La noche

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Sales de una noche pesada en sueños, con toda esa gente que nunca quieres ver y que se te impone en la inconsciencia, cuando eres incapaz de defenderte. Hay de todo, malo y peor. Y como sabes el día que te espera con tu amigo Orfidal –que se porte bien, por favor—vagabundeas entre libros que ya leíste hasta gastarlos, papeles que algún día deberías examinar y algo que escribiste la otra mañana. Hace mucho tiempo que no llegan noticias de Italia. Hace ya mucho que se acabaron las Brigadas Rojas, cuando asesinaron con la crueldad de los cretinos a Aldo Moro, aquel ministro demócrata cristiano que tan bien daba en el blanco y negro de la tele. Entonces andaba por el mundo Michelangelo Antonioni, que los jóvenes que veíamos en el cine una escapatoria adorábamos de pena. Su película La noche te había dejado anonadado una vez más, como todo o casi todo lo que salía del cine italiano en aquellos años sesenta.

La noche de Antonioni, aburrimiento –el mismo que tú sientes pero sin Roma para correr de fiesta en fiesta—amoríos de un rato negro, con el eterno Marcello Mastroianni y aquella Jeanne Moreau, que parecía siempre a punto de morderte. Monica Vitti pasaba por allí, etérea, como si no fuese con ella.

El día que recorriste una y otra vez Via Veneto en busca de los fantasmas de toda esa gente, de Federico Fellini, que allí en un café donde te sentaste un rato había rodado algunas escenas de La Dolce Vita, comprendiste el porqué de aquel Cristo solitario que el atrezzo de La Dolce Vita paseaba por el cielo romano, como buscando pecadores que salvar.

Mientras amanece poco a poco, con mala cara, sabes, sientes, que ya no habrá más paseos por Via Veneto, que la película se acabó hace rato, desde el día en que cruzaste la última meta que llevaba al mar, a África, al infinito vacío y ya no fuiste nunca más capaz de huir de aquel refugio para viejos nórdicos que quieren tomar sol y alcohol hasta que revienten.

Desde que elegiste vivir a través de los demás, que es como vive todo aquel que cuenta sin darse cuenta de que cada línea es un poco de su vida que se va para siempre, Capri c’est fini. Ya ni Monica Vitti de sus cuarenta años te sacaría del socavón del aburrimiento moral en el que te has enterrado.

Debería de contarme los cuentos que de pequeño nadie nunca me contó. Los leí de mayor, lo cual me permitió comprobar que algunos escritos o apadrinados por los Hermanos Grim metieron miedo y veneno en el cuerpo de muchas generaciones. No me extrañaría que parte de los terroristas yihadistas hubiesen mamado de pequeños de esas enajenantes narraciones.

Como no tuve quien me los contara de pequeño, conocí esos perversos relatos de mayor cuando ya podía defenderme. La Caperucita roja siempre me pareció lo más negativo y amoral aunque los padres y las madres ni se enteran y me imagino que siguen dando el biberón al ritmo de esos cuentos que ya deberían de estar prohibidos. Pero como por lo visto es indispensable conocerlos para haber tenido una cultura infantil, dejemos que el lobo de Caperucita y el violador príncipe de Cenicienta siga desflorando a niñas inocentes.

Ya se ha acabado la noche. Ahora llega el día y en los bares y otros lugares de cultura los más cultos contarán otros cuentos a otros niños grandes y tocándole la flauta de Hamelín los llevarán hasta la perdición.

Me gustaría amanecer una mañana en el bazar de Teherán, en medio de especias raras y de especies de gente más rara aún. Dicen que es el lugar más frecuentado de Teherán. Hubo un tiempo en que fue el centro político poderoso y agitador de Irán, cuando reinaba y fusilaba el Sha de Persia, un infame siniestro en el que podían haberse inspirado los hermanos Grimm para alguno de sus cuentos infantiles de horror.

Ya se habrá olvidado, imagino, porque la vida es muy acuciante, pero fue de ese bazar gigantesco desde donde partieron los fondos y los medios para que el ayatola Jomeini, un religioso iraní con cara de odio heredado, exiliado por el Cha, que rezaba en un apartado lugar de un suburbio parisiense. Regresó un buen día o una mala tarde de 1979 y el Irán de los comerciantes ya no fue el mismo.

Son historias que recuerdo mientras veo un sol anémico arrastrarse por los tejados en busca de turistas nórdicos a los que nutrir, porque el Sol tiene contrato con las municipalidades de todas estas playas para que los europeos del norte tomen regularmente su ración de calor natural que a veces acompañan con algún que otro cáncer de piel.

Acabo de escuchar por la radio a una vieja amiga, compañera, qué van ustedes a pensar, que perdí de vista hace un montón de años en una playa de Río de Janeiro. Sigue en las trincheras de la información, allá por Israel y Palestina, pasión que ella tenía.

Entra la mañana mojada de saudade.

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