El último bolero

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal

Aquella música, supe más tarde que se le llamaba bolero, la oí, la escuché por primera vez agarrado con la rabia de la indefensión a los barrotes de un balcón y contemplando el zaguán de la casa de enfrente donde se reflejaba la silueta de una falda amarilla con labios rojos. Yo era un chiquillo. Ella una mocita.El aire de aquella isla africana estaba cargado de humedad que olía a langostas pariendo.El bolero le decía a alguien que se acercara, así, mucho más. Los labios rojos sonrieron y se fueron del brazo de una camisa blanca.

Era el África profunda, como siempre mandada por militares de uno u otro uniforme. El Coronel llevaba uno verde olivo y una sonrisa que le comía la cara.

“Cabaretera… mi amor nació del alma”, seguía otro bolero que se escapaba del despacho del militar que mandaba en vidas y haciendas en nombre de la guerra que él y los suyos acababan de ganar.

Y mientras otro bolero reemplazaba al anterior en el tocadiscos, un camarero ataviado como los del bar de Rick, el de Casablanca, le traía una botella de Johnny Walker etiqueta negra, siempre acorchada, nunca la misma –unos decían que era por superstición

y otros pretendían que por miedo a ser envenenado—y una botella de Perrier, un agua en botella verde que le mandaban especialmente desde Francia. Al lado siempre había un recipiente negro acorchado lleno de cubos de hielo de impecable simetría. El camarero

dejaba caer sin ruido dos trozos de hielo en el fondo de un vaso largo tallado en Murano. Exactamente dos minutos después, cuando el frío empezaba a impregnar las paredes del vaso, el coronel abría la botella y dejaba caer un generoso chorreón de güisqui en el fondo.

Dos minutos más tarde el agua completaba el brebaje. El camarero ya se había retirado. Era el momento en que el Coronel tomaba las decisiones que al día siguiente aplicaría. El güisqui le ayudaba a meditar.

Recuerdos, no más que recuerdos.

El África profunda, nunca lo había sido tanto, vivía y moría en las convulsiones de revoluciones fallidas. Los belgas se resistían a dejar el poder a salvajes que, eso sí, a veces estaban más que diplomados, sobre todo en patriotismo. Patrice Lumumba triunfaba en el Congo. Hasta que en 1961 le tocaron el último bolero en una pista de tierra mojada por la lluvia que nada tenía que ver con la del Salón Rojo de La Habana.

Allí, entre trompetas que musitaban y suelas que se desgastaban en la pista –pensé que como aquellas chanclas de los campesinos sin tierra que un día invadieron pacíficamente Brasilia, la capital de todos los brasileños, para pedir de comer todos los días no a salto de mata.

En el Salón Rojo los cuerpos se restregaban hasta las fronteras de la indecencia consentida que chorreaba entre las parejas que se unían en una especie de comunión que podría durar toda la noche o parte de la vida que seguía corriendo por los alrededores del Hotel Capri, donde las deliciosas jineteras te sonreían con un fingido enamoramiento que dejaba atónitos a los extranjeros.

A ocho mil kilómetros más o menos, el Coronel ya no podía soñar o casi. Su último sueño era una andaluza que le había dado un hijo, un chiquillo que vagaba sin rumbo entre los mil escondrijos de su palacete donde el bolero llegaba hasta los barrotes de los balcones.

Pero aunque el espíritu del bolero no había llegado hasta aquella plaza fuerte española en el fondo de África, las mujeres se sentían atraídas por las leyendas que aquella guerrera suya que de vez en cuando vestía y en cuya pechera lucían los restos de dos discretas quemaduras de bala.

Patrice Lumumba, la esperanza de todo un continente negro, negro como sus habitantes, había caído. Una matanza que describieron más tarde en petit comité y con gestos de asco mientras se enjuagaban la boca con un buche largo de güisqui, los mandos de las fuerzas de Naciones Unidas, los ineficaces cascos azules, que tenían que resignarse y comprender que no habían sido capaces de evitar aquella escabechina que convirtió al mártir en una leyenda.

Luego, antes o después llegaron los mercenarios, hombres blancos desesperados por la miseria de sus vidas europeas que, en su mayoría, quisieron convertirse en soldados para encontrar quizá una ilusión que algún día les había musitado al oído aquellos cantantes hispanos de Lieja susurrando un bolero y, en los momentos más desesperados, el tango del adiós.

Marcharon a África, que no conocían más que en sueños y, como en todas las guerras, hubo hechos extraordinarios de valentía, hazañas quizá, cobardías y gente, mucha gente muerta.

En un miserable cafetucho de Seraing, cuenca minera belga, refugio de miserables que se jugaban la vida a 500 metros por debajo de las aceras por un pobre sueldo, algunos de esos mercenarios, se llamaban voluntarios, y entraban clandestinamente en África, me contaron sus esperanzas de cubrir con la gloria de combates por una buena causa el vacío de vidas que no hubiesen dado ni para un bolero.

La mayoría volvió, derrotada, aniquilada, otros murieron, quizá porque creían que estaban haciendo algo bueno, noble, sensato, por una vez.

Lieja, riente ciudad belga, era feudo de todos los españoles emigrados y en los bares no se hablaba más que español. Allí se refugiaban muchos de esos mercenarios fallidos detrás de una enorme jarra de cerveza helada con sus ojos que tanta miseria habían visto allá abajo, en el África más profunda que ellos habían podido imaginar. La mayoría no había hallado la vida ideal que creían encontrar. Y regresaban a la base, rotos, expulsados por la desesperación.

Mientras dos de ellos, cuyas fotos se esconden todavía en alguna caja de zapatos debajo de mi mesa de trabajo, me susurraban sus fracasos en medio de lagrimones que se deslizaban por las mejillas con el silencio que nada más que da el fracaso total, absoluto y sin vuelta atrás, Moncho y Django se escapaban de una enorme gramola para contar que con ella habían aprendido a conocer un mundo de ilusiones. Les traduje y sonrieron.

Era mi último suspiro en medio de cervezas y lágrimas. El mundo de ilusiones se había acabado para ellos, por mucho que escucharan el bolero.

Autor entrada: onmagazzine