos que se desempeñaban como embajadores de algunos países latinoamericanos en París. De pronto, recuerdo como en un sueño, apareció una mano que tiró de mí. Era Chelo que se había percatado de que los lobos se relamían con la perspectiva de comerse al rico corderito (no olviden lo buenísimo que yo estaba entonces o si no relean la crónica sobre Brigitte Bardot). Me encontré en su dormitorio donde permanecí toda la noche. Al día siguiente, una  vez pasado el peligro, me dejó que saliera corriendo por la rue Balzac hacia el metro más cercano, en los Campos Elíseos.

Nunca volví a verla. Amigos comunes me contaron en cierta ocasión, hace años, que estaba haciendo una bonita carrera cinematográfica en Roma y que había tenido un hijo. En realidad llegó a rodar en Italia hasta 1966 por lo menos veinte filmes y entre ellos aquella magnífica realización de Sergio Leone Il buono, Il brutto, Il cattivo que dio paso a un nuevo tipo de película del Oeste y no fue en ningún caso como pretenden los maleantes del cine que se creen críticos el western-spaghetti.

Lo que nunca sabría Chelo es que gracias a ella, y quizá también a sus ojos que deslumbraban como las farolas de los Campos Elíseos, un día quise conocer su tierra, Cuba. La muchacha había sido mi Ernesto Hemingway antes de hora. A veces la recuerdo con toda esa infinita nostalgia de que sólo son capaces los brasileños y que tan bonitamente describen como  saudade.

Miren lo extravagantemente bella que sería que consiguió hacer perder los papeles hasta al autor del sesudo Dictionnaire du Cinéma (París), que tiene unos juicios tan jocosos como los discursos del General de Gaulle, lo que entenderían sin rechistar si hubiesen conocido al que fuera el más militarote Presidente de Francia. En ese tan indispensable diccionario, Jean Tulard se suelta el pelo cuando cita la biografía de Chelo Alonso y la describe en pocas líneas pero con mucha fuerza y pasión. Dice que la cubana pasó fugazmente por el mundillo de las películas de corte histórico italianas, “que incendió con su sombría belleza y una sensualidad que deja patitieso”. Ya ven que no he exagerado al hablarles de ella.

 

Autor entrada: onmagazzine