Miedo

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Miedo, miedo, miedo. A todas las horas del día. En cualquier lugar, aunque te sientas seguro, el miedo puede contodo. Es como una sabandija que te chupa sin parar y no te deja espacio más que para coger el resuello de vez en cuando. Procuras no asomarte a la calle porque sabes que ahí es donde el miedo se esconde mejor, donde puede actuar más a sus anchas. No entiende de llantos, de razonamientos ni de cartesianismo. Es un bicho que te muerde poquito a poco, despacito, para no espantarte demasiado, pero que no suelta presa. No razona ni deja razonar. A un miedo, siempre irracional, pero cuan eficaz, llegas a admirarlo. Sigue otro que deja pasar la razón, más razonado, más aceptado, pero igual de tenaz.

El miedo lo has tenido en los huesos, en los tuétanos sin poder desembarazarte de él ni un segundo en todo el día.

En 1950 Elia Kazan rueda Panic in the Street (Pánico en la calle). Tiene un elenco con el que muchos soñarían, Richard Widmark, Jack Palance, que comienza en esta película y va a resultar la verdadera revelación, Paul Douglas y el extraordinario Zero Mostel. Película en blanco y negro de rigor.

El personaje de Palance ha sido contagiado con peste bubónica, la peste negra, en Nueva Orleans. Un muerto lo delata. Y Richard Widmark, encargado de la salud en la ciudad, tiene la misión imposible de encontrar al portador del virus antes de que toda la ciudad se contagie y la muerte empiece a rondar por los bares.

Hay que hallar al fugitivo que va chorreando muerte. Richard Widmark se lanza a la captura de Jack Palance. Hay pánico en la calle, en las calles y poca gana de juerga en el puerto. Pasan las horas y la peste bubónica galopa alegre y suelta, segura de que el miedo que inspira le ayudará en su obra destructiva.

Más pánico. Kazan es convocado por una comisión oficial que preside un senador llamado McCarthy, rabioso por encontrar a los comunistas que él y los suyos acusan de infiltrar el gobierno de los Estados Unidos. Las víctimas van cayendo y la caza de brujas llega a Hollywood, conocido por el liberalismo de la gente de cine, propia para integrar todas las células comunistas que haga falta. Para el senador, un actor, un director o cualquiera que tenga algo que ver con el séptimo arte puede estar infestado de esa peste negra que ellos llaman comunismo. Y dan con Elia Kazan, en el momento más glorioso de su vida. Y lo acorralan y probablemente a cambio de dejarle seguir su camino le obligan a hablar y consiguen que delate a viejos compañeros del PC. La debacle. El miedo se instala en la meca del cine. Arden las confesiones en una Inquisición sin piedad, en un país donde comunismo es lo que más se parece al diablo, a ese diablo que todos los fieles que van a misa los domingos saben que hay que exterminar, que no puede estar entre ellos, para bien de todos, Amén.

Miedo, pánico, sintió Kazan cuando la comisión le empujo, le achuchó hasta lo indecible a la delación. Muchos de los grandes del cine se quedaron sin trabajo, sin casa, sin nada. Otros huyeron. Algunos resistieron. Pero McCarthy seguía implacablemente su labor que probablemente pensaba que le había mandado el mismísimo Dios. Como cuando el presidente Busch dijo, convencido, obnubilado por su propia locura de miedo, que invadía Irak en nombre de Dios. Y Dios dejó un país desolado que todavía sigue pagando por los pecados de los demás.

Miedo, pánico en las calles de Los Ángeles, el mismo pánico que en Nueva Orleans en busca del portador de la peste bubónica. El miedo a esa peste bubónica que Elia Kazan esgrime, emplea, llora, como argumentación de su propio pánico en las calles donde nadie quiere contagiarse, como McCarthy quería evitar el contagio de sus conciudadanos.

Ese miedo que sin senador anticomunista, sin buque atracado en el puerto con una carga de peste negra está siempre, en todo momento, en cualquier instante, a cada hora, a cada minuto que pasa, a cada segundo que suena en el reloj. Nadie quiere contagiarse y huye, corre, delata, sí, sí, el fugitivo estaba en esa taberna de la plaza y parecía muy enfermo. Corran detrás de él, policías, agentes de la autoridad, por el amor de sus madres, alejen a esa bestia de nuestras vidas. Jesús ya fue crucificado, ¿qué quieren más?

Pero mañana, cuando vuelva a amanecer, porque siempre amanece como una señal del Diablo para que sepamos que la peste no se irá jamás, que siempre, en todo momento, en cada segundo, en la casa, en la calle, en el bar, en la playa… La peste del miedo estará siempre en nuestros corazones, royendo a su gusto, devorándonos poco a poco, con deleite, para que dure.

Y hasta creerás un día, oh iluso, que la peste se ha ido, que el miedo ya no volverá. Pero está agazapado en cualquier situación política, en esa crisis económica que anuncian los locutores de las radios que se regocijan de que caigan y se hagan polvo todos los valores de las bolsas. Hasta el valor máximo, el valor de la vida que ya no valdrá nada porque ha llegado el momento. Habrá que prender otras hogueras y buscar a otras brujas para achicharrarlas, en Salem o en el pueblo de al lado. Están ahí, escondidas.

Tenemos miedo, tendremos miedo porque somos débiles y, sobre todo, porque hay gente, seres digamos, que se alimentan de esa incertidumbre, de que tú no puedas dar un paso, pasarte un peine por el pelo, sin miedo.

No hay mosquitos. No hay mutación de mosquitos. Son vigías del Miedo, de Don Miedo, de Doña Miedo, que cuando menos lo pienses, cuando más descuidado estés, entrarán en acción.

Cuando creas que un mosquito te ha picado ya sabrás que no es cierto. Es sencillamente que el Miedo quiere jugar un poquito contigo antes de volverte loco de terror, antes de que te tiemblen las manos, de que el estómago se te contraiga en un ridículo espasmo de diarrea profética.

Tienes miedo. Siempre tendrás miedo. Naciste gritando como un verraco porque tenías miedo. Y morirás callado porque ya el Miedo será demasiado fuerte.

Autor entrada: onmagazzine