Huir a Alejandría

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal

Muchos somos los que alguna vez hemos querido escapar a nuestras vidas. Lo hemos soñado mil veces, lo hemos visto reflejado cada vez que algunas películas contaban historias similares y el gusanillo de la huida se despertaba de su letargo.Aunque estoy convencido de que tenemos un destino trazado del que no podemos alejarnos ni un centímetro llevo mucho tiempo intentándolo.

Mientras leía por quinta vez “Miramar”, una belleza del escritor egipcio Naguib Mahfuz me ha parecido que tenía la solución. Bastaría con que pudiese colarme en su libro.

Años sesenta. Los ingleses ya no pintan nada en Egipto, por el que ha pasado el ciclón Naser, el líder carismático que prometió lo mejor y que cumplió lo que pudo. El gordo rey Faruk se ha ido. Pero los egipcios siguen viviendo como pueden.

En Alejandría, Mariana, que en otros tiempos gozó de los esplendores de la alta sociedad, ha conservado el fondo de su belleza. Los tiempos, los hechos, le han obligado a convertir el piso que en otros tiempos conoció los fastos de la ciudad en una pensión, donde se jacta de no recibir más que a gente de su rango. Cualquiera no puede pedir una habitación, como lo está haciendo un recién llegado.

(Me asalta una duda. Yo no hablo árabe. Pero pronto caigo. Madame Mariana habla francés porque de siempre era un signo distintivo expresarse en esa lengua).

Llamo a la puerta-

-¿Pensión Miramar?

-Sí, efendi.

-Me gustaría coger una habitación.

Hasta ahora estoy siguiendo el primer diálogo de la novela.

“Descorrió el cerrojo de la puerta… Nos quedamos allí, frente a frente, mirándonos… Pese a que la belleza no te ha abandonado por completo, lo cierto es que, querida mía, tienes sesenta y cinco años, el pelo innegablemente teñido, las manos venosas y arrugas en las comisuras e la boca que delatan la vejez y decrepitud…”

-¡Dios mío! ¡Usted!

-Madame!”

Ya sé que habla francés. Me adentro en el vestíbulo y le doy la mano. Me ha confundido con un amigo suyo de otros tiempos. Nos sentamos en el sofá de ébano bajo la estatuilla de la Virgen.

De pronto, Madame pone mala cara y empieza a gritar en árabe. Se han acabado las mundanidades en francés. Vuelve a hablar francés y señalándome la puerta me grita con los ojos desorbitados. Ya no parece tan bella: “Usted es un impostor, Monsieur. Váyase antes de que llame a la policía”.

Quiero correr pero no puedo. La alfombra corre pero yo estoy inmóvil aunque solo me falta poco para alcanzar la escalera y poder huir.

De nuevos los gritos de Madame. Que me vaya. Me dan ganas de gritarle, y al final lo consigo: Je ne peux pas avancer, Madame! (No puedo, Madame).

El libro se me ha caído de las manos. Vuelvo a estar sentado a la mesa donde el ordenador sigue encendido. No acierto a leer lo que hay escrito en la pantalla. Me acerco y deletreo. “i m p o s t o r”.

Apago la pantalla. Desde la portada del libro de Naguib Mahfuz, me miran unos ojos verdes que no reflejan amor, quizá estupor. Me dicen algo que no entiendo. Tal vez sencillamente que no puedo escaparme. Que el destino no lo permite: “Yo misma llevo encerrada en este retrato cuarenta años. Me lo hicieron –sigue en un francés que algunas vez había oído en Tánger—el día de mi boda. Estoy muy bien maquillada y tengo puesto ese pañuelo de hilos de oro que creo representaba la sumisión. Yo era muy joven. No sé si me casé por amor. Ya no me acuerdo si llegué a amar al hombre que había destinado para mí. Era bueno, me quería mucho y me pasaba todos mis caprichos, pero… Varias veces he querido huir. Aproveché que mi historia la contó este señor Mahfuz y cuando me vi en la portada de su libro quise huir. Lo intenté muchas veces pero ha sido imposible. ¿Quiere usted ayudarme a huir? Le prometo que le seré fiel el resto de mis días. Llevo una vida muy agradable en este palacete de Alejandría pero no me dejan salir mucho, y siempre acompañada, porque mi esposo dice que hay disturbios en las calles y que nunca se sabe lo que puede suceder. Me ha hablado de un tal Gamal Abdel Naser, un militar que al parecer ha tomado el poder y derrocado al rey Faruk, un hombre muy caprichoso y que tenía según dicen muchas queridas.

Era cierto. Naser, junto con otros jóvenes oficiales, dio un golpe de estado el 22 de julio de 1952 y depuso a Faruk. Ahora voy acordándome.

Tal vez podría yo aprovechar la portada del libro y huir de mi vida. Pero Mariana , me ha dicho por fin su nombre, insiste en que lo que ella quiere es que la ayuda a acceder a mi mundo no que yo me vaya al suyo.

-Está todo muy revuelto en Egipto y en Alejandría tenemos hasta toque de queda. Los militares lo vigilan todo. Si yo pudiese traerte a través de la portada te encontrarías en un lio. Tú no hablas árabe y aquí solo hablamos francés la gente de mi clase.

La portada del libro está difuminándose. De pronto Mariana ha desaparecido. En el lugar donde estaba su retrato en colores solo hay tres palabras en francés: C’est le destin… (Es el destino)

El retrato ha vuelto a la portada del libro pero ya no dice nada.

En las últimas páginas del libro me entero de que Mariana no ha querido abandonar su amada Alejandría. Él, el hombre al que quise reemplazar en mi huida, sí.

Una de las criadas, Sohra, le despide:

-Amer bey, no lo olvidaré a usted mientras viva…

Mariana sigue mirándome desde la portada con ojos que me parecen cada vez más tristes.

Autor entrada: onmagazzine