Brigitte Bardot y los brujos de McCarthy

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Estábamos en 1963 o algo menos y la vida era dulce en aquella villa de París donde jugábamos a ser periodistas de bien, aprendíamos a escribir intentando olvidarnos de las malditas cinco uves dobles impuestas al periodismo mundial por los norteamericanos y soñábamos con contar historias. Nuestra vocación era la de cuentista. Brigitte Bardot tenía 29 años, una mujer que todavía conservaba la insolencia de la adolescente salvaje que siempre había sido, pese a que dicen que tenía por papá un directivo de una empresa muy seria, aunque nada de coronel como en el caso de su rival Catherine Deneuve. Brigitte había creado sin proponérselo quizá, pero su marido Roger Vadim, espabilado director de cine, le había enseñado muchas cosas eslavas, un estilo de muchacha revoltosa dentro de la estricta burguesía parisiense. Gustaba a las niñas de su edad, con sus faldas tipo vichy y corola, y embrutecía de pasión a los hombres a partir de los 14 años. Se había convertido desde que rodara Et Dieu créa la femme en un fenómeno popular que nunca se había conocido en Francia ni siquiera con Simone Signoret, Danielle Darieux y otras estrellas, aunque es cierto que eran de otros tiempos, otros gustos. Brigitte gustaba al hijo, al padre y al abuelo y a todos los primos y tíos que pudiesen presentarse. Era orgullo de una Francia en la que el general Charles de Gaulle, que no era precisamente un salido de la vida, la calificó del fenómeno exportador más grandioso del país. Imagínense, decía el general con su manera de hablar con soplete, que procura al país más divisas que los automóviles Renault. Una manera un poco extraña de extasiarse delante de la belleza arrolladora de la chiquilla pero que estaba dicho con las mejores intenciones. De Gaulle nunca hubiese jugado con un símbolo de su France éternelle y llegó un momento en que los bustos de las Marianne, símbolo atrevido del país, tenían su carita de ángel perverso (la de BB no la de De Gaulle, por supuesto). Por esa época Jean-Luc Godard, al que su acendrado intelectualismo no le restaba nada en el gusto por las bellas mujeres, convirtió Le mépris con BB al frente en una de las películas más emblemáticas que se rodaron en aquellos años, apoyándose también en Michel Piccoli y un sorprendente Fritz Lang en el papel de un productor de cine llamado Fritz Lang. BB se transformó en una mujer por la que los hombres podían llegar a ser despreciables, traidores pero siempre locamente enamorados. El mundo del cine que ahora tanto se critica porque parece que hay negocios carnales desmedidos. Entonces estábamos acostumbrados a que una actriz apoyara en el talento de un hombre para dispararse al estrellato. Casualmente, el productor de Le mépris era Carlo Ponti,poderoso pero obeso que se casó con una belleza escultural llamada Sofia Loren, a la que transformó en una de las más grandes estrellas del firmamento mundial. Vivíamos al margen del pecado, que para nosotros, los que entonces teníamos poco más de veinte años de edad no existía. Si eras de los que viajaba de vez en cuando al otro lado de la frontera española, te dabas cuenta de que allí las reglas del juego amoroso eran distintas. La Iglesia Católica había dejado el rastro de la falta seguida del perdón con confesión y penitencia. Estábamos a dos horas y pico de avión pero eran dos mundos distintos. Ese pecado de la carne que tampoco percibíamos entre la gente de cine, ni ellas ni ellos, y que ahora, de golpe y porrazo, como si se hubiese descubierto una reata de diablos libidinosos sueltos por todos los ambientes cinematográficos, ataca, crea dudas y destruye. Y el cine pierde la inocencia que nosotros conocíamos en aquel París donde el tráfago cinematográfico era incesante y Francia tenía en BB el símbolo de un cine de mujer a la conquista del macho cabrío. El 14 de noviembre de 1908 nacía en los Estados Unidos un niño al que llamarían Joseph Raymond McCarthy. Convertido en senador años después, muchos años después, McCarthy se enfrascó en 1950 contra 205 personas que decía eran comunistas infiltrados en el Departamento de Estado. Y ya no paró. En enero de 1953 se convirtió en presidente de la subcomisión permanente de investigaciones del Senado. Desde 1950 hasta 1956 organizó una caza de brujas contra todo ciudadano sospechoso de simpatías comunistas. Se hizo célebre por acusar a celebridades de Hollywood de ser comunistas, lo que provocó una hecatombe. Y dramas personales como el del que entonces era uno de los grandes realizadores de Hollywood, Elia Kazan. Cuentan que el mismo día en que se estrenaba una de sus obras maestras, “Viva Zapata”, 1952, tuvo que testificar, probablemente achuchado por sus acusadores, contra viejos camaradas del Partido Comunista. La cacería de brujas de los años cincuenta que ha dejado amargos recuerdos en quienes lo vivieron y lo padecieron.En 2017, se desencadena una cruzada contra todos aquellos acusados de haber forzado relaciones sexuales de todo tipo con mujeres, en general actrices, que cada día más nombran a los culpables de agresiones sexualesUna campaña de moralidad sin duda necesaria pero que recuerda que en Estados Unidos nada es igual.