Clouzot y el barquito

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Los celos, la traición, la indiferencia. Tres razones para la infelicidad que figuran en todos los repertorios sociales conocidos y probablemente por conocer. Si aquel día yo hubiese tomado otra decisión, si no hubiese sido tan impulsivo, si los celos de mí mismo no me hubiesen nublado el entendimiento…El canal de televisión franco-alemán Arte cuenta que el gran cineasta Henri-Georges Clouzot dejó inacabada, por causa de infarto provocado por su propia rabia, una película que podría haber sido, al parecer, toda una revolución.

Era en 1964 y el cineasta francés tenía como protagonistas nada menos que a Romy Schneider, la actriz nunca reemplazada por nadie, y el actor Serge Reggiani, uno de los más grandes que pariera la Francia de Meliès. El tema era los celos en una pareja, que pueden llegar a convertir la vida en “L’enfer”, título de la cinta.

Cuentan que el rodaje se convirtió rápidamente en una infernal bronca porque el realizador no estaba contento con nada, hasta llegar a la manía persecutoria. Arte asegura que algunos expertos piensan que hubiese podido ser un filme revolucionario, ya que algunos efectos previstos para su realización y extremadamente costosos, eran novedosos y visualmente perfectos.

Reggiani tuvo que ser hospitalizado un poco antes que Clouzot, quizá con los nervios destrozados, porque dicen que no se había visto nunca un rodaje con tan mala follá. Como si estuviese maldito, maldecido por satanás y toda su corte.

Entiendo que a ustedes les parezca anecdótico, pero debió de ser trágico para el hombre que había rodado dos de los más grandes títulos del cine francés y europeo, “Les diaboliques” y “Le salaire de la peur”.

¿Qué hubiese resultado si la película que parece maldita hubiese terminado su andadura en buenas condiciones, estrenada, analizada? Quizá estuviésemos hablando ahora de un momento único en el cine o tal vez de un fracaso total. Es imposible saber lo que hubiese pasado.

En estas estaba yo en enero de 1957 cuando el jefe de la Policía de Tánger, paradisíaco enclave internacional en territorio de Marruecos, me avisó de que debería marcharme de allí cuanto antes ya que podían detenerme de un momento a otro por haber escrito una serie de artículos para una revista española sobre los primeros temblores político-sociales que vivía aquel territorio que pronto sería embargado totalmente por la independencia y el fin del estatuto internacional. Se acababa la ciudad en la que convivían las hermanitas de la caridad con un patético individuo como Lucky Luciano, uno de los más grandes mafiosos norteamericanos, que traficaba con todas las drogas del universo desde un elegante despacho con placa de cobre en la puerta.

Uno tenía 17 años, mucho genio y menos dinero y cuando fui al puerto con mi pasaporte en el bolsillo y unos cuantos billetes pregunté y encontré que aquella noche zarpaba para Marsella un carguero mixto. Nunca dejaré de preguntarme qué habría ocurrido si me hubiesen indicado otro barco que ponía rumbo a los Estados Unidos.

Una puñetera casualidad la vida. Como fue que la otra noche, en esa cinemateca que es a veces la televisión viese, al principio por mera casualidad y ya no pude soltarla hasta el final, la película de Jose A. Zorrilla (1983) “El arreglo”.

Hacía muchísimo tiempo que no había visto una película que me comiese el seso durante toda la proyección. Al protagonista apenas le conocía, Eusebio Poncela, pero me dejó traspuesto. Era puro cine negro norteamericano de los mejores hacedores.

A Poncela lo ves tan frágil, con esos ataques súbitos que le dan desde que salió del hospital (¿por qué estaría hospitalizado?) que apenas si lo clasificas en los primeros planos. Hasta que poco a poco estalla una personalidad fuerte, implacable, que sabe lo que quiere en un Madrid de la transición española, cuando los malos y los buenos pueden confundirse en la nebulosa de eso llamado democracia que en ese momento estrenan los españoles.

Impresionan sus andares burdos, los pistolones que lleva debajo de una especie de zamarra holgada que puede ocultar un portaaviones de la VI Flota norteamericana. ¿Miedo? ¿Chulería del más fuerte? No parece ni lo uno ni lo otro,

La acción callada, que apenas se nota, despacito, como el comienzo de una canción, está en los retratos de un barrio madrileño rápidamente visto y más rápidamente contado. Una mujer, un viejo que debió ser más joven, valen por toda la corte de los milagros.

Hasta el final –no lo recuerdo—Poncela deambula por Madrid en busca de algo, de su venganza, de la venganza de un muerto, con una viuda extraña, una pensión buñuelesca.

Dios, qué actor…

Autor entrada: onmagazzine