El desierto de todos los Louvre

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

El güisqui está más barato en París. Suben las acciones de los bancos (¿pero cuando han bajado, desgraciado de la última madre que tuviste como comadrona?) y uno y otro nos hacemos viejos en tierra de nadie, allá donde no cantan los charros, allá donde empieza el mar Mediterráneo hacia el África misteriosa y secular, que no tiene nada de secular y menos de misteriosa. Allí está el futuro de la humanidad. Mi hija mayor, que sigue la cotización del güisqui, del tomate y de la gasolina para Hardley Davidson con igual prestancia, vive en París, donde mucha gente dio hace dos años su vida por la libertad que nos prometieron aquellos andrajosos de Victor Hugo en tiempos posteriores a la Revolución Francesa, la única, allá por 1789. Las demás no han pagado derechos de autor y por lo tanto no tienen derecho al apelativo revolucionario.

Los yihadistas, islamistas o hijos descarriados y analfabetos de lo que realmente decía Alá siguen empeñados en llegar a un paraíso que ya nos prohibieron a los pecadores cristianos. Y dale que dale con sus atentados. Pobrecitos míos, que el cura de mi ex parroquia los perdone y les de al mismo tiempo la extremaunción.

En estas tierras de Andalucía, sucursal sureña de España, donde las cosas son muy diferentes, donde nos pasamos el día bebiendo y fornicando según la gente del norte, que bebe pero que no fornica, pobrecitos míos, ocurre de todo. Y de nada. Porque la vida es así de cabrona, perdón por el improperio provocado por un mal titular político.

Llueve en París, lluvia fina y maligna que te hiela y te moja hasta el tuétano antes de que alcances el vagón del tren que te lleva al centro de París, donde vivir es un poema a menos que tengas mucho dinero y algo más de paciencia. Como los neoyorquinos de todas las películas que alguna vez hemos visto cuando Jack Lemmon leía de canto el periódico recién salido de las rotativas mientras el tren se acercaba a la ciudad.

Lees cosas horripilantes y otras que no lo son menos pero que además te dejan el cuerpo como si salieras de un guateque de los años sesenta.

Abu Dabi, un punto en el desierto creo que de los Emiratos Árabes Unidos, ya tiene un Louvre. No, no quiero decir que han hecho algo parecido al Louvre. No. Tienen un Louvre con todas las de la ley, con sus cuadros, sus estatuas y todo lo que se necesita si es que algún día va gente para verlos.

Abu Dabi, que chorrea millones de petróleo por todos los poros, ha comprado al Museo del Louvre de París una franquicia, es decir el derecho a abrir en casa un local con el mismo letrero, Louvre. Les ha costado la apertura una millonada, otra millonada en apañarlo a gusto de los emires y en colgar algunas piezas museísticas. Pero ya está. Ya no hay que ir a París para ver el Louvre. Si usted es más místico de la milla en avión, puede agarrar una aeronave gigantesca que le deje en Abu Dabi y a gozar de la cultura con cuarenta grados a la sombra. Pero led advierto que las verdaderas obras que merecen se haga cola están en el Louvre de París. Como debe de ser.

Hasta ahora conocíamos el recurso de más de un jeque encargado de las relaciones públicas de su emirato de comprar equipos de fútbol para ganar respetabilidad y para que lleven el nombre del país en las camisetas y que la gente piense que todas esas cosas de faltar gravemente a los derechos humanos, de considerar a la mujer poco más que una gacela del desierto e importar sirvientes de países vecinos y pobres por un puñado de petrodólares son cosas de las malas lenguas.

Las camisetas de más de un equipo de fútbol que se airea por el mundo como el mejor ha servido y sirve de tarjeta de visita a esos países de los que casi siempre no tenemos más que referencias más bien malillas.

Pero, claro, Arabia Saudita, el más rico de todas esas naciones de las mil y una noches o de las mil noches y pocos días, es riquísimo, como la mayoría de sus vecinos, y es el mayor comprador de armas que cualquier país occidental puede echarse a la cara. Ellos son los que más fácilmente y con más frecuencia adquieren todos los aviones de muerte que los países europeos y Estados Unidos crean.

Y el negocio de armas es uno de los que da de comer a cientos de miles de personas en países como Estados Unidos, Francia, Alemania y un largo etcétera. Alors?

Entonces, si uno de ellos tiene la luminosa idea de gastarse otro saco de millones de dólares para que le den un barniz de cultura, modernismo y, sobre todo, humanismo, pues adelante. Un Louvre para Abu Dabi, uno.

Autor entrada: onmagazzine