Sin salida

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Deberíamos ser suficientemente adultos y conscientes de nuestras carencias, de nuestros fallos, de todo lo que hace que te canses de seguir adelante a sabiendas de que no hay otro camino más que el que te han trazado y que conduce a la nada. Porque no sirve patalear, clamar a la injusticia, reclamar lo que crees merecer y de lo que te han privado. Las cosas son como son y no hay vuelta de hoja. Nadie se baja del tren hasta que haya llegado a la estación programada.

Porque las cosas son como son y no como nosotros querríamos que fuesen. No se cambia el destino, el libre albedrio es un chiste que a algunos les sirve de fácil escapatoria que termina en el mismo callejón sin salida. Si no eres guapo jamás lo serás, por mucho que quieras empeñarte en que eres capaz de cambiar tu vida.

Todo nace y muere según un programa estricto y que no olvida nada. De nada sirve el “si yo hubiese sabido”, “si en lugar de hacer esto hubiese hecho lo otro”. Nadie pierde un tren, esa bonita metáfora capitalista para henchirte de todas las culpas del mundo. El tren ya estaba perdido antes de que saliera de la estación y de que tú pensaras en comprar un billete para ese trayecto que cambiaría la mala suerte, las malas decisiones.

Estamos rodeados de medios de comunicación, empezando por el omnipresente cine, que quieren consolarnos: siempre hay una oportunidad, nos dicen. Si no lo haces es porque tú no quieres. Puedes llevar la vida que gustes, puedes ser lo que te apetezca más, puedes subir a aquella cumbre del Kilimandjaro a la que ni el cazador de Ernest Hemingway fue capaz de llegar. Solo un leopardo. Y muerto.

El destino manda, no las películas, ni las novelas, ni los libros de autoayuda que pretenden darte fuerzas para todo, enseñarte los trucos que te llevarán al éxito, que te sacarán del fracaso que de una forma u otra y aunque sea por rachas, conoces desde que naciste. Que te harán cambiar tu vida, lo cual es el colmo de la insensatez.

Una de las funciones del cine moderno es contarte historias que te permitan esperar otra cosa que las tristezas de tu propia vida. A veces incluso te murmuran al oído que el argumento está basado en acontecimientos reales. Que el tonto del pueblo que al comienzo del filme y durante cuarenta minutos ves retorcerse de rabia porque no quiere ser tonto un día se revelará como un genio de cohetes espaciales y la más bella dama del reparto lo meterá en su cama y hasta en su vida.

En “Madame Bovary” aparece un mozo de la fonda del pueblo que tiene un problema en un pie que le hace cojear de forma nada elegante para que le saquen a bailar en la verbena de la paloma. También está el médico del pueblo, que quiere salir de su mediocridad de vida hecha de carreras durante todo el día y la noche de granja en granja para arreglar una pierna a un rico agricultor o ayudar a dar a luz a una vaca o a la patrona de la finca, que viene a ser lo mismo.

Sin saberlo, el doctor Charles Bovary y el mozo de la fonda tienen un punto en común. Los dos son unos perdedores, y ni lo intuyen. Bovary cree que con su saber y su prestigio Emma, la granjera que ha desposado y con la que ha tenido una hija, llegará a amarle apasionadamente.

Con el tiempo se da cuenta de que necesitaría hacer algo extraordinario, algo que le pusiese en boca de todos, en las columnas de las gacetas, para que Emma dejase de acostarse con unos y con otros y tirase la casa por la ventana para estar cada vez más bella para sus inconstantes amantes. Entonces, se enreda con el boticario, otro perdedor que aspira a un estado más glorioso, y cogitan que la fama podría llegarles si pudiesen operar al mozo del pie que tan mal le hace aparecer. Ya piensan en que pronto les lloverán los parabienes, los dineros, y finalmente la gloria inmortal. El boticario inventa una bota, que se parece más a un instrumento de tortura de la Inquisición que a un aparato ortopédico. El doctor Bovary será encargado de la parte operativa.

Ni decir tiene que el asunto es un fiasco vergonzoso que termina con el suicidio de Emma y la reprobación urbi et orbi del doctor que creía tener la celebridad a la vuelta de la esquina.

El problema que plantea Gustave Flaubert es que los tres personajes (el lisiado, el boticario y el médico) tienen escrito desde que les echaron al mundo que ninguno de ellos conocería fama alguna porque, sencillamente, han sido creados para ser unos fracasados de tomo y lomo. Sin perdón, sin remisión, sin brindis con champán medio tibio y la sonrisa aprobadora del Prefecto de la región. Sueño, nada más que sueño.

El problema mayor es que ninguno de los tres lo sabe y se empeña hasta el descalabro final en crear el acontecimiento que les sacará del anonimato, de la pobreza y les abrirá las puertas de los honores. Que es como decir las puertas de ese paraíso que ya ni los curas prometen porque no están muy seguros de que luego, cuando todo se acabe, cuando las ilusiones estén enterradas sin remedio, vayamos a tener la vida que los yihadistas prometen a sus combatientes. Salvo que a nosotros, cristianos puritanos, nada de vírgenes esperando nuestra llegada.

El lisiado hubiese podido continuar arrastrando el pie y ser moderadamente feliz dentro de su desgracia. El doctor Flaubert habría podido optar por moderar los ardores de su esposa de otro modo. Y el farmacéutico no hubiese sido señalado por todo el pueblo por haber dejado que Madame Bovary le robase suficiente arsénico como para empacharse hasta la muerte retorciéndose en atroces dolores.

Coma sus huevos fritos con patatas que le sirve el camarero medio guarro en aquella venta del monte y no espere a que le sirvan caviar beluga en manteles de lino brillantes de esperanza en aquel restaurante de Biarritz cuyos precios ya están más altos que sus ilusiones.

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