El último balsero

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Varices rezagadas por la jubilación, muñones de otros tiempos, de cuando el jorobado reinaba en Notre Dame de París, que emergen perezosas de calcetines que ya no venden ni en aquella tenebrosa tienda de Brujas de la que te echaron a ti, maldito extranjero, porque no hablabas flamenco. Se arrastran por adoquines de una feria andaluza cualquiera, con el fervor cristiano y mártir que tenían los descamisados de la tierra brasileña, ingrata tierra roja para los miserables del azadón, que creían haber alcanzado la cima de la esperanza cuando llegaron tiritando de pánico a Brasilia, la capital de todo el poder, la capital de los basureros nordestinos.

Fue, acuérdate Alejandro el Magno, aquella tarde de tanto sopor veraniego cuando desaparecieron las ranas rojas que impartían bendiciones en seis lenguas indígenas en el lago Paranoá, donde tenían sus mansiones, propiedades llenas de todas las glorias de la tierra. Ay, pobre Tolstoi que no poseías más que una sencillita datcha señorial…

Chirrían las chanclas elegantes con la angustia del indocumentado rico, que son los mejores porque comen en restaurantes de ricos apocados por el paro fulminante del rico intestino grueso. Así chirriaban, acuérdense hermanos de la Iglesia de la Resurrección de todos los incultos ricos, las patas negras de la mierda del hambre, aquellas de los desamparados en busca de una mazorca de maíz, por favor, por piedad. Aunque sea para pagar en tres plazos con 41 por ciento de intereses.

Dos muchachos que ya han refrendado la edad de la ilusión juvenil y se preguntan si no será preferible dedicarse al turismo ecuestre, aporrean guitarras con dos cuerdas en medio del cachondeo indiferente de cientos de turistas nórdicos o casi nórdicos que han acudido allí desde el fin del mundo europeo en busca de sol abundante y barato garantizado por la Oficina de Turismo. Quizá esperaban que en el “concierto” sirvieran copas gratis.

Un negro que un día ya lejano llegó a las costas del sur de España en una patera con la que podía haberse enterrado en el océano rodeado de tiburones martillo, me aconseja que vaya a ver a su amigo el profesor Jazupín, eminente vidente, mago africano que puede con todas las desgracias del mundo. Lo mismo te arregla un matrimonio mal avenido que te cura de una depresión desahuciada hasta por el Prozac.

Me parece una excelente cosa y le pregunto dónde puedo ver a su Eminencia Jazupin. Me da un billete de una compañía aérea que vuela con acetileno los jueves a las veinte de la madrugada y yo le pago con mi tarjeta mensual del metro de París que él valida pasándosela por los dientes. Sonríe y me lleva hasta el aeropuerto.

Dakar ya no es lo que fue, cuando los franceses estaban en todo, me confía el secretario de su Eminencia que me espera en el aeropuerto. Y me cuenta, para darme una idea de la atracción fatal que ejerce Jazupin para los problemas más peliagudos. “Un día –dice mientras corremos por una autopista plantada de tulipanes negros y de jacaranda primorosa–le llevé una muñeca enorrmee y carísima a mi hija que entonces tenía ocho años. Iba metida en una preciosa caja azul comprada en el Oso Azul de la plaza de la Opera de París. La niña estaba feliz. Abrió la caja, sacó la muñeca, apenas la miró, la arrojó por la ventana y se puso a jugar con la maldita caja. Consulté a su Eminencia y cuatro y media lunas llenas después me dio la solución: “Philippe –me conminó solemnemente—cuando le compres otra muñeca no la metas en una caja, Así desaparecerá el síndrome de la caja”.

Me pareció más prudente subir al avión que ya calentaba motores para intentar volar hasta Roma con la intercesión de la Beata Apaciguada y le dejé plantado en medio de las flores que habían reemplazado el asfalto. “Es mucho más barato”, había decretado sin reírse demasiado el Presidente de la República, Leopold Minuchiti, mientras vendía el asfalto a monjas tibetanas que dirigían un establecimiento para niños sin cejas sudafricanos de segunda madre.

Durante el vuelo en lo que finalmente era un dirigible, robado a Hitler por los servicios secretos de Balustán, conocí a una actriz rusa que acababa de rodar en Sudáfrica una película sobre la guerra de los Boers y sus implicaciones vaginales en el desarrollo de las vacas lecheras.

Me estuvo hablando todo el viaje del rodaje aunque me confesó que no tenía la menor idea de qué trataba el guión. “Pero el director me ha dicho—graznó la muchacha con una halitosis fulminante—que no tengo que entenderlo porque así seré más voluble y talentosa”. Después de veintisiete horas y catorce días de vuelo llegamos a Miami porque el aparato había tenido que dar un rodeo, capricho de unos terroristas que cursaban primer año de terrorismo capitalista y se autodenominaban los Mojama Beach. Finalmente decidieron volver a Roma porque su agente artístico les comunicó por satélite ayudado por dos palomas mensajeras con base en Langley que acababa de firmar un contrato para actuar aquella misma noche ante el Papa Francisco y sus cardenales en los estudios de Cinecitta.

En Roma, la actriz, a la que en realidad esperaban en Bangkok –se había equivocado de vuelo, “pero eso le pasa a cualquiera”, se justificaba ella con tremebundas faltas de ortografía en las encías—me presentó a una muchacha muy mona con un moño a lo Anita Ekberg. “Es mi novia y es sefardita. Además es una tía muy chula. ¿¡Sabes que lee libros!? Ya ha leído uno y otro lo tiene a medias”, aclaró con ojos legañosos de admiración antes de besarme locamente.

Quedé asqueado, al borde del precipicio de “Boquitas pintadas”.

“Deliciosas criaturas profundas, quiero el beso de sus boquitas pintadas”.

El antiguo esclavo senegalés, hoy ingeniero de la compañía eléctrica francesa EDF –se suicidaría en mayo del 2017 masticando bombillas usadas– siguió leyendo el libro de Manuel Puig mientras yo desenfundaba uno de los mejores films de los últimos tiempos, “Operación E”.

Qué actor monumental es ese Luis Tosar. Merece todos los premios que no le hayan dado. Y es una película casi casera en su estructura. Me revuelvo en la cama y pienso en lo que decía Puig, genial argentino del otro bando: “La realidad era una matinée importada de Hollywood”.

Y aquel otro genio, pero del lado derecho de la acera, el uruguayo Mario Benedetti, quien pretendía que creía en Dios cuando miraba las piernas de su mujer.

En la calle me tropiezo con Elsa Martinelli, la mujer que me ha dado tantas veces como he visto “Hatari” la sensación de que el mundo es un simpatiquísimo programa de barrio de Hollywood. Ya tiene 80 años y un día. Nos conocimos en una sala de cine hace muchos trienios. Ella tenía veinte añitos de nada y el mundo entero la amaba.

Sigue el ballet de las chanclas, en un inmundo aquelarre alrededor de la playa del Conde de Montecristo. Es mi playa, donde todas las mañanas tomo un descafeinado con leche a plazos, a veces muy mala la leche, porque siempre amanece tarde y mal.

Todos hemos querido, todos queremos, todos querremos ser un día el Conde de Montecristo para vengarnos de la puta vida que a ratos no se soporta ni en las pantallas. Ellas, seguro, querrían ser la Condesa de Montecristo o en caso de que estuviese ocupado el puesto Milady de Winter, la perversa maravillosa que enamoraba a los hombres hasta la pasión de las sábanas empañadas para mejor destruirlos.

Pero es cierto que el cine es cada día menos bonito. Se le ha acabado la misericordia y ahora, hoy, mañana y pasado, reinan los robots, esos transformers de otras galaxias que ya tienen cabida incluso en el sagrado Malecón de La Habana, paseo de la nostalgia que era. La gente del Norte, los poderosos, tienen el privilegio insolente de corromperlo todo. Incluso los más sagrados recuerdos de otro ayer.

“Toma, mi amor, tómate este poquito de Prozac que ahora te daré tu Orfidal. Mi amor, te he sacado un billete de avión. Es que ya no pasan más balsas para ir a Miami. Ahora los americanos nos han puesto aeroplanos con canapés y todo y hasta una mijita de ron. Serás muy feliz. Mi amor”.

 

Autor entrada: onmagazzine