Woody Allen, sastrecillo valiente

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Woody Allen es seguramente un hombre adorable, en todo caso muy fino, cuco, como decía mi papá, y hasta es posible que tenga la suerte de acabar en olor de santidad sin que le metan un proceso a lo Salem por algo referente al amor. A sus más de 80 años, edad respetable pero no respetada, el cineasta ha rodado una película más, “Wonder Wheel”, años ochenta en Nueva York, siempre Nueva York, para contarnos una verdad inmensa que la gente de su edad conocemos: vamos por la vida a la velocidad que podemos metidos en un automóvil que apenas podemos guiar. Alguien lo guía. Destino, puñetero destino.

Es muy importante mentirnos a nosotros mismos para sobrevivir, dicen que ha dicho. Con esta apostilla: Si dices la verdad es duro… Cualquier cosa que te saque de la realidad es buena.

Woody Allen sabe de lo que habla. Aquella muchacha que adoró y que encumbró, Mia Farrow tiene ya 72 años. Qué frágil, qué delicada estaba en la película de Roman Polanski Rosemary’s Baby. Y luego en las de su propio compañerol Woody, Broadway Danny Rose, fuerte, fuerte como un café seco al amanecer de una noche húmeda, como una vida en la que no sabemos poner los puntos y comas. Y luego en la deliciosa Hanna y sus hermanas.

Todo era lindo, maravilloso, hasta que un brujo nos advirtió: Nunca serás feliz si no chillas. ¿Por qué creen ustedes que los niños berrean al nacer? Porque saben que tienen que rebelarse contra la vida que le han escrito, que les ha escrito algún mago maligno. Hasta que caes herido de muerte en la trinchera de una calle por un inmisericorde infarto o cualquier otra broma.

Agrega Woody Allen que cualquier cosa que te saque de la realidad es buena. Y entonces, él, como algunos de nosotros que nunca tendremos fama, dinero, amor y algo más, se iba tranquilamente al cine para que desde la pantalla le contasen historias, es decir, mentiras piadosas. Me pregunto, las mañanas de comienzos de invierno con veinte grados centígrados a la sombra tienen esos efectos secundarios, me pregunto si los palestinos se meterán en el primer cine que encuentren para ahogar las penas de no ser más que los súbditos del gran Estado de Israel. Y de llevar cuarenta años como lacayos de una rastrera política mundial que dirigieron primero los británicos y luego nuestros queridos amigos norteamericanos.

Mi secretaria, que tiene 32 años y la voz esa con la que te susurraba Joan Crawford en una película en blanco y negro que veías en tu cine de barrio para aliviar la angustia que te había atenazado al amanecer. Aquel día tuve que esperar hasta la primera función en aquella isla africana donde nací para meterme en el gallinero del cine Apolo. Estaba yo solo. Y las voces de los actores las tenía solo para mí. Y ellos, como siempre, me decían que no fuera tonto. Que todo el mundo me quería. Que mi papá, por muy coronel que fuera, era un tierno que me adoraba.

Mentiras, querido Woody Allen, mentiras como las que tú también me has contado cuando me hiciste creer que Mia, sí, Mia Farrow, ponía aquellos ojitos en Hanna y sus hermanas solo para mí. Que me mandaba mensajes que nadie más, por muy lleno que pudiese estar el cine, nadie podía entender. Fui un privilegiado en toda mi adolescencia porque tenía un montón de amigos que con solo una entrada de cine me consolaban, me alegraban y me daban fuerzas para regresar a casa, no hacer caso a aquella mocita de amarillo vestida que me consideraba todavía un niño.

Como en una película de Woody Allen, volviste a tropezarte con aquella silueta que te enamoraba desde que tu niñera te contó que quería decir enamorarse. Los dos ya erais mayores. Los dos habíais vivido toda una vida, larga vida, tratando de esconderse siempre de ese puñetero destino trazado y apuntado en sus menores movimientos, como una buena partitura de Mahler. Entonces te dijo que sí, que te quería, que siempre te había admirado, incluso cuando llorabas por las esquinas.

Mi bonita secretaria me pasa una nota: “En los territorios palestinos no hay prácticamente cines”. Adiós esperanza, buenos días tristeza, que hubiese dicho Françoise Sagan cuando conducía como una loca su pequeño descapotable inglés. Condujo y condujo hasta que se le acabó la cuerda que le dio el destino.

En la búsqueda del cero infinito, del edén que ninguno tenemos, del paraíso de la tranquilidad, de la playa de Cojimar que a mí me pareció tan descuidada cuando llegué por la primera vez a La Habana… Ni siquiera estaba mi pescador, otro engañado de la vida, al que le dejaron pescar el pez de sus sueños para ir quitándoselo poco a poco, a dentelladas, mientras remaba como un poseso para volver a la playa. Embustero Hemingway.

En esa búsqueda del olvido, de la pantalla blanca me cayó en las manos un libro de John Le Carré que yo había leído sin leerlo. Porque no me había dado cuenta de que su presuntuoso sastre de Panamá, que quiere apabullar a todos los grandes de ese extraño país es un angustiado como todos nosotros.

Él no conocía a Woody Allen cuando JohnLe Carré lo hizo protagonista de uno de sus mejores libros. Razón de más para no saber cosas sobre el destino. Pero de instinto él sabía que mentir a lo grande era la mejor manera de conducir su carro entre ambiciosos sin cuartel y orondos defraudadores de todo. Él, el pobrecillo sastre, que se encuentra en el centro de una intriga rocambolesca mundial. Y entonces, para sobrevivir, cuenta al agente británico que quería saber más que dios, todo lo que él y los suyos quieren escuchar. Se inventa hasta su pasado, su presente y mil complots que va enrollando en sus confidencias al agente que tanto dinero le ha prometido.

Sabía el sastrecillo, pero no el del cuento infantil, que para sobrevivir había que mentir. Y él inventa e inventa, y no deja de inventar… Como el mismísimo Woody Allen.

Autor entrada: onmagazzine