El señor de las teclas

Marcelo Aparicio | Maqueta Sergio Berrocal Jr

En mi primer época de periodista, en la siempre ruidosa y animada redacción, de repente se escuchaba un grito, una palabra solamente. Era el pedido de auxilio de un redactor pidiendo un sinónimo para no repetirse.Ahora, como diría mi amigo Gabriel Jaraba, parecen farmacias. Seguramente una de esas redacciones parió a Sergio Berrocal, habitual de estas páginas, quien acaba de sacar otro libro, “Descafeinado con güisqui”, cuya trama invisible pero perceptible no les pienso adelantar.  Sólo diré que hay pasajes en los que las situaciones, las descripciones te meten tan en el tema que ni el timbre que hace sonar el repartidor de las pizzas te deja volver a tu realidad. Si bien está muy bien escrito, sabrosamente escrito, me divierte más hablar del personaje, el autor, como para romper una burbuja en la que se podría decirse que está metido para que no lo molesten en sus pensamientos y recuerdos. Comparado con la sarta de imbecilidades mal escritas que vomitan las editoriales “tradicionales y serias”, sus pequeños mensajes en forma de libro podrían muy bien ser motivo de una mesa, una señora relaciones públicas, una carpa, y una larga cola de lectores que esperan para que les firme un ejemplar, en cualquiera de las ferias de libros, sobre todo la de Sant Jordi en Barcelona. Debo disculparme ante los lectores por este acto de parcialidad, dado que lo ponderaré hasta el final de estas líneas a sabiendas de que es un gran amigo –con pruebas fehacientes—y que fue uno de mis mejores jefes, en la AFP de Paris y estando yo en AFP Barcelona y él en Madrid. No tuve la suerte de coincidir con él ni en Brasilia ni el La Habana, que son dos agujeros negros en mi curriculum.

Lo mejor que encontré en el descafeinado es algo muy difícil de lograr. Y sobre todo por parte de un periodista o peridiota, como se quiera llamar, según de qué época y percal sea.  Se define a si mismo de una manera soberbia, pero sobre todo acertada y justa. Y, siendo periodista, lo más valioso es que sin una pizca de pretensión ni egolatría. Hay una frase entre las primeras páginas que, a mi, me han dado una respuesta al por qué no escribí aún –y no sé si lo haré– un libro:  “Nunca me las he dado de Escritor (lo pone en mayúscula inmerecidamente) , porque a mí, periodista de formación y de alma, acostumbrado a contar la realidad, nada más que la realidad, me cuesta mucho trabajo imaginar cosas y sobre todo vidas que no hayan existido y no haya conocido. Soy más bien un escribidor”. Y, Sergio, hoy día serías un parado y no tendrías esa mochila de experiencia y conocimiento que te abriga en estas noches de nuestros últimos inviernos, porque se ve actualmente que el que no miente como le dicen los de arriba, no hacen ni carrera ni ná.

Es tan riguroso que tuve que soportar, cuando era mi jefe, casi una hora con una noticia que yo veía sucedía, pero que no me dejaba dar sin citar una fuente. Rigor number one en una agencia de prensa y era la muerte de Salvador Dalí. Yo viendo cómo se abrazaban y consolaban los deudos y amigos de Dalí por un agujerito en el Hospital de Figueras, colgado al teléfono público que había junto al hoyo, y Javier Celigüeta (qepd) diciéndome, “el gordo (Sergio) exige una fuente y dice que no tardes”…

Y sigue:  “Además, lo de Escritor (si conociera de cerca a alguno, como me tocó cuando llevé la comunicación de una gran editorial, suprimiría la mayúscula) me parece excesivamente pomposo para alguien que toda su vida no ha sido más que eso, un cuentacosas”, añade. Lo que pasa, amigo y jefe, es que para contar cosas hay que vivirlas y saber contarlas y no inventártelas como las ninfas que uno se lleva a la cama en los onanismos en una época tan frecuentes o que te hayan dado el texto ya escrito y que recibas, además, un Nobel. (Nobel tiene que seguir yendo con mayúsculas porque es un nombre propio porque si es por muchos de sus ganadores, también lo condenaría a minúsculas…)

Ese gran periodista y gran amigo de Sergio que fue el Chango (Alfredo Muñoz Unsuain, argentino) sentenció claramente: “Ernest Hemingway y Sergio Berrocal comparten la frontera borrosa entre el periodismo y la literatura, pero Hemingway nunca escribió sobre cine” y no lo habría hecho como lo hace Sergio. No sólo con muestras de erudición y memoria que ya quisiera yo y cualquiera, sino que puede contarte películas en una frase, sobre todo ahora que las recrea con la memoria. Otra cosa sería cuando criticaba, que yo no lo alcancé a leer, y que quizás sería, como todos, arbitrario.

En Descafeinado con güisqui se confirma la riqueza de su alma de cronista y relator. Además de relatos que llegan a indignar como el de un trasplante de hígado y sus benignas consecuencias para Tina, su mujer , pero también la feroz espera que significó o el suicidio de un cónsul en torno a uno de los escenarios de los mejores relatos, el Café Esperanza.

Un libro sabroso para leer, después de un descafeinado matinal o antes de un buen güisqui frente al mar…

Autor entrada: onmagazzine