La película de Yasser Arafat

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Esta noche me siento más palestino que nunca.  Es la más bella película de amor que he visto en mi vida: la llegada de Arafat, muerto y santificado, a su cubículo infame donde los israelíes lo habían encerrado durante años en Ramallah. Creo que cualquiera querría que el día que le tocase la china su cadáver pasase de mano en mano, como hacen los musulmanes en una forma de respeto supremo. Que nos amasen como amaron a ese Rais que encarnó la ambición de independencia de un pueblo, el palestino, masacrado sistemáticamente por otro pueblo, el judío, que con razón se quejaba de las atrocidades nazis, las mismas que ellos repiten hoy en los llamados territorios ocupados.

Recuerdo en un flash back cinematográfico cuando Arafat dijo que se negaba a que los palestinos fueras los pieles rojas de los judíos.

Durante unos días, desde la misteriosa muerte en un hospital militar de los alrededores de París hasta su entierro pleno de ese salvajismo de amor que mueve a las multitudes, en Europa hemos asistido a una serie de televisión apasionante, la de Yasser Arafat entre la muerte y la leyenda.

Su internamiento en el hospital francés es digna de un guionista de mucho talento. Desafiando la prepotencia de ese estado llamado Israel que vive de las sobras de Estados Unidos, el presidente de Francia, Jacques Chirac, se trae al moribundo e histórico líder desde territorios ocupados y diariamente pisoteados por las tropas israelíes hasta un remanso de paz en las afueras de la capital francesa. Sin tener en cuenta el poderoso lobby judío francés y como ni siquiera temiese las consecuencias políticas que puede tener su gesto, Chirac lo instala confortablemente y permite que se muera sin tener que soportar la vista de los tanques israelíes que durante años Arafat tuvo bajo sus ventanas en una especie de fortín.

Ha sido un telefilme que todos hemos vivido con el alma en vilo. La larga agonía de esa misteriosa enfermedad que le ha llevado a la tumba pero no a la de Jerusalén como él quería, parecía coordinada por realizadores de talento que han mantenido durante varios días un tempo a la Hitchcock.. Chirac, de nuevo protagonista, no solamente le ofrece el asilo último, el de la muerte, sino que cuando la película se acaba acude a su cabecera, abraza a su esposa, estrecha la mano a sus más íntimos y le rinde homenaje. Y antes de que un avión de la Presidencia de Francia traslade el cadáver hasta El Cairo, el gobierno francés le organiza un póstumo homenaje, una especie de funeral privado en medio de impresionantes medidas de seguridad. Luego el avión sale rumbo a El Cairo, donde dignatarios del mundo entero le esperan para un último adiós.

Durante varios días, la causa palestina ha estado en la primera plana de las televisiones europeas Y la gente, gracias a este filme protagonizado por un personaje ya más que mítico que el ex ministro belga de Relaciones Exteriores Louis Michel califica de “demasiado romántico” para cumplir un destino político, revive la tragedia de Palestina ocupada por Israel con su voluntad dominadora y el permiso implícito de todas las potencias del planeta que nunca nada hicieron para evitar que tres millones de palestinos tuviesen que exiliarse con casi ninguna esperanza de volver a pisar la tierra que les dio la ilusión de vivir.

Hasta los más reacios a la causa palestina, aquellos para los que Arafat y su gente no son más que “moros de mierda”, esa despectiva expresión que tanto se emplea para designar a los árabes en Europa, han sentido por momentos que estaban asistiendo al final de una película que empezaron a rodar los desarrapados del mundo árabe allá por 1897, cuando los judíos europeos deciden huir de las persecuciones y crear un Estado en Palestina. A partir de ahí, sin que nadie se de cuenta, con la alevosía de que violar a un árabe es casi un acto de salubridad pública, el sionismo se instalará poco a poco en tierras que son de los árabes desde tiempos de Jesús. Para ello cuentan primero con la colaboración de las tropas británicas y luego, una vez creado el Estado de Israel, el 14 de mayo de 1948, con la connivencia y los capitales de Estados Unidos. Los palestinos, vagabundos universales, no tienen más que callar. Hasta que empieza la lucha armada y surge el movimiento de resistencia palestino.

Con su célebre pañuelo que parece un tablero de ajedrez sin jugadores, el líder palestino se ha paseado estos días a sus anchas por todas las televisiones europeas, con esa sonrisa ambigua que todavía llevaba puesta cuando le ingresaron ya agonizante en el hospital parisiense. Uno de sus ministros opina: Es el Príncipe y Maquiavelo. Y en Cisjordania sigue la resistencia mientras a él le entierran lejos de su tierra natal de Jerusalén de donde hasta muerto le ha expulsado el orondo mandamás de Israel, Ariel Sharon, que le había conocido en el Líbano donde como general dejó en las mentes palestinas el recuerdo de una tremenda crueldad. En 1982 sería el encargado de lanzar la llamada Operación Paz de Galilea en el Líbano, donde, según algunas fuentes, a su paso quedaron 19.000 muertos, sin contar el asalto a los campos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila llevado a cabo por los milicianos falangistas libaneses, donde pasaron a cuchillo a mujeres, niños y ancianos cuyos cadáveres fueron contados entre mil y dos mil. El general Sharon tuvo que reconocer que había autorizado la entrada de los falangistas en los campos palestinos.

Pero la gran película de los palestinos y menos aún la de Yasser Arafat todavía está por rodar. Y probablemente no se ruede nunca. Sencillamente porque el cine neorrealista, el de los pobres, ya no se lleva.

 

 

Autor entrada: onmagazzine