La CIA y Cuba

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr

La Habana

La primera vez que tuve a Fidel Castro al alcance de mis manos fue en el patio del cuartel Moncada, allá en Santiago de Cuba, a donde me enviaron como reportero de última hora para suplir la ausencia de una estrella repentinamente indispuesta. Y allí, en el patio, se improvisó una conferencia de prensa porque en Washington Jimmy Carter había iniciado una especie de cruzada para sanear a la Agencia Central de Inteligencia y enviados especiales de varias cadenas televisivas estadounidenses querían conocer la opinión del político del Siglo XX que más tiempo estuvo en la mira de la CIA.

Castro apoyó la intención de Carter, aunque siempre he tenido la impresión de que el respaldo iba con el convencimiento de que el mandatario norteño no llegaría lejos en su empeño. Dicen que este señor, Fidel, veía lejos. “Él tiene la capacidad única de ir al futuro y regresar para contarlo”, afirmó en cierta oportunidad Abdelaziz Bouteflika, tan fidelista como iracundo antisoviético y anticomunista. Y parecería que el argelino tenía razón.

Hace menos de 72 horas, el diario El Nuevo Herald de Miami descubrió en los cientos de documentos secretos recientemente desclasificados por la Agencia, lo que medio mundo ya sabía: Luis Posada Carriles, uno de los principales exponentes del anticastrismo radical, “era informante de la CIA pero tan peligroso que la propia agencia lo tenía estrechamente vigilado. Lo entrenó y lo utilizó en sus planes para derrocar a Fidel Castro pero también para que espiara a sus amigos, otros exiliados cubanos anticastristas (…) y cuando explotó el avión de Cubana de Aviación en Barbados en octubre de 1976, un acto del cual el gobierno cubano siempre lo ha responsabilizado (en pleno vuelo murieron 73 personas, es decir, la totalidad de los pasajeros y los cinco tripulantes), la CIA estuvo muy preocupada de que su relación con él se hiciera pública”.

A Posada Carriles se le identifica en Cuba como el “Osama Bin Laden americano”, una asociación certera si se tiene en cuenta que el yihadista de origen saudí, antes de ser cazado por los estadounidenses en Pakistán y asesinado después, también fue otro  discípulo de la CIA en Afganistán cuando el propósito de Washington era detener la presencia soviética en ese país.

Esto también lo sabe medio mundo, sin necesidad de que la agencia desclasifique nuevos informes. Lo que nadie sabe y sería sano conocer es hasta cuándo esa agencia federal de Estados Unidos seguirá haciendo y deshaciendo desde las sombras –la traducción más literal es matar y rematar- en defensa de esa democracia gelatinosa que se nos quiere vender como la solución de todos los males políticos y sociales del planeta.

Una de esas tardes calurosas de La Habana, quizá en 2012,  fui invitado por la entonces Sección de Intereses de Estados Unidos en la isla (surgió durante el mandato de Carter y se transformó en embajada por obra del deshielo entre Barack Obama y Raúl Castro) para participar en una videoconferencia de Brian Latell, quien según dijo pasó 53 años como analista de la CIA “metido en los zapatos” de Castro, a fin de saber qué comía, cómo reaccionaba ante lo inesperado, a quién amaba, qué lugares frecuentaba, qué helados prefería etc…, en beneficio obviamente de la Agencia. Latell estaba de moda, se había jubilado y contaba sus peripecias en torno al personaje siniestro que para él era Castro, contra el cual los servicios secretos cubanos dicen que se montaron 638 planes de atentados. Fue una tarde curiosa, escuchando anécdotas sin posibilidad alguna de confirmación, y al salir de la residencia del jefe de la diplomacia estadounidense –donde tuvo lugar el show- me encontré a Mauricio Vicent, entonces corresponsal de El País, quien había llegado a la cita cuando todo había terminado y yo me disponía a retirarme. – ¿Me perdí algo interesante?  – preguntó. Y yo le respondí más o menos esto: Bueno a un super analista de la CIA que dice que pasó 50 años estudiando a Fidel Castro, pero como Fidel sigue vivo y él, el analista, ya se jubiló, pues no creo que su trabajo valiera tanto ni te perdieras mucho.

A Brian Latell debe haberlo sustituido alguien, que ahora a lo mejor camina en los zapatos de Raúl Castro, quién sabe. Pero el hecho que parece cierto es que ese duelo silencioso y mortal de la Agencia con los cubanos se mantiene y como todo es posible cuando se habla de espías y espionajes, yo hasta me pregunto si los supuestos “ataques acústicos” contra una veintena de diplomáticos estadounidenses en La Habana,  tema de moda hoy y por el cual Donald Trump retrotrajo las relaciones a la época de la Guerra Fría, no es otra de las acciones encubiertas de la Agencia, precisamente, para volver a la confrontación con La Habana, que Barack Obama dejó a un lado. Todo es posible cuando se habla de la CIA

 

 

Autor entrada: onmagazzine