Ítaca

 

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Los vuelos en primera son menos dolorosos. Por lo menos las primeras de entonces, cuando Luis se metió en un avión de Air France al que había llegado desde otros aeropuertos, otros aviones, otras azafatas sonrientes ydispensadoras sin contar de todos los caldos de todas las viñas del sur de Francia. Un Bourgogne Aligoté le había transportado desde África, o sus fronteras, pero era lo mismo, hasta París, donde otro Airbus cómodo y de fiar ponía rumbo a Atenas, la patria del mundo que los europeos de Bruselas, probablemente celosos, habían dejado arruinar con sus grotescas exigencias financieras.

Estuvo un rato metido en el laberinto del aeropuerto Charles de Gaulle,desdeñando ostensiblemente el salón de los privilegiados, los pasajeros de todas las primeras del mundo, no confundir con el Bussiness Class, porfavor. Había conocido al general que daría su nombre al aeropuerto en aquel mesde mayo absurdo de 1968 cuando la prensa extranjera intentaba convencerte de que estabas viviendo una Revolución, así, con mayúscula,como la cubana o la madre de todas las Revoluciones, la de 1789 que tantas cabezas nobles costó. Extraño personaje ese De Gaulle que nunca se hizo rico con la política yque vivía en un pueblo húmedo y baboso con su familia, la sacrificada Madame Yvonne de Gaulle, que nunca figuró más que en la cocina, un hijo que llegó a ser almirante y que tenía el mismo perfil de medalla que el padre, y una hija machacada por una enfermedad de la que no se hablaba con los invitados. Mientras se tomaba un whisky en un bar en un rincón de la colmena del aeropuerto –por supuesto que a aquello no podía llamársele güisqui—conducido hasta su mesita de mármol pulido por un camarero con mandil blanco largo y ojeras de mala leche, sacó el móvil, al que los latinos llamaban celular con mucha clase y consultó el mensaje que le había llegado dos días antes. Lo firmaba María Dolores, una figura del periodismo de la Televisión Holandesa, siempre la más libre del mundo, la más echada palante: “Quiero cumplir un viejo sueño. Visitar Ítaca, la isla de tu querido Ulises. Me quedaré hasta…” Le daba fechas, hotel donde estaría, aunque no es que hubiese muchos en Vathy, la capital de la isla, y otros datos por si acaso. Holanda es uno de los más bellos países del mundo. A uno le gusta Amsterdam y hasta Rotterdam a condición de no tener que someterse al requisito holandés de la excesiva «asepsia moral » que da a Amsterdam su carácter tan particular de Sodoma moderna, como si la gente quisiera vengarse de tener que vivir en un modelo normal de fachada aburrido y solemnemente tedioso. A pocos kilómetros de Amsterdam hay un maravilloso pueblecito, Hilversum, una especie de capital de la Radio-Televisión Holandesa, la permisiva RTH, donde cualquiera podía aparecer en la pantalla a condición de estar sostenido por una asociación con unos cuantos miles de miembros que le permitiese demostrar a las autoridades que constituyen un polo interesante de la sociedad. A tan solo unos cuantos de cientos de kilómetros de París, Holanda era siempre objeto de encanto y de curiosidad para el turista profesional que suele ser el periodista. Droga al por mayor y por menor, con boletines radiales para indicar las cotizaciones de las diferentes especies ("Es la manera que hemos encontrado paraevitar males mayores y para que los jóvenes no tomen cualquier porquería", había explicado un rubicundo y autorizado portavoz ante la escandalizada interrogación de un reportero extranjero),prostitutas en los escaparates y fuera. Pero es todo el encanto de un país que, curiosamente en medio de tanto vicio parecía haber encontrado el camino de la vida sana, idílica. El viaje le fastidiaba porque le hubiera gustado poder quedarse un tiempo en casa tratando de poner orden en la anarquía que sólo detenía la firmeza de su hija Patricia, quien desde la muerte de la madre y con la única ayuda de una sirvienta — ahora empleada del hogar– se había hecho con las riendas de todo. Y lo cierto es que todo marchaba relativamente bien, al menos en el plano material que, después de todo, es el que más quebraderos de cabeza le había procurado a él. A Luis le hubiese gustado que ya se hubiese solucionado el segundo aspecto del problema, formalmente planteado como un ultimátum por Patricia: buscar una mujer que tuviese ganas de hacerse cargo de la tribu. Pero un fracaso andaluz le había escaldado lo suficiente como para decidir que con el tiempo quizá…Las noches de Granada le habían dejado perplejo. Estaba convencido de que había nacido una gran pasión. Que lo que él sentía la prima de los ojos verdes lo compartía. Pero hubo la locuacidad de aquella carta entrevista en el aeropuerto y que luego tuvo ocasión de meditar en el hospital. Durante el tiempo que pasó en él, ella le llamó una sola vez para preguntarle cómo andaba, con la indiferencia que sólo una mujer es capaz de demostrar. Él no se había atrevido a hablarle de nada. Ni de siquiera de lo que habían compartido en el reino nasrí. El orgullo tal vez le hizo tragarse el resto. Desde entonces se dijo que la mejor medicina sería el olvidoy empezó a tomarla.En el despacho de uno de los dirigentes de la Televisión Holandesa, el café, despectivamente llamado cofi por quienes pensaban que esa bebida debía ser algo más que agua teñida, iba y venía en su pequeña bandejita con crema y galletitas embaladas. María Dolores le vio de refilón y se precipitó hacia donde él estaba.Con la impetuosidad que siempre la había caracterizado se le echó al cuello y le apretó fuerte:– Pero, ¿qué diablos haces aquí? Podías haberme avisado…El bar viejo en el que se sentaron apenas veinte minutos más tarde era un reflejo más del espejo impecable de Holanda. El gramo de polvo se hubiese cotizado aquí más alto que el de cocaína.María Dolores soltaba risotada tras risotada a medida que él le contaba las ocurrencias de su hija Patricia. Pasó por alto su primer fracaso para cumplir y apenas habló del terrorista de los ojos verdes que le había mandado al hospital apenas un mes atrás. Se sentaron en una mesa del fondo y durante un buen rato se entretuvieron oyendo las conversaciones pausadas y apagadas que les llegaban. De vez en cuando se miraban por encima de los vasos de cerveza chorreantes de frío de frigorífico. Estaban como descansados. Cada uno había puesto al corriente al otro de los puntos esenciales de todos esos años pasados en mundos distintos.María Dolores se quejaba de que en el juego de la vida le había ido bastante regular, por su culpa, porque es imposible querer ganar a todas las ruletas. Se parecían en que ninguno de los dos había sabido elegir a tiempo la carta que en un momento u otro ofrece la vida. Se habían volcado en una profesión que les había procurado momentos de deliciosa embriaguez pero de la que se salía con la cabeza vacía, la lengua sucia, los ojos turbios, la cabeza pesada y el alma hueca.En el Volkswagen con capota amarilla, una excentricidad de María Dolores, se plantaron en un abrir y cerrar de ojos entre las casitas de muñecas. Por detrás del chalé, el porche se prolongaba entre árboles y una piscina iluminada. La noche se retiraba a sus aposentos. Se oían ladridos de perros de casas vacías.– Vivo prácticamente sola. Mi marido y yo estamos separados, aunque fue bonito mientras duró, precisó con un mohín risueño.

Luis saboreaba la calidad del silencio. Estaba cansado, probablemente rendido, y sintió necesidad de decirlo en voz alta,como cuando de vez en cuando le hablaba a su psicoanalista:– Esta tarde me preguntaba si las cosas hubiesen podido ser distintas. Yo creo que no. Cada vez estoy más fatalista; probablemente porque me estoy haciendo viejo y pierdo tantas ilusiones como me salen canas…Tenía otra cerveza en la mano y adivinaba la atención muda de su
amiga a dos metros de noche. Oía de vez en cuando algún suspiro y olía un perfume de jazmines, como esos jazmines de Sevilla que le habían enamorado de la vida una tarde de un verano perdido en el tiempo. Estaba masticando nostalgia cuando se salió del área de Babia,territorio cuya entrada solía violar cada vez que el alma iba a estallarle. A través de un plato vio una sonrisa burlona y cariñosa formada por dos labios rojos. Ella seguía escuchando. Había sido siempre una de sus grandes cualidades, cuando por fin cedía la palabra.Era muy tarde o tal vez a él le pareciera tarde. El aire apenas se movía en la noche que acababa de cerrar hasta el amanecer. MaríaDolores continuaba escuchándole, con la atención paciente e incondicional que las mujeres saben tener a veces. Se le acercó, le tomó el vaso de la mano y sus dedos acariciaron los suyos. Se habían callado. Eran sólo cuatro ojos que se miraban como si hubiesen querido meterse en el alma. Luis olió un suave perfume a no sabía qué cuando los labios de ella se acercaron como una caricia definitiva. Luego se olvidaron de las conveniencias y de la nostalgia y no recordaron más que se habían querido toda la vida.En el desayuno hablaron poco. Se miraban como dos enamorados que acaban de descubrirse. Charlaron, pasearon y fatalmente se acercó el momento del adiós.Treinta años después, día por día más o menos, el transbordador había llegado por fin a la isla de la que Ulises fue rey y en la que su fiel o supuestamente fiel esposa Penélope dicen que le guardó la honra tejiendo y destejiendo una interminable alfombra. Habían pasado muchos años, algo así como treinta, desde aquel encuentro con María Dolores en la casita de muñecas. Y ahora habían decidido volverse a ver una vez más, probablemente la última. Los dos habían dicho adiós a las armas, aunque siguiesen escribiendo e interesándose más que nunca por lo que ocurría en un mundo que en 2017 había entrado en un confusionismo impresionante.

No pudo verla hasta el día siguiente porque se había enrolado en un excursión en busca del palacio de Ulises. En espera de que volviese, recorrió la pequeña ciudad y cuando volvió al hotelito se sintió tan decepcionado como debió de estarlo Ulises. Se reencontraron en el desayuno, en una terraza que daba al mar,nada extraño porque allí todo parecía dar al mar. Se abrazaron con la misma pasión que treinta años atrás. Se miraron.– Dios, me siento como si tuviese ciento treinta años, como si ya todo lo hubiera vivido más allá de todo. ¿Tu crees que tenemos un
límite de ilusión y que llega un momento en que hay que resignarse a no vivir más sino como un ectoplasma, sin mañana, sin futuro,nada más que con mucho pasado a cuestas? Creí que la vida del hombre era infinita hasta que Hemingway se pegó un tiro. Y cuando su viuda contó lo mal que había pasado los últimos años, siempre  muerto de miedo, que si la CIA, que si el FBI, que si la convicción de que nunca más volvería a poder escribir, comprendí que me había equivocado. El enorme Hemingway se había suicidado como cualquier mortal… Sabes, Alejandro Dumas escribió sus mejores páginas porque vivía debiendo dinero y no tenía otro medio para pagar deudas. D’Artagnan pudo salir de una noche de trabajo embrutecedor, y el espíritu y el vivir de los Mosqueteros los debemos tal vez a un mercachifle parisiense menos paciente que los demás y que obligó a Alexandre Dumas a devanarse los sesos para seguir juntando párrafos detrás de los cuales surgían maravillosas aventuras de caballeros y damas perdidas en un mundo tan desigual como el nuestro del siglo XXI. María Dolores sonrió, como siempre sonreía y comentó que el día de la excursión habían visto a una mujer que hubiese podido ser aquella Penélope mítica que no permitía que sus pretendientes, creyéndola viuda por la ausencia de Ulises, se metiesen en su cama y les pedía paciencia hasta que ella terminara aquella alfombra, que de noche deshacía para que nunca pudiese estar acabada y que, así, ninguno de aquellos hombres nobles cobrase el derecho a retozar con ella.– ¿Sabes lo más extraño? Esa mujer que tanto nos recordó por su actitud a la Penélope de “La Odisea” vive en una casucha en la otra punta de la isla y nos dijo que era noruega y que cuando llegó a Ítaca adquirió ese trozo de tierra, donde le habían asegurado tuvo su mansión Ulises. Aquella misma noche, mientras contemplaban el mar Jónico, Luis le preguntó: — ¿Crees que los dioses que deben de habitar esta isla nos darán una nueva posibilidad de volver a empezar, de vivir lo que no nos atrevimos a vivir hace treinta años? Me pregunto si tendremos derecho a recomenzar…– Te prometo que en mi habitación no hay ninguna alfombra empezada que tenga que deshacer esta noche…Cuando amaneció sobre el mar Jónico, se habían jurado mil cosas,se habían hecho mil promesas, aunque sabían que sería difícil, talvez imposible.Los dos se rieron pensando que ya le habían ganado en paciencia aUlises, quien tuvo que luchar y navegar durante veinte años parallegar a buen puerto y a los brazos de Penélope. Ellos habían navegado y luchado contra otros monstruos durante diez años más y por fin habían tocado tierra en Ítaca.

Autor entrada: onmagazzine