Elefantes como cementerios

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Como elefantes blancos que se tienden bajo el sol en espera del inevitable fin. Saben que más tarde o temprano vendrá el momento final pero mientras tanto zarandean la vida como pueden, bebiendo, comiendo, amando y hasta para muchos olvidando.Son cementerios en forma de pueblos que se extienden por el mundo entero y que viven gracias a los elefantes blancos que acuden a terminar de barritar.Cementerio de humanos callados por el sol que los achicharra desde que sale hasta que se va a acostar. Casi todos extranjeros, del norte de Europa por lo general, que parecen creer en la magia que tuvo el sol para los aztecas y que hasta pueda que piensen que tal vez les haga inmortales. Y que entonces se les acabará la vejez y el principio del fin.

Vivos hay más de un elefante que nos hacen polvo la vida. Ahí tienen al Presidente Donald Trump, el de América para los americanos, que tiene ya edad de arrastrarse en busca de un refugio para recostarse y esperar que le corten los colmillos de marfil, muy cotizados entre coleccionistas.

Trump ya llegó al mundo de la política dando barritos, esos berridos tan singulares con los que los elefantes de la selva se comunican o indican que no están de acuerdo con los demás. Él, Mr. President, venció en las elecciones presidenciales a la damita Hillary Clinton, pero ya daba barritos de lo más desagradable. Llegan hasta Corea del Norte y arrabales y nos hace la puñeta al resto de los humanos porque nunca sabemos cuándo se enfurecerá y armará la marimorena. Porque acuérdense de todos esos congéneres suyos de nuestras películas de cuando nos paseábamos a lomos de uno de esos nobles animalitos en filmes de cazadores y cazados, con el guapo Stewart Granger o la mona Chita, gran estrella de aquel Hollywood.

Probablemente Trump tenga ya su cementerio en su propia Torre neoyorquina o allá por California.

Vivo en un pueblo del sur más extremoso de Europa bendecido por el buen tiempo que algunas voces malévolas dicen que es “el pueblo de los viejos”, pero hay muchos en cada lugar del mundo donde el sol es una constante casi todo el año. Es como si la presencia del sol garantizase una mayor longevidad.

Las calles de este pueblo marino tiene una particularidad: la presencia de todo tipo de carrito eléctrico más o menos lujoso según los presupuestos en los que los amantes del último sol se pasean y circulan por las aceras, a veces a imprudentes velocidades.

El sol siempre ha formado parte de los mitos a los que unos y otros se agarran desesperadamente. Es el astro que broncea y por ende que contribuye a los enamoramientos.

El sol ha sido adorado, considerado como mágico. Y ha servido para muchas historias, que casi todos hemos visto en el cine, en la romántica “Bajo el sol de Toscana”, “El imperio del sol”, amargura a cargo de Steven Spielberg, o “Duelo al sol” con aquella Jennifer Jones que aunque ya no podría utilizar los dichosos carritos eléctricos aguantó hasta los 90 años y nos enamoró cuando era una chiquilla.

Pero también hay elefantes blancos que por su saber y su valía siguen siendo tan necesarios al mundo, como el británico Stephen Hawkins, sin quien el mundo no sabría tanto de los misterios del universo. Hace veintiocho años, recibía en Oviedo (España) el Premio Príncipe de Asturias. Acudió a recoger el galardón a lomos de carrito ultra perfeccionado. Unos cuantos periodistas le seguíamos a cierta distancia por la calle que conducía al teatro donde entregarían los premios. De pronto aceleró su artilugio y salió corriendo. A los escoltas y algunos periodistas nos costó trabajo llegar al teatro al mismo tiempo que él.

Hawkins sonreía satisfecho de su broma y nosotros estábamos agotado y sin ganas de reír.

Quizá algunos de los que corrimos tras aquel bólido del genio andan ahora, como él, en uno de los carritos con los que me tropiezo todos los días en la calle. La diferencia es que lo pilota un elefante blanco que poco o nada tiene que descubrirnos.

Autor entrada: onmagazzine