La dama de Cartagena de Indias

 

Sergio Berrocal | Sergio Berrocal Jr

Se nos acaban las municiones porque las guerras han sido muchas y muy largas. Unos y otros hemos combatido como sabíamos, ni más ni menos. Luego tocaba reunirse en aquel fuerte militar del desierto de Gobbi donde creías que te esperaba la aventura y solo había arena manchada por lágrimas de otras muchas luchas, no la tuya.Como cuando eras pequeño y creías en los milagros que se producían en la pantalla del cine, ahora tienes que volver a tener fe, porque se acerca el momento de ver si todo no era más que un cuento chino.

Por muchos remilgos que se quieran anteponer a los sueños que parecen realidades como puños, por mucho pero que se quiera meter en el guiso, el cine seguirá siendo un mundo tan mágico que, sólo o con una mijita de güisqui, te permite no olvidar lo que siempre deberías recordar, en color y cinemascope.

Aquellos días en Cartagena de Indias, Colombia, donde creías haber encontrado la pista del Santo Grial, en aquella inmensa habitación de un hotel que no habías visto nunca ni verás nunca más de los jamases, indescriptible, con encajes antiguos desparramados por un inmenso ventanal que caía en picado en un parque adonde llegaba un mar aterciopelado en medio de pequeños bambis que no debían nada al talento de Walt Disney. Por deferencia especial de la dirección te

habían prestado una enorme máquina negra de escribir Underwood (¿adónde ibas sin municiones, reporterillo?) que ya había tenido amoríos desenfrenados con más de mil periodistas desalmados. Cada una de sus infinitas piezas montadas por un oscuro mecánico en algún lugar de Estados Unidos, quizá el de la Depresión, o tal vez el hombre del mono no pensaba más que en terminar para besar unos labios llenos de carmín de esos supermercado baratos que inventaron los norteamericanos como atenuante al “You Can” de las emociones, estaba oxidada, salvo las teclas

engarzadas en un plástico transparente. Entonces, los periodistas no teníamos más remedio que saber leer y escribir y no se carcajeen.

You Can? Nadie se lo cree, ni Barack Obama, ni siquiera la señorita Clinton que quería impedir que Donald Trump llegase a una presidencia que ella creía que le habían reservado las hadas.

Pero es que ya tampoco hay hadas, meu bem. No quedan más que ilusiones desesperadas, aunque sea en aquel jardín-parque de Cartagena donde los cervatillos daban la ilusión de otro mundo.

Pero por el momento tenías que componer tu crónica aporreando

las letras de aquella antigualla con preservativo, una proeza física y una no menos proeza intelectual.

En aquellos tiempos de máquinas de escribir con largas y finas piernas de aluminio que pegaban regularmente letras al papel blanco de grano, salvo en noche de media borrachera, cuando el reportero olvidaba una tecla para llorar con alcohol de 45 grados, era difícil rectificar y uno a veces se contentaba con una palabra mal venida con tal de no tener que volver a empezar o corregir, siempre difícil. Y hasta había que saber ortografía porque aquellas prolongaciones del pensamiento del escribiente no sabían de errores como saben ahora los ordenadores silenciosos e impersonales, como Lana Turner mecánica disfrazada de secretaria.

En la sala de espera de un médico cartaginés – ¿o sería de Pakistán?, que me aconsejó no volver a bañarme mientras estuviese allí, como si me prohibiese un cachito de paraíso –, todos los muebles estaban herrumbrosos. Quizá hasta el bisturí que me clavó en una pierna para parar una infección de piscina. El olor de la herrumbre salada por el

aire del mar me vuelve de vez en cuando, como para recordarme que no todos merecemos la manzana de Eva, la del paraíso, no la Bette Davis, ni siquiera la de Jeanne Moreau.

Cuando me viene a la mente, ya casi le tenía metido en el laberinto de las direcciones perdidas, me acuerdo de aquella mujer transparente que me presentó nada más llegar yo a Cartagena. Me deslumbró como siempre me han deslumbrado los amores fantasiosos que intuyes terminarán como la manzana de Adán y durante por lo menos seis meses no me la pude quitar del hígado. Mucho tiempo después, como quinientas mareas más tarde, estuve a punto de cruzarme en Madrid con ella. Una vez más, el destino pasaba por allí, cerca de la Plaza del Carmen.

Por momentos de puro cachondeo y otros llenos de ese escepticismo tristón que transmiten ojos que han visto hasta más allá de la tierra de nadie. Como a Pastor Vega, que solía pasear sus sonrisas alegres por los jardines del Hotel Nacional habanero que desembocaban siempre en el malecón.

Pastor fue un gran tipo, por supuesto casi mejor cineasta, uno de esos personajes que cuando los conoces quieres repetir. En París o en La Habana tenía siempre el humor inteligente en los labios. Tal vez el pelo rizado le procurase ese disfraz que todos buscamos cuando queremos ser mejores sin que la repelente muchedumbre de los agnósticos de la cultura nos apalee.

En una sola noche de vigilia en un patio de La Habana por donde ha pasado todo lo que de gente fina cuenta Cuba, Pastor Vega me enseñó más sobre cine cubano que todos los libros que hasta entonces había leído. Era una noche de esas que nunca olvidarás por muchas muertes que tengas, de las que conocí más de una, con un güisqui con cine en la mano, rodeado de rostros de gente inteligente y mecido por conversaciones como para poner en una lápida del adiós para siempre.

Llegado al punto final, Armando Manzanero me dice que parece que fue ayer y Bola de nieve pretende que no puede ser feliz. Tal vez esa sea la diferencia entre la vida y la muerte o la muerte y la vida. Que de todo hay en el calvario de Jesucristo. Y mucha más morriña.

Autor entrada: onmagazzine