La sombra de carmen la enamorada

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Carmen no me estaba esperando en Ronda, pueblo andaluz  en lo alto de las sierras del sur de España, donde un día de probable lujuria de manzanilla y palmas mal contadas la plantó el  francés Próspero Merimée de la mano de cineastas que fotograma tras fotograma la han venido convirtiendo en una Brigitte Bardot perdida en los oscuros objetos del deseo. La última vez que ví a Carmen fue en un cine de barrio perdido en esta misma Andalucía donde la pandereta y el burro torcido por la vida se han convertido en guitarras eléctricas, jipíos mal dados pero bien recibidos y Mercedes último y costoso modelo.

Carmen era en ese momento Paz Vega, una actriz española de ojos perdidos en la enormidad del deseo que el celuloide reparte como harina caducada a los desarrapados del amor, los espectadores que por unas monedas adquieren el derecho a soñar durante dos horas. Luego viene el despertar, con la pantalla apagada. Paz se ha marchado y no queda más que la taquilla para otra función.

Desde 1845 Ronda ha cambiado. Queda la orgullosa plaza de toros, una de las cunas de la tauromaquia moderna cuya construcción se pierde en los recovecos del siglo XVIII. Un refugio de fantasmas, “más claustro que recinto de espectáculos”, del que Ernest Hemingway decía: “Hay un lugar en España que es el sitio ideal para ver una corrida de toros por primera vez… Me refiero a la ciudad de Ronda… el lugar perfecto para escaparse con una amiga o para disfrutar de tu luna de miel”.

Esta frase la he descubierto en un cachito de literatura turística mientras me helaba en las calles perdidas en el tiempo de ese pueblo, hoy ciudad destartalada que no tiene más encanto que esa fantasmagórica plaza y el tajo, un inmenso agujero que separa la ciudad como un precipicio del diablo. No entiendo a Hemingway y me temo que en su ignorancia de tantas cosas se haya olvidado de Carmen, más importante en la vida de un hombre que esos toreros afeminados que él adoraba y a los que dedicó muchas páginas de sus libros. ¿Cómo se podría pasar una luna de miel en este pueblo lleno del perfume de Carmen la cigarrera o la gitana?

Un camarero que acaba de servirme unos cachos de morcilla frita me cuenta la historia de una muchacha a la que todos los días que Dios hace saluda desde el dintel de su restaurante. Pasa en una silla de ruedas que empuja un mocito guapo. Por lo visto, un día tuvo un amor no correspondido y se arrojó por el tajo profundo como la desesperanza. No tuvo suerte y quedo parapléjica. Carmen debía velar por ella porque al cabo de un tiempo encontró otro novio, el que ahora la lleva a pasear cuando sus piernas ya no quieren andar por culpa de un amor roto.

¿Por qué la Carmen no se arrojó por ese mismo tajo loca de la pasión que le llevaba de unos brazos a otros antes de que Don José, un oficial de dragones expulsado del Ejército, la matase con una larga navaja de Albacete? Probablemente porque no era la Julieta andaluza de este cuento de amoríos, pasión y muerte. En Ronda nadie me ha hablado de Carmen, como si fuese esa mancha que en casi todas las familias se oculta con un suave velo de olvido o indiferencia fingida. Pero el cine implacable no admite el olvido. Desde 1915, año en que Cecil B. de Mille cuenta la historia de la  gitana siguen otras versiones: el francés Christian Jaque (1942), Carlos Saura (1983) con la bellísima Laura del Sol,  el italiano Francesco Rossi (1983), Otto Preminger (1954) con su “Carmen Jones” y Vicente Aranda en el 2003. El mito no muere y la gitana inventada o fotografiada por un viajero francés sigue transformándose a medida que pasa de mano en mano.

Cigarrera, gitana, cortesana o sencillamente amante de lo que hay que amar, qué importa quien fuera realmente Carmen, a la que se palpa en un libro, se cata en una película y se canta en una ópera. Lo malo es que el perspicaz Hemingway aparentemente no la vio. Me pregunto por qué mientras me adentro en una especie de templo budista que está a dos horas del frío de Ronda, a orillas del sol que calienta las playas del sur de España. Dicen que es el monumento al budismo de mayores dimensiones en Europa. La verdad es que me deja indiferente. Tanto que ni siquiera he seguido el consejo de caminar por el exterior siguiendo el sentido de las agujas de un reloj para que mis deseos se hagan realidad. Porque estoy convencido de que Carmen la de Merimée no me va a esperar en la tienda de “souvenirs” que hay en un rincón de esta explanada desde la que se contempla gran parte del Mediterráneo que naufraga en Africa, allá enfrente, donde muere o empieza el horizonte.

Ella no está pero un doble de Richard Gere me mira con sorna desde el bar portátil del templo. Averiguo que es un lama que con su esposa recorre Europa impartiendo budismo. No, nunca hubiera podido ser Don José, el guerrero que Carmen hirió hasta morir. Sigue mirándome con un cierto cachondeo, me mosqueo y me voy con sol calentito. Desde lejos veo a una mujer que sube la escalera del templo. Se parece a la última versión cinematográfica de esa Carmen que todas las mujeres llevan en algún pliegue de sus almas aunque a veces no quieran reconocerlo.

Autor entrada: onmagazzine