El camembert de Fidel

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Cuando bajaron por la Rampa, al fondo y a la izquierda el Hotel Nacional parecía una pura ascua. El sonido agudo de las trompetas y el sincopado del saxo flotaba hasta la puerta, donde agentes de seguridad procuraban que entre los invitados y los clientes del hotel no se deslizara ninguna “jinetera”, esas muchachas de placer (me parece demasiado duro llamarlas prostitutas) que habían sido como un adorno más de La Habana– la mayoría jóvenes y bonitas estudiantes llegadas desde el fondo de sus provincias. Tiempo atrás, un corresponsal extranjero había sido expulsado por haber titulado una crónica de forma sensacionalista, “Una mujer cubana vale dos mil dólares”, cuando en realidad explicaba sencillamente que las gestiones para que un extranjero pudiese casarse con una cubana y sacarla del país alcanzaban esa suma.

El corresponsal era el de la Agencia France Presse, un tipo sereno que nunca había querido herir a los cubanos. Porque, por supuesto, se argumentó, que aquel titular era un insulto para las mujeres cubanas, lo cual era tremebundamente falso. Los dos mil dólares necesarios para el papeleo administrativo impuesto por el gobierno se comían lo que entonces era una suculenta cantidad de dinero. Pero estoy convencido de que ninguna mujer cubana se sintió herida por aquel titular que, por lo demás, en Cuba solo habían leído los servicios competentes o no del Ministerio de Relaciones Exteriores y cuatro periodistas más, ya que el artículo no tuvo tiempo de trascender al público. Les aseguro que Granma no lo exhibió en su primera plana, en realidad en ninguna de ellas.

Eran tiempos absurdos. Unos días antes de que la policía fuera a buscarlo a su casa, nuestro compañero nos había puesto en la mesa un exquisito queso cremoso. Cuando hubimos alabado la excelencia de aquel camembert, soltó una risotada que era muy común en él.

–Este queso es cubano, es un camembert cubano. Fidel Castro ha importado vacas de Normandía porque se le ocurrió, y ha acertado, que en Cuba se podía hacer un queso tan exquisito como ese.

No recuerdo que lo hubiese encontrado en las diplotiendas, aquellos grandes almacenes que el gobierno había dispuesto para que diplomáticos y periodistas extranjeros pudiesen adquirir, a condición de pagar en dólares y no tener que sufrir las constantes carencias de todo tipo de artículos de uso corriente, sobre todo alimenticios. Pero todos sabíamos que de los manjares de ese lugar no se beneficiaban únicamente los extranjeros. Los cubanos con dólares –muchos recibían pequeñas cantidades de familiares en el exilio—se aprovechaban de un amigo de un amigo que tenía un amigo periodista o diplomático y ya está.

No sé si en 2017 el camembert de Fidel existe todavía. Supongo que con los nuevos tiempos a partir de la llegada de Barack Obama, el queso vuela directamente desde su Normandía natal.

Unos días después de que degustásemos aquel extraño pero exquisito camembert, extraño por los pastos que comían las vacas que lo producían, la policía se presentó en casa de nuestro amigo el corresponsal jefe de France Presse y sin darle tiempo para apenas meter unas cuantas cosas en una maleta, se lo llevaron directamente al aeropuerto José Martí para esperar el próximo vuelo rumbo a París. Así de corteses eran aquellos policías del que imagino era el “antiguo” régimen, aunque no creo que haya nada nuevo esencial en Cuba. La noche de la que les hablaba antes de que la gastronomía francesa nos interrumpiese, todos los santos varones y todas las suculentas hembras de la música cubana parecían haberse dado cita alrededor de la piscina del Nacional cuando pudieron entrar finalmente, no sin que antes tuviesen un encontronazo con dos almidonados guardas que miraban con recelo a nuestra amiga María y hubiesen llevado más a fondo sus investigaciones si no hubiésemos puesto el grito en el cielo.

El Todo Habana del cine estaba desparramado por los alrededores de la piscina que lucía con tanto fulgor como si de un momento a otro se esperase el salto de Esther

William y de sus sirenas. Sólo faltaba el indispensable Xavier Cugat con su chihuahua en el regazo dirigiendo aquella orquesta de violines que hizo célebre en el Hollywood de cuando los cielos azules de las películas tenían el mismo brochazo y los actores eran machos bravíos y las mujeres hembras de armas tomar. Numerosos cineastas extranjeros y otros que nada tenían que ver con el cine andaban dándole costalazos a exquisitas botellas de ron Habana Club (me niego a ponerle una uve a Habana, por mucho ron que sea) que ayudaban a pasar la frontera del gaznate con una impresionante cantidad de “rocas” heladas. Nadie hubiese dicho que Cuba vivía un período casi de guerra y que a pocos kilómetros del Malecón habanero los guardacostas norteamericanos no quitaban los ojos de la tierra cubana.

Sin duda hubiesen quedado sorprendidos de haber visto a Fidel Castro departir amablemente con sus invitados. Era la primera vez que lo veíamos desde hacía un año y se le antojó que tenía los ojos tan cansados como los de un Cristo que había encontrado perdido en una carretera de Bretaña, allá por la lejana Francia.

Hace varios años, desde 2012, que no voy por La Habana. Obama hizo que los precios dieran un salto mortal difícil de seguir a menos que seas un trapecista del dólar o del euro. Y supongo que la llegada masiva de turistas del que siempre fue el Imperio, el enemigo jurado al que se miraba con recelo día y noche, no ha hecho nada para abaratar las cosas.

Actualmente, La Habana es uno de los destinos más caros del mundo, incluyendo a las Fidjis y casi al lugar más exótico que pueda imaginarse. En parte porque sigue existiendo, aunque en el extranjero la gente no lo sabe y si lo sabe le importa un carajo, el maldito embargo, que limita toda relación con Cuba.

Todavía hoy vuelan a ese país las compañías que a Washington le da la real gana, con lo cual la competencia es muy difícil, a menos que vayas primero a Nueva York, de allí a Florida…

En aquellos años ochenta, había también muy pocas compañías aéreas autorizadas a volar a Cuba. Creo que eran Cubana y Aeroflot. Lo malo es que la puñetera compañía soviética tenía un sentido curioso del trayecto y a mí casi siempre me tocaron aviones del glorioso sello Iliuchin que parecían a punto de romperse.

Ya les he dicho. Eran otros tiempos, indudablemente mejores que los de hoy donde ya las jineteras que merecen la pena atienden por cita telefónica. Malditos norteamericanos…

 

Autor entrada: onmagazzine