Aquel Bar Esperanza de suecas y ruidos

Sergio Berrocal Jr | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Corrían las nueve de la noche cuando me sonó el teléfono. Del otro lado del charco uno de los más grandiosos relaciones públicas del desaparecido Bar Esperanza entraba en contacto conmigo para tener noticias de aquel pueblo perdido en medio de África del Norte cuyos clientes se creían a veces en un nido de cucos.Hacía tiempo que no hablaba con aquel gentleman de guante blanco, Fernando, un guaperas argentino que solía conquistar a cualquier ser vivo que apareciera por aquel santuario de perdición y lujuria y que, en un momento de redención, se metió a peluquero. Prefirió usar tijeras y peine que seguir noctambulando de fiesta en fiesta. Extraño para quienes lo conocíamos, pero el maestro de la palabra colgó sus guantes para tratar de asentarse y dejar de lado al conquistador de leyenda.

Situado en pleno malecón aquel lugar era considerado la Meca de la joda nocturna. Era un honor trabajar en el Bar Esperanza. Camarero detrás de una barra era mucho más que eso, de cierta forma significaba formar parte de los intocables de un evaporado y playero Eliot Ness.

Lo cierto es que todo el mundo quería entrar a formar parte de aquel lugar; había cola para entrar a trabajar en aquel local de madera antigua. Muchos me pedían que hablara con el gerente del lugar, un antiguo futbolista y deportista del extremo que solía recordar a Patrick Swayze en la película de 1989 Road House. No hacía falta buscarse líos ni parar una pelea. No las había pues el centinela del lugar entendía a la perfección el código morse de aquel maestro de escenas con una simple mirada.

Una noche, Fernando andaba apoyado en aquellas escaleras de madera en espera de ver algún grupo de gente paseando para atraerlos al lugar cuando uno de los socios que siempre andaba por el lugar para vigilar y que pecaba de bocazas se acercó al relaciones publicas y exclamó: “La noche está muy tranquila, son las once y media y ni un mono a la vista”. Ni corto ni perezoso el argentino de turno le preguntó “¿Che loco si te peto esto antes de la media noche me aumentas el pago esta noche?” Muerto de risa, el otro, que gustaba conducir su Audi TTS blanco y marcarse faroles delante de la gente, le respondió con media sonrisa en la cara: “Hecho, si metes cincuenta personas antes de la media noche te doy doscientos euros aparte de tu sueldo, pero dudo mucho que lo consigas porque no hay ni un alma por la calle”.

Apenas diez o veinte minutos después de que aquel fanático del motor entrara para dentro con pensamiento de cerrar antes de la hora, al doblar la esquina asoma la cabeza un grupo en fila india de suecas que estaban celebrando una noche de solteras. En aquella muchedumbre se podía contar fácilmente cien o doscientas chiquillas en busca de diversión y alcohol con el pretexto de aclamar el próximo enlace de una de las integrantes, cuando sin saber cómo Fernando se avanza hacia aquel grupo de rubias y se pone de rodilla delante de ellas exclamando “Mamaza mamaza mamaza si te cojo te peino para dentro”. Eufóricas por la presencia del aquel gentleman argentino observo estupefacto y en primera fila cómo aquel magnate de mujeres adentra aquellas chicas del brazo y descojonado de la risa grita : “¡Che mirá lo que te traigo boludo!”.

Con la cara a cuadros, la boca abierta y medio pitillo encendido cayéndole en aquella camisa de Dolce & Gabbana el empresario que iba de “beau gosse” a lo Jean – Paul Belmondo no se lo podía creer. Aquel amante de mujeres le había literalmente jodido sus planes de cierre en pis paz.

Aquel santuario, hoy desaparecido no se sabe cómo, tuvo tanta fama porque en aquel lugar no había inhibición. Era un total descontrol controlado, es decir que no necesitábamos mucho para atraer a la gente ya que venía solita en busca de aquellos camareros sinvergüenzas que pasada las tres de la mañana se despelotaban a son Mary J Blige y su No more Drama. Aquel viejo Bar Esperanza quedó en el recuerdo.

Autor entrada: onmagazzine