Mujeres de papel

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Época mala esta que me toca vivir. Libros y películas me arrastran por la senda de perdición del matriarcado. Cherchez la femme, que decían los franceses cuando Francia era una sociedad donde la mujer nos hacía felices. Eran mis años sesenta, para qué voy a contarles. La dulce Francia se ha cubierto ahora de marimachos que mandan hasta en el Ejército. Pero de las dulces miradas sólo ha quedado alguna que el otro día rescaté en el Boulevard des Italiens. Y ni siquiera me he enterado de cuánto cuesta.

Porque ya desaparecieron las versiones originales de las Marilyn y otras Shirley MacLaine, pasando o repasando por Rita Haywort y hasta la Bardot de siempre, aquella que se hincaba entre los riñones con voz prestada por Serge Gainsbourg, otro golfo de la belle époque de los sesenta. Fueron tantas que me quitan el poco sentido que me quedaba. Ahí anda todavía Anita Ekberg con el agua de la fontana de Trevi metida por sus murlazos de vaca suiza y Marcello Mastroianni con ojitos de corderito a punto de ser convertido en pasto de turistas en un viejo y lujoso restaurante de Madrid carísimo de la muerte pero donde pueden servirte una merluza sin descongelar. Es lo que ocurre con algunas mujeres, y hasta con algunos hombres malos.

Luego están todas esas mujeres que los autores de novelas negras norteamericanos, hay que reconocerles ese mérito porque escribieron auténticas biblias del mal vivir en las que los europeos aprendimos que existía un mundo extraño llamado Estados Unidos. Es gente que calca modelos de mujeres que fatalmente tuvieron que conocer. Es imposible inventar el diablo. James M Cain, David Goodis, Carter Brown, James Hadley Chase, Harry Whittington, Lionel White y, por encima de todos, Chester Himes, el padre de todos esos santos varones que para muchos de nosotros fueron iniciadores amorosos. Eran tiempos en que creíamos hasta en los ángeles con vaqueros y más de uno de ellos nos presentó a una Madame Bovary en versión inglesa o norteamericana que para él la hubiese querido Gustavo Flaubert. Laura, ojos verdes, postura virginal en un diván que invita al amor pero que ella aparta de su pecado como una primeriza del amor y vuelve loco a un abogado que no tiene más que su prestigio, lo demás, lo más importante, hace tiempo que lo perdió entre la cocina y la alcoba (“estaba tan perdida en la cocina como en el dormitorio”). Y todo por un chulo mal nacido que la trata como la vida misma trata a Edna, perdida en una calle en la que David Goodis te mete para restregarte la fealdad del universo de los perdedores. Elena de Troya, Penélope están a la vuelta de la esquina donde la china acaba de ser violada y cada uno de esos hombres, con rostros agujereados por la existencia a lo Richard Widmark o a lo Sterling Hayden buscan Itaca. En esa literatura negra, verdadera sinfonía de vivencias, hay otras heroínas menos pudientes en amor. Que ni siquiera tenían las hebras del pelo rubias, color del pecado, de la conquista durante todos los años que duró nuestra infancia. Eran las que nunca ganarían nada ni a nadie porque, sentencia una amiga mía, tenían piñón fijo en los ojos y eran incapaces de guiñarle a la vida. Como aquel Paul al que Goodis ejecuta sin piedad, tal vez porque la piedad no era cosa de hombres, porque los duros no bailan: “…de estatura media, muy delgado, tenía una historia de treinta años de no ser nada en absoluto”. A Sartre se le caerían las lágrimas. Sí, hijo, sí, porque mata más la soledad que el alcohol reliado con el tabaco.

Mientras buscaba mujercitas me quedé tiritando al leer un libro que ni siquiera sabía que existía, La vida perra de Juanita Narboni, de un tangerino español llamado Ángel Vázquez y publicado en 1962. Es un largo, doloroso, excepcional calvario que entre risas y lágrimas vive Juanita, en un interminable monólogo hasta la locura. Una mujer que, como todas, probablemente fue bella a su manera. Pero Juanita fue quedándose sola en el Tánger que de internacional pasaría a ser un cacho más de Marruecos, sin ni siquiera dar con un chulo que le calentase el alma. Y desde la primera a la última página es una reflexión que encoge el hígado: “…la gente pobre siempre se muere… Las carcajadas de éstas no son normales. Son carcajadas uterinas. No es alcohólico, maricón a secas… Es la cabecita de un cojín… De virginal nada, en todo caso, vaginal…”

A mí Tánger me había hecho descubrir el cine como amor, como referencia de mis andares. Y a Ángel Vázquez aparentemente le pasaba otro tanto de lo mismo. Gran parte de los pensamientos de su Juanita reposa sobre personajes, títulos o situaciones de películas de las que ella nutría su desesperanza. Y llega un momento en que se rebela: “¡Mierda de cine, el daño que le ha hecho a una!”.

Y sigue, prosigue, no para, el rutilante monólogo: “Hueles a pecado mortal de necesidad… Que hasta el dolor en casa ha sido siempre una alegría”.

Ahora, ya al fin de mis mujercitas, me tropiezo en una televisión con la mujer que mejor ha hablado del amor para los humildes, los desesperados de la vida, Corin Tellado, española y asturiana por la que un día Gabriel García Márquez confesó su admiración. 4.000 novelas rosa publicadas, la más vendida en español. Y se decía sin amor: “En el amor me fue sólo regular. Me separé de mi marido a los dos años. Todo lo demás fueron aventuras pero no volví a enamorarme”. Y se conformaba diciendo que mucha gente es feliz gracias a esas novelitas que hablaban de enamoramientos azotados por el romanticismo más puro.
Cherchez la femme…

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